Comparecencia del Gobierno ante el pleno de la Cámara, de conformidad con lo dispuesto por el artículo 203 del reglamento. Comparecencia, a petición propia, del Presidente del Gobierno ante el Pleno de la Cámara, para informar sobre Política Antiterrorista.

El señor PRESIDENTE:

Orden del día. Comparecencia, a petición propia, del presidente del Gobierno ante el Pleno de la Cámara para informar sobre política antiterrorista. El debate se regirá por las disposiciones del artículo 203 del Reglamento y en el formato que ha sido decidido conjuntamente en Junta de Portavoces: en primer lugar, exposición por parte del presidente del Gobierno y, a continuación, los grupos parlamentarios, de mayor a menor.

Tiene la palabra el señor presidente.

El señor PRESIDENTE DEL GOBIERNO (Rodríguez Zapatero):

Señor presidente, señorías, el pasado 30 de diciembre la organización terrorista ETA hizo explotar una bomba de gran potencia en la terminal 4 del aeropuerto de Barajas en Madrid.

Como consecuencia de esta acción criminal perdieron la vida dos ciudadanos de origen ecuatoriano residentes en España: Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate. Habían venido en busca de oportunidades para ellos y para sus humildes familias. Trabajaban y vivían con nosotros. Contribuían al desarrollo y al bienestar de este país. Merecían como cualquiera de nuestros ciudadanos una vida en paz. Como presidente del Gobierno quiero de nuevo, y como ya hice personalmente, transmitir mi más sentido pésame a sus familiares, amigos y conciudadanos, a todo el pueblo Ecuatoriano. Y quiero también expresarles el profundo dolor que sienten los españoles por su pérdida, porque desde ese día han pasado a formar parte por derecho propio de nuestra historia, de la historia de España, de esa historia que cada día construyen todos y cada uno de sus ciudadanos, sea cual sea su origen, con sus ilusiones y sus esperanzas, sus alegrías y sus sinsabores, con su trabajo y su entrega. Es un dolor de todos y por ello quiero que sepan que junto conmigo lo comparten todas y cada una de SS.SS. de esta Cámara.

Quiero también aprovechar esta oportunidad para reiterar mi agradecimiento a todos los servidores públicos del Estado, de la Comunidad Autónoma de Madrid y del Ayuntamiento de Madrid que tuvieron que hacer frente al brutal atentado y de manera muy singular quiero resaltar y agradecer la actitud de los ciudadanos de nuestro país, de manera especial del pueblo de Madrid que con su respuesta cívica, solidaria, ejemplar y valiente ha demostrado la capacidad y la fortaleza de la democracia y de un pueblo lleno de esperanza y de dolor. (Aplausos.)

Señorías, el 30 de diciembre ETA con su brutal atentado puso fin al alto el fuego permanente que había declarado; con ello rompió el diálogo y el proceso de paz. Al hacerlo tomó la peor decisión, una decisión criminal, equivocada e inútil. Apostó por restablecer la irracionalidad y el dolor, eligió un camino, el de la violencia, que no tiene otra salida que su abandono definitivo, eligió una vía, la del terror, políticamente ya derrotada por la democracia, frustrando las esperanzas de los ciudadanos vascos y de la mayoría de los españoles, una esperanza que compartía el Gobierno y una esperanza que había expresado ante todos los españoles 24 horas antes del atentado.

Todos los españoles me escucharon decir el día 29 de diciembre que tenía la convicción de que estábamos mejor que hace cinco años y que dentro de un año estaríamos mejor. (Rumores.) Señorías, aunque no es frecuente entre los responsables públicos, quiero reconocer el claro error que cometí ante todos los ciudadanos españoles. (Aplausos.)

ETA desperdició la oportunidad de contribuir por medio de su definitiva desaparición a un mejor futuro para todos y con esta decisión ETA se empeña en prolongar una actividad criminal que se extiende ya por más de cuatro décadas. A lo largo de los años se han producido varias treguas en la actividad terrorista, ninguna de ellas llegó a buen puerto y la violencia ha permanecido entre nosotros.

En todas ellas la respuesta que la organización terrorista obtuvo fue siempre la misma: firmeza y unidad de los ciudadanos en defensa de las libertades, de los derechos fundamentales y de los valores, reglas e instituciones de la democracia. En todas ellas y también en esta obtuvo una misma respuesta de los gobiernos democráticos que se han sucedido: la aplicación de la ley y la utilización de los medios que proporciona el Estado de derecho para perseguir, juzgar y condenar a los responsables de los actos terroristas y defender así nuestro sistema de convivencia democrática.

En todas las ocasiones que ETA ha roto una tregua, con la excepción de esta última, obtuvo una misma respuesta de todas las fuerzas democráticas, el compromiso de mantener un apoyo público, inequívoco, rotundo a la política antiterrorista aplicada por el Gobierno.

