Para hacer un balance certero de la manifestación del sábado, para captar los matices y lograr alguna explicación de lo que para algunos es inexplicable, que fue la ausencia del PP de la misma, hay que beber del manantial límpido de La Moncloa, de la fuente originaria.

Y bien, ¿qué se piensa allí?, ¿qué brota más transparente que nunca desde el sábado? Lo siguiente: según La Moncloa, la marcha no sólo mostró un rechazo claro del terrorismo, que es lo más irrelevante –por obvio, por redundante, por descontado, incluso por pueril–. La marcha, dicen los íntimos de Zapatero, representó un apoyo a la política antiterrorista del presidente. Conclusión: la base social de la izquierda está activa.

Y así fue, queridos amigos, la pantomima del sábado. No cabe duda de que hubo miles de personas de buena voluntad que asistieron sin ningún afán sectario o partisano, sin sospechar que estaban fabricando una coartada, o incluso conscientes de los riesgos de manipulación. Pero tampoco de que la manifestación estaba concebida para lamer las heridas de Zapatero –pobrecito, ¡no estás solo!, se gritó–, y establecer de paso, ante la magnitud del ridículo espantoso del presidente, un cordón sanitario frente a la derecha troglodita y gótica que amenaza la vida y el país, según la brillante interpretación del actor argentino Federico Luppi.

No les quepa ninguna duda: Zapatero ha tomado oxígeno, ha interpretado esta respuesta de la izquierda como el aval para proseguir el camino. ¡Olvídense! de las apelaciones al Estado de Derecho, el imperio de la ley o la unidad de los demócratas contra ETA que ayer se pudieron oír en el Congreso.

Dado que no ha habido error ni equivocación alguna por parte del presidente, dado que la responsabilidad exclusiva del atentado es de ETA, dado que el Partido Popular ha hecho hasta lo imposible por boicotear el proceso de paz, dado que la base social de la izquierda –aquella que permitió a Zapatero ganar las elecciones tras el infausto 11-M– está presta a la movilización, sobre todo en las circunstancias actuales de enconamiento civil, se proseguirá, tras la debida pausa táctica, con más discreción y con mayor opacidad, si cabe, en dos frentes: el diálogo con los terroristas y la criminalización y marginación de la derecha.

Y una vez flagrante la evidencia: ¿cómo pretendían muchos de los manifestantes de buena voluntad del sábado que el PP participase de esta farsa, o que otros ciudadanos de igual buena voluntad se prestasen a servir una causa como la de Zapatero, que ha fracasado estrepitosamente sin haber ejercido la mínima autocrítica?
“El único compromiso que tiene el Gobierno, que tenía en el proceso, el que tiene, es el fin de la violencia, con diálogo”. Esto es lo que declaró Zapatero el pasado domingo en El País. Naturalmente, esto quiere decir que seguirá dialogando, aunque ahora, ante la fuerza demoledora de los hechos, haya decidido poner un punto y final circunstancial.

Ayer, el diario Gara, habitual portavoz de ETA, desveló que el Gobierno y los terroristas llevaban mucho tiempo hablando antes de que se declarara el alto el fuego permanente, y que, después, también se han celebrado varias reuniones ‘oficiales’ además de la reconocida –en diciembre pasado–. Lo que se puso sobre la mesa en estas animadas charlas es de sobra conocido aunque siempre negado: la autodeterminación, la territorialidad y una cierta impunidad judicial.

Como es lógico, estas referencias serán desacreditadas con la excusa de que provienen de una banda criminal que intoxica para generar desestabilización, que no puede ponerse, salvo lesa patria, al mismo nivel que el Gobierno legítimo. ¿Pero qué credibilidad tiene –a efectos comparativos– un presidente que nos promete un 2007 pleno de esperanza sobre el proceso de paz un día antes de que estallen las bombas cruentas de Barajas?

Información deficiente

En la misma entrevista en el diario El País, Zapatero reconoce sin rubor, como disculpa, que el Gobierno, sorprendido por el atentado, ha dispuesto, sin embargo, de toda la información que le ha sido posible “humanamente”; y cuando se le pregunta por qué las informaciones de que humanamente disponía eran tan notoriamente erróneas responde: “Debo tener cautela al respecto..., sobre la información de que dispongo..., porque forma parte de la política antiterrorista. Hablar mucho ayuda poco y hablar poco ayuda mucho.” Esto dice, queridos amigos, el mismo señor que dirige los destinos de la nación y que, el 29 de diciembre, nos dio aquel ejemplo señero de cómo mantener la boca cerrada.

Éste es el presidente que, al calor reciente de la calle, animada por una izquierda a la altura de las circunstancias, en la situación de mayor división, crispación y encanallamiento de la reciente historia española, se atreve a decir: ‘Crisis, pero ¡qué crisis!’. “Hemos sufrido un trágico atentado, pero crisis, ninguna”. A mí me parece que éste es un señor muy temible.

Miguel Ángel Belloso. Vicepresidente del Consejo Editorial de EXPANSIÓN y ‘Actualidad Económica’