Señor presidente, señorías, en los minutos que siguen me referiré ante SS.SS. y ante todos los ciudadanos a tres cuestiones distintas: por un lado, las razones que fundamentan el inicio de un proceso que tenía como objetivo el fin definitivo de la violencia. Por otro, las bases y los principios con los que actuó el Gobierno a lo largo de ese proceso y las consecuencias que se derivan de la ruptura del mismo. Mi comparecencia tiene asimismo como objeto responder sobre el ejercicio que he hecho, que ha hecho el Gobierno, de la autorización contenida en la Resolución de mayo de 2005, por la que esta Cámara establecía los requisitos a partir de los cuales declaraba apoyar la apertura de procesos de diálogo con quienes decidieran el abandono de la violencia. Pese a todos los antecedentes, encaro esta intervención con el propósito de que a lo largo del debate, y al igual que fue posible en las anteriores ocasiones, todas las fuerzas presentes en el Parlamento reafirmemos para hoy y de cara al futuro nuestra unidad y nuestra común determinación de afrontar juntos el reto que el terror plantea a todos los españoles.

Señorías, la primera pregunta que se formulan los ciudadanos y a la que trato de responder se refiere a las razones y fundamentos por los que el Gobierno inició el proceso. Reside en la obligación que tiene todo Gobierno y, en consecuencia, su presidente, de intentar por todos los medios que se le ofrezcan poner fin a la violencia en su país, si considera que se dan las oportunidades para que ese intento fructifique. La violencia, el terror es un residuo enquistado y cronificado entre nosotros, incompatible con el tipo de sociedad que hemos sido capaces de construir los españoles: una sociedad próspera, socialmente avanzada, con participación política libre y plural, amplio grado de autogobierno y completamente respetuosa de las singularidades de sus culturas, tradiciones, lenguas e instituciones.

Todos los gobiernos democráticos han intentado acabar con la radical incompatibilidad entre terrorismo y sociedad libre y avanzada. Todos los presidentes democráticos han intentado atender a las aspiraciones de los ciudadanos de conseguir vivir sin víctimas, sin atentados, sin destrozos, sin sobresaltos, sin amenazas, sin extorsiones, sin muerte. Todos los presidente democráticos han hecho compatible la aplicación de medidas legales, policiales y judiciales, destinadas a combatir en los hechos la locura terrorista, con el intento de concluir con la violencia por medio del diálogo, cuando han entendido que se presentaba una ocasión plausible para ello. Como mis antecesores, también lo he intentado yo. Pero con o sin diálogo, en todos los períodos de nuestra democracia la unidad de las fuerzas políticas se ha manifestado como un instrumento eficaz e imprescindible para la mejor política antiterrorista.

Esa unidad se ha concretado en distintos acuerdos y pactos que han aislado políticamente al terrorismo y han reafirmado los ejes de acción contra el mismo, al tiempo que han subrayado inequívocamente el principio de que el fin de la violencia no puede ni podrá comportar precio político alguno. La constante y sacrificada actuación de la Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, la acción de la justicia y la intensificación de la cooperación internacional, que debemos agradecer en especial a Francia, han permitido extender la persecución de los delitos y acabar con la impunidad. La activa movilización ciudadana, cada vez más amplia, intensa y decisiva, ha conseguido arrinconar socialmente al terrorismo, cegando toda pretendida legitimidad o comprensión de sus objetivos políticos.

El reconocimiento de las víctimas ha hecho la necesaria y debida justicia a su sacrificio y se ha configurado como un horizonte moral y un principio irrenunciable a cualquier final de la violencia. Todo ello ha despojado a ETA de apoyos, la ha aislado políticamente, la ha deslegitimado internacionalmente y ha certificado la radical inviabilidad de sus objetivos. Señorías, como es conocido, ETA declaró un alto el fuego permanente el 22 de marzo del pasado año. En ese momento se prolongaba ya por más de tres años, 42 meses, el periodo sin víctimas mortales.

Era, así, el periodo sin muertes más sostenido desde el inicio de su actividad criminal y con mucho el más largo desde el restablecimiento de la democracia. Cuando ETA declaró el alto el fuego permanente, mi Gobierno llevaba cerca de dos años de ejercicio de sus funciones. Cuanto ETA declaró el alto el fuego permanente, habían transcurrido diez meses desde que el Congreso aprobara por amplia mayoría la resolución que apostaba por la unidad democrática de los partidos. Era, si lo recuerdo, una resolución que proclamaba que a ETA solo le quedaba el destino de disolverse y deponer las armas y expresaba su apoyo a que, en el caso de darse las condiciones adecuadas, a partir de la clara e inequívoca voluntad de poner fin a la violencia, se abordara un proceso dirigido a la conclusión dialogada de toda acción terrorista sin contrapartidas de orden político.

Por tanto, señorías, desde la toma de posesión del Gobierno hasta la autorización del Parlamento para abrir el diálogo transcurrió más de un año y desde esa autorización hasta la declaración del alto el fuego permanente transcurrió casi otro. Hice en ese momento lo que pedía la inmensa mayoría de los españoles, tratar de aprovechar la oportunidad cierta que se desprendía de una declaración de alto el fuego tras tres años sin víctimas mortales. Recibí en ese momento -y me atrevo a decir que también recibieron los ciudadanos españoles- el apoyo y el aliento de la práctica totalidad de los partidos políticos, de la mayoría de las instituciones, de las comunidades autónomas, de un gran número de organizaciones sociales, de las organizaciones empresariales, de la Presidencia de la Comisión Europea, del Consejo Europeo, del secretario general de Naciones Unidas y, entre otros mandatarios, del primer ministro británico o del presidente de la República francesa.

La segunda pregunta de la que legítimamente pueden requerir mi respuesta los ciudadanos es sobre qué bases diseñé la acción del Gobierno desde la declaración relativa al inicio de los contactos el pasado 29 de junio.

En primer lugar, he mantenido en este tiempo plenamente en vigor los ejes fundamentales de la lucha antiterrorista. Su manifestación más clara reside en el hecho de que no ha cambiado la legalidad destinada a fortalecer nuestra seguridad, a combatir el terrorismo, a exigir con rigor el respeto a la democracia por los partidos políticos. No han cambiado las bases de la acción policial, cuya eficacia se ha mantenido, no ha cambiado la acción de la justicia, no ha cambiado la política penitenciaria. Ha sido en todos los casos una decisión fruto de mi convencimiento, de que, para abordar cualquier cambio en esas políticas, habrían de darse datos sólidos que confirmasen la voluntad decidida de dar por finalizada una historia de violencia y de terror.

En segundo lugar, he respetado en todos y cada uno de sus apartados la Resolución de esta Cámara de mayo de 2005 y, en consecuencia, siempre ha estado meridianamente claro que los límites de actuación del Gobierno estaban prefijados en la Constitución y en la legalidad. Así lo han entendido la mayoría de los españoles y de los partidos políticos y así lo han entendido y comprobado quienes pudieran desear otra cosa.

En tercer lugar, he insistido en trasladar a la organización terrorista y a la llamada izquierda abertzale la inutilidad de la violencia, que es una vía sin cabida en una sociedad democrática y con acreditada capacidad de resistir cualquier tipo de extorsión o amenaza. Hemos realizado así esfuerzos importantes para conseguir que ese mundo diese pasos para integrarse en la democracia, para que comprendiese las ventajas de someterse a las reglas con las que todos los partidos actuamos, para que asumiese la condena a la nada civil y política que deriva inexorablemente de su persistencia en la negación de la democracia, para que recordase que una sociedad fuerte como la nuestra solo puede ser generosa si se produce el abandono definitivo de las armas.

En cuarto lugar, en todo momento he considerado el terrorismo y la política frente al terrorismo como un asunto de Estado. Por ello, he reclamado para el Gobierno y he ejercido la dirección de la lucha antiterrorista como, por otra parte, se desprende del artículo 97 de nuestra Constitución y he tratado de apartar el terrorismo de la lucha política. En el ejercicio de esos principios básicos, he encontrado en estos meses el reconocimiento, apoyo y comprensión de casi todos los grupos de la Cámara, algo por lo que les expreso mi profundo agradecimiento. (Aplausos.) Un apoyo en el que quiero destacar en estos días el impecable compromiso democrático del Partido Nacionalista Vasco, con la paz y la libertad de todos -insisto-, de todos los españoles. En quinto lugar, he tratado de evitar la existencia de discrepancias con el principal grupo de la oposición, así como que tales discrepancias provocaran fisuras en la lucha contra el terrorismo. En sexto lugar, he buscado y mantenido el diálogo con las fuerzas políticas, con todas ellas y especialmente con el principal partido de la oposición, con cuyo líder me he reunido tres veces desde la proclamación del alto el fuego, una de ellas tras su ruptura el pasado 30 de diciembre. Y, en séptimo lugar, he mantenido mi compromiso con las víctimas para oírlas, atenderlas, no abandonarlas.

La tercera cuestión sobre la que los ciudadanos demandan información es qué ha ocurrido, por qué se ha producido el atentado del pasado día 30 de diciembre y ante todo qué consecuencias proyecta sobre la política antiterrorista. Señor presidente, señorías, no cabe especular sobre la irracionalidad del comportamiento de ETA, menos aún sobre sus explicaciones o sus justificaciones. Nunca en el pasado lo hemos hecho las fuerzas democráticas, tampoco debemos hacerlo ahora, no lo haré yo. Están claros los hechos y están igualmente claros sus propósitos. En los hechos, ETA ha roto el alto el fuego declarado por ella misma, ha puesto punto y final al proceso de diálogo y ha clausurado la oportunidad abierta. En los propósitos, ETA trata de amedrentar a los ciudadanos por medio del terror, de condicionar el comportamiento de las instituciones, de torcer la voluntad de los demócratas.

Pero ni lo ha conseguido en el pasado, ni lo va a conseguir ahora, ni lo conseguirá nunca. El criminal atentado del 30 de diciembre supone el mantenimiento de la violencia, que es radicalmente incompatible por principio con el diálogo. ETA sabe y debe saber que no dispone de dos bazas: violencia terrorista y diálogo. Esas dos bazas son incompatibles. Con violencia no hay diálogo porque con violencia no hay baza alguna, no hay siquiera punto de partida para nada distinto de su persecución y su castigo. No especulemos pues, sobre cuál pueda ser su estrategia. Reafirmemos y fortalezcamos la nuestra. El Gobierno proseguirá aplicando tenazmente y con fuerza los distintos ejes en los que se ha basado el consenso en la lucha antiterrorista; apoyará, como siempre se ha hecho, a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en la persecución y puesta a disposición judicial de quienes cometen actos terroristas o ilegales; intensificará la cooperación internacional de carácter bilateral o multilateral para perseguir más eficazmente las distintias estructuras de la acción terrorista y para impedir la existencia de cualquier tipo de impunidad; protegerá a las víctimas, las reconocerá una vez más, y lo hará con la Ley de solidaridad que el Gobierno se propone enviar a esta Cámara, como ya había anunciado y como ya conocen sus señorías.

Pero tal como les señalaba al principio de mi intervención, un objetivo prioritario de esta comparecencia es para el Gobierno tratar de conseguir la unidad y el apoyo de todos, repito, de todas las fuerzas políticas parlamentarias, en la lucha de la democracia contra el terrorismo.

Esta de hoy es la primera vez que un presidente del Gobierno comparece en esta Cámara tras un atentado terrorista. Asumo esta responsabilidad, ante todo, con un objetivo: Reconstituir y fortalecer nuestra unidad como demócratas, la de todas las fuerzas políticas, que es la de todos los ciudadanos. (Aplausos.) Pero no puedo dejar de subrayar que esta es la primera vez que por el principal partido de la oposición se ha requerido la comparecencia del presidente del Gobierno para que dé cuenta de los antecedentes de un atentado y para que explique la política antiterrorista del Gobierno. Nunca antes se había producido una iniciativa de este tipo en nuestra democracia. (Rumores.)

Señorías, los terroristas están, como los ciudadanos de bien, sentados frente al televisor, atentos a nuestras palabras, atentos al provecho que puedan sacar de nuestro debate. Esto es algo que entienden todos los ciudadanos, todos. Por eso sigo firmemente convencido, como cuando propuse la firma por el Pacto por las libertades y contra el terrorismo, de que unidos lograremos derrotar el terrorismo y de que esa unión es una de las armas más eficaces para conseguir ese objetivo. Este es el convencimiento más extendido entre la ciudadanía, especialmente en estos días, marcados por el fallecimiento de las dos últimas víctimas de ETA. Es un deseo y es una exigencia que debemos intentar no desoír, es desde luego el deseo del Gobierno.

Señor presidente, señorías, la unidad de todos los partidos democráticos frente a la violencia y el terror supone al tiempo dos poderosos mensajes. Supone un mensaje a la sociedad española y otro mensaje a ETA. Un mensaje desde la política. A la sociedad española, un mensaje de unidad, un mensaje de esperanza también, de esperanza en la vida, de esperanza en la libertad, de esperanza en la paz, de esperanza y confianza en sus representantes, de esperanza en que, más temprano que tarde, se acabará imponiendo la racionalidad de la democracia, la lógica de la convivencia, la superioridad de la palabra sobre las armas. A ETA, un mensaje de firmeza, firmeza de los partidos democráticos en una idea: Su actividad criminal es inútil, inútil cualquiera que sea el partido que esté en el Gobierno.

En este momento, señorías, es necesario, muy necesario, es conveniente, muy conveniente que volvamos a renovar la unidad democrática ante el terrorismo. Así lo exigen los ciudadanos, así lo pide el Gobierno a todas las fuerzas políticas, a quien corresponde la dirección de la política antiterrorista, porque en la unidad nos va la defensa de valores que todos compartimos: la vida, la libertad, la paz. Estamos en condiciones de que la respuesta desde la política al desafío de ETA que supone la ruptura del alto el fuego sea, una vez más, la que mejor resultado nos ha dado a los demócratas, la unidad, la unidad de todos, la unidad de todos con las instituciones democráticas.

Esa unidad ha sido la mejor garantía de nuestro éxito y la mejor forma de expresar la fortaleza de nuestra sociedad y su voluntad de no ceder a la extorsión de la violencia. La actitud de la organización terrorista en nada debe cambiar ese compromiso colectivo. Debe ayudar a fortalecerlo y ensancharlo. Por ello, el Gobierno ha resuelto mejorar el alcance de los acuerdos democráticos y pactos que hemos logrado en nuestro periodo democrático y anuncia su propósito de trabajar por la consecución de un gran consenso democrático contra el terrorismo que aúne a las fuerzas, no solo de los dos grandes partidos sino, a poder ser, de todos los partidos democráticos de nuestro país; (Aplausos.) más aún, no solo de los partidos sino de las organizaciones sociales y cívicas más representativas de los españoles; aún más, que incorpore también a los representantes de los ciudadanos inmigrantes que han sufrido en carne propia el azote del terror, como lo sufrieron también el 11 de marzo de 2004, y que compartan nuestras ansias de convivencia en paz y en libertad. De acuerdo con ello, me propongo convocar en los próximos días una reunión de la Comisión del seguimiento del Pacto Antiterrorista para, junto con el otro firmante de aquel acuerdo, evaluar la situación y debatir las posibilidades y objetivos de ese gran consenso democrático contra el terrorismo si, como espero, esa es la voluntad del principal partido de la oposición. (Aplausos.) Con el mismo objetivo el Gobierno convocará a todas las fuerzas políticas parlamentarias para la consecución de ese gran consenso contra el terrorismo. Además, como ya conocen, el Gobierno mantendrá un foro de encuentro con el ministro del Interior para hacerles partícipes de la estrategia antiterrorista del Gobierno, exponerles la valoración del Gobierno, escuchar sus puntos de vista, incorporar sus propuestas y reforzar todos juntos los mecanismos con los que enfrentamos al reto y al chantaje que se nos platea.

Valoro mejor, quizá, que ningún otro los frutos que ha dado el Pacto Antiterrorista, en tanto en cuanto fue una propuesta que formulé personalmente; pero creo que es la hora de abrir paso a un consenso democrático aún más amplio, no de dos partidos, sino, a ser posible, de todos; no solo de los representantes de 20 millones de votantes sino de 44 millones de ciudadanos; no solo de fuerzas políticas, sino también de fuerzas sociales y cívicas. Este es el gran reto. Esta es la gran oportunidad y espero que todos sepamos estar a la altura que las circunstancias exigen. (Aplausos.)

Señor presidente, señorías, quiero concluir mi intervención mirando hacia el futuro. El intento que se abrió a partir del pasado 22 de marzo no ha fructificado. ETA le ha puesto sangrientamente su punto final. No cabe ahora sino enfrentarnos a las consecuencias que se derivan de ello. El Gobierno, con el apoyo que he solicitado a SS.SS., las afrontará con todo rigor, firmeza y determinación, porque es la respuesta adecuada, porque es su obligación democrática, porque también es eso lo que desean hoy los ciudadanos.

De acuerdo con todo ello, el Gobierno expresa, una vez más, su máxima firmeza en combatir y perseguir la violencia y el terror. Manifiesta su plena voluntad de lograr la mayor y mejor unidad democrática de los partidos políticos en esa tarea, y quiero afirmar ante SS.SS. que nunca habrá diálogo con violencia, ni con intentos de perpetuar la violencia. Nunca, nunca. (Aplausos.) Y, como todo Gobierno democrático, quiero reafirmar ahora al término de mi intervención, y como presidente del Gobierno, el valor y la vigencia de un principio que se ha consolidado ya en nuestra historia democrática. Mi Gobierno ha hecho, hace y hará todo cuanto esté en su mano para buscar los caminos de una paz definitiva, con respeto absoluto a las reglas del Estado de derecho, con fidelidad a la Constitución y a la ley. Señorías, la desaparición definitiva de la muerte y el terror como instrumento para defender posiciones políticas es un derecho inalienable de los ciudadanos. Verlo hecho realidad es también la esperanza más grande y más firmemente sentida por la sociedad española. Los terroristas deben saber que se enfrentan a la voluntad de los demócratas, que se enfrentan a más de 40 millones de hombres y mujeres libres que han decidido vivir en paz, los terroristas deben saber que durante estos años, y en especial durante los últimos meses, los ciudadanos han construido un muro de esperanza, una esperanza exigente, apremiante como nunca y a la que no están dispuestos a renunciar: la esperanza de ver el fin definitivo de la violencia.

Muchas gracias. (Aplausos prolongados de las señoras y señores diputados del Grupo Parlamentario Socialista, puestos en pie.)

El señor PRESIDENTE: Gracias, señorías.

Corresponde el turno de fijación de posiciones a los grupos parlamentarios. En primer lugar tiene la palabra el señor Rajoy en representación del Grupo Parlamentario Popular. Gracias.

El señor RAJOY BREY:

Señor presidente, señoras y señores diputados, al igual que ha hecho el señor presidente del Gobierno, quiero reiterar nuestro pesar, nuestro sentir, nuestra solidaridad y nuestro afecto a los familiares y amigos de Carlos Alonso Palate y de Diego Hernando Estacio, asesinados por la organización terrorista ETA el pasado día 30 de diciembre.

Señorías, como decía Confucio, el hombre que ha cometido un error y no corrige comete otro error mayor. Este es el caso del señor Rodríguez Zapatero. Todo lo que nos cuenta está muy bien, pero aquí hemos venido a decir la verdad, y la verdad es que estamos ante la historia de un fracaso que no se quiere reconocer. Como todo el mundo sabe, esta historia comienza cuando algunos años se inician los contactos entre algunos socialistas y el entorno de ETA. De esta tertulia informal surgió el año 2004 un proyecto de diálogo con el Gobierno. ETA vio en el señor Rodríguez Zapatero una oportunidad nueva y el señor Rodríguez Zapatero consideró que en sus particulares planes de reforma constitucional, nueva transición, reconstrucción de España o como se quiera llamar eso tenían cabida las reivindicaciones terroristas fundamentales, con lo cual se liquidaba el conflicto.

El caso es que ambas partes vislumbraron amplias posibilidades de entendimiento.

Los primeros acuerdos cristalizaron en un programa, un esbozo de calendario y dos mesas de negociación. La agenda para ambas mesas era muy extensa, pero faltaban algunas cosas. Por ejemplo, en ningún punto figuraba la disolución de la banda y la entrega de las armas.

Fruto de estos preacuerdos —a los que bautizaron como proceso de paz para darle gusto a ETA— fue la Resolución que esta Cámara aprobó en mayo de 2005. Mi grupo no la votó. Ese día usted rompió formalmente el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Usted lo rompió, usted trajo la propuesta de resolución a esta Cámara y cuando ha habido un fracaso en su política, es obligado que comparezca usted aquí. Yo he pedido su comparecencia no para que explique un atentado, sino para que explique los efectos del cambio en su política antiterrorista y qué es lo que va a hacer en el futuro.

En marzo de 2006 la banda terrorista anunció lo que llamaba un alto el fuego permanente. En ningún rincón del comunicado terrorista apareció, ni siquiera insinuada, la voluntad de poner fin al terror. ETA no renunciaba ni a su fuerza de coacción, ni a sus exigencias políticas. Peor aún: en el supuesto de que se torciera el negocio, se reservaba la capacidad de reanudar todas sus bellaquerías criminales.

Cualquiera hubiera podido aventurar que, tras estos dos pasos rituales, llegaría el atasco. Así ha sido. Durante nueve meses, se han amontonado incontables pruebas de que esta aventura no funcionaba. El señor Rodríguez Zapatero ha hecho todo lo posible para disimularlo, pero sin éxito. Los hechos son tan testarudos que hasta debajo de las mantas hacen bulto.

Terrorismo callejero, chantaje a empresarios, amenazas de muerte, robo de pistolas, impertinencias de Otegui, exigencias de autodeterminación… no ha faltado ni un alarde de fusileros. ETA ha exigido al Gobierno, lo ha presionado, le ha impuesto plaz, le ha hecho todo lo que el Gobierno se ha dejado hacer para no arriesgar su proceso.

Desde noviembre pasado se viene hablando de franco estancamiento, de una posible ruptura y de un más que posible atentado, aunque nada de eso se haya reconocido públicamente. Todo lo contrario. Según el Gobierno estábamos en el mejor de los mundos.

Tan contento se mostraba el señor Rodríguez Zapatero de la marcha de las cosas, que el día 29 de diciembre se dirigió a la nación para que los españoles no nos acostáramos sin saber que estábamos mucho mejor que hace un año.

Como es sabido, mientras él ocupaba la televisión, un comando de terroristas entraba en Madrid y aparcaba una furgoneta bomba en Barajas. A la mañana siguiente todos pudimos comprobar hasta qué punto estábamos mejor que hace un año. Fue un error y está bien que lo reconozca en esta Cámara, señor presidente. Debería haberlo hecho antes.

Pero las preguntas que caben hacerse son las siguientes: ¿Qué vale su palabra después de todo esto, señoría? ¿Qué fiabilidad puede tener cualquier propuesta relacionada con el terrorismo que venga de usted? ¿Qué vale su capacidad de análisis, su conocimiento de la situación? ¿Dónde está la prudencia que debe guiar las decisiones de cualquier dirigente? No quiero dramatizar, pero tampoco voy a pasar las cosas por alto.

Una vez más usted no ha dado la talla ante la sociedad española. Y eso resulta especialmente grave cuando hablamos de terrorismo, que es tanto como hablar de la mayor amenaza contra a vida, la libertad o los derechos de las personas. A usted le ha tomado el pelo un rebaño de asesinos, enemigos de los españoles y el único responsable es usted que lo ha tolerado.

Ya no se puede ocultar el fracaso. Un fracaso que comenzó el día que se puso el pie en una senda intransitable. Porque, aun siendo evidente que ETA no pensaba dejar las armas, se buscó su trato. Aun siendo evidente que ETA pretendía obtener con el alto el fuego los mismos beneficios que reclamaba con las armas, se buscó su trato. Aun siendo evidente que ETA se reservaba el derecho de dialogar con bombas, se buscó su trato.

¿Dónde está la sorpresa? ETA pretende, como ha pretendido siempre, tutelar cualquier negociación. Por eso no suelta las armas. ¿Cómo se tutela un negocio de este tipo sin bombas ni pistolas? Usted aceptó esa tutela, luego aceptó la posibilidad de que ETA utilizara sus peculiares argumentos para desatascar la situación.

¿No dijo su señoría que este era un proceso largo, duro y difícil? ¿No dijo que en esta aventura era posible que se produjeran accidentes violentos que no deberían perturbar el proceso? Debo suponer que ETA entendió lo que entendimos todos: que las bombas no se verían mal con tal de que no matasen.

El caso es que matan. ¿Cuántos muertos puede costarnos la próxima vez que ETA exprese su disgusto sin mala intención y se le vaya la mano? ¿Cómo puede afirmar después de esto que sólo ha cometido ningún error? Se ha equivocado en todo. Ha cometido tantos errores que se atropellan. Me faltaría tiempo si quisiera referirme a todos, pero mencionaré unos pocos. Sobre todo para afrontar con inteligencia el futuro.

Su primer error consiste en ser imprudente. La prudencia es una virtud que nos aconseja ponernos siempre en lo peor para evitarlo. Usted ha cometido la ligereza de no prever que su aventura podía salir mal y costar vidas.

No hablo de una hipótesis remota, sino de una posibilidad que era muy previsible. Su obligación era tenerla en cuenta y estar preparado para ello. Todo lo demás son ensoñaciones.

Su segundo error consiste en pensar que el terrorismo se resuelve mediante la negociación, cosa que no ha ocurrido nunca en ninguna parte. Con el terrorismo no se negocia. Toda la experiencia acumulada a lo largo del siglo veinte y a lo ancho de todo el planeta, fortalece esta afirmación. Al terrorismo o se le derrota o se le sufre. No existen alternativas, atajos ni cataplasmas. Si existen razones para pensar que los terroristas se rinden, es razonable verificarlo. Lleva muy poco tiempo. Lo que no se puede admitir, señoría, es que a los cinco minutos de comprobar que no hay nada que esperar, que le han informado mal, que los terroristas están en lo de siempre, no los enviara usted a paseo como han hecho todos los presidentes de gobierno que le han precedido.

El tercer error ha sido renunciar a la desaparición de ETA y no decirlo claramente. Les pide usted a los terroristas el cese de la violencia, que abandonen la violencia. ¿Y eso qué es? ¿Basta con que no disparen? ¿Basta con que las bombas se estén quietas? ¿Se conforma usted con que ETA se porte bien aunque no desaparezca?

Óigame: Si se van a portar bien ¿por qué no desaparecen? Y si no desaparecen ¿qué le hace pensar que se portarán bien? Parece absurdo, ¿verdad? Pues en ese absurdo quiere usted empaquetarnos.

Su cuarto error, señoría, se llama jactancia. Me refiero a esa presunción que le lleva a imaginar que ahora las cosas funcionarán mejor porque usted está presente. Eso mismo pensó Jerjes en Salamina, antes de salir corriendo. Se equivoca. Aunque sea usted quien gobierna, el día es día, la noche sigue siendo noche, el terrorismo es como es y usted no puede cambiarlo.

Hasta los más aficionados al pasteleo saben que con el terrorismo no caben componendas. No es cuestión de talantes. Es que entre los demócratas y los terroristas no existen posiciones intermedias. O se imponen nuestras reglas o triunfan las suyas. No cabe el empate que usted pretende.

Por eso, en esta lucha habrá vencedores y vencidos. Es inevitable. Alguien se saldrá con la suya y alguien tendrá que ceder. Lo que se discute es quién pierde. Y yo prefiero que sean ellos.

Su quinto error ha consistido en olvidar que usted no tiene en las manos lo que ETA reclama. Y, como no lo tiene, no se lo puede dar; y como no se lo puede dar, está usted, perdóneme la imagen, tocando el violón mientras cabalga sobre un tigre.

No está en su mano, afortunadamente, retorcer la Constitución al gusto de ETA, ni adulterar el Estado de Derecho, ni dar órdenes a los jueces, ni regalar amnistías, ni torcer la voluntad de los navarros, ni conseguir que los españoles miren para otro lado. Lo sabe, señor presidente del Gobierno.

Si ha habido un malentendido entre ETA y usted; si, además de vender humo a los españoles, se lo ha vendido también a ETA, el único responsable es usted.

El sexto error es su frivolidad. La frivolidad de quien piensa que no se pierde nada con probar cosas nuevas. Lo que usted se trae entre manos no es un jugueteo inocuo. Tiene consecuencias y todas malas.

La peor consecuencia es que cualquier negociación fortalece a los terroristas, reafirma sus ideas, les regala publicidad, les ayuda a mejorar su posición, su estrategia y su armamento.

Usted ha hecho esfuerzos insólitos para que los terroristas no parecieran tan malos. Ni siquiera los llama terroristas. Incluso ha llegado a decir que el cambio climático causa más víctimas que ellos. Y ha tenido que corregirle el presidente de una República Sudamericana. Les ha reconocido su razón principal —aquello del conflicto—, les ha congelado el Pacto por las Libertades, les ha abierto las puertas del Parlamento Europeo, les ha dejado formar un grupo en el Parlamento Vasco, ha intentado que acudan a las elecciones municipales, derrocha gestos de buena voluntad, les ofrece fiscales benevolentes y reclama la comprensión de los jueces. ¿Qué más se puede pedir? Al mismo tiempo, hace lo posible para desprestigiar a las víctimas, a los movimientos ciudadanos y a todo el que le lleve la contraria.

El resultado, señoras y señores disputados, es obvio para cualquier observador. Los terroristas ganan en respetabilidad. Son gentes de paz, son interlocutores deseables. Los demás son, o somos, una patulea de sujetos ruines que luchamos contra la paz. Este es el mensaje que ustedes destilan.

Insisto, esta es la peor consecuencia de hacer tertulias con los terroristas: los legitima, los torna respetables, refuerza sus postulados, reconoce su conflicto. Es como si ya no fueran asesinos implacables, tal vez ni siquiera delincuentes. Ahora son interlocutores del Gobierno; nobles luchadores de una causa noble que dirimen sus diferencias con el estado opresor; se presentan en sociedad, celebran ruedas de prensa y nos adoctrinan.

A usted ya le han ganado esta batalla. Ya le han derrotado en este terreno. ETA, contra lo que usted pregona, está más fuerte que hace un año. Le ha regalado usted tiempo y tranquilidad. Se ha rearmado, se ha reorganizado, se ha refinanciado. Hasta el terrorismo callejero se beneficia del caldo gordo y de la permisividad que estos diálogos propician.

Para no extenderme más, citaré como último error su actitud ante las víctimas. En ese plan que usted y ETA llaman proceso de paz, es imprescindible que se callen las víctimas.

Aquí se equivoca dos veces. Primero porque ni usted ni nadie podrá taparles la boca; segundo porque es absurdo. Si busca una solución que no tenga en cuenta a las víctimas, es que renuncia a hacer justicia. Y, si no se hace justicia, ¿en qué se queda el Estado de Derecho y, en consecuencia, desde qué posición moral pretende combatir a los asesinos? Nunca creeré en la buena fe de una política antiterrorista a la que le estorben las víctimas del terrorismo.

Dejaré ya los errores porque no tenemos tiempo. Lo que quiero señalar es que tal cúmulo de torpezas, a lo largo de casi tres años, no es casual. Hasta el más ignorante acierta de vez en cuando sin querer. El que no acierta nunca es porque se ha propuesto conseguir algo que exige cultivar el error. Un error tenaz es siempre un error deliberado. En este caso es un error táctico. Y no digo más por hoy.

Vamos con el futuro. ¿Qué es lo que se propone ahora el señor Rodríguez Zapatero? Parece dispuesto a continuar obcecadamente en la misma senda y con el mismo escondido propósito que no confiesa, pero que no tiene nada que ver con el final de ETA.

Lo que ocurre es que después del atentado no tiene más remedio que guardar las formas y suspender todo contacto con ETA hasta que se recupere la calma. ¿Qué hará? Quedarse quieto y ganar tiempo. Esa es la idea que expresan términos como suspensión, punto final, liquidación, paréntesis, todos recién incorporados a la neolengua del señor Rodríguez Zapatero. Estamos ante una versión nueva del conocido avance estratégico hacia la retaguardia.

Mientras dure este tiempo muerto, no debe escandalizarnos que el señor Rodríguez Zapatero contacte con Josu Ternera o que los socialistas vascos se reúnan con el entorno de ETA, porque es indispensable. ¿Cómo podrían saber que reaparecen las circunstancias exigidas por esta Cámara si no dialogan? Es indispensable dialogar para saber cuándo podrá reanudarse el diálogo.

Estamos, pues, ante una política antiterrorista que ni es política, porque consiste en no hacer nada, ni es antiterrorista porque necesita el permiso de los terroristas para funcionar.

Es comprensible que ante un ridículo tan inestable reclame toda clase de apoyos, aquí y en la calle, para apuntalar esta sinrazón. A eso le llama usted unidad democrática.

Lo que usted propone es la carabina de Ambrosio, con perdón. Quiere un acuerdo que no pretenda derrotar a ETA, que se apalabre sin conocer su contenido, y en el que figuren todos los defensores de Batasuna, de sus razones y de sus conflictos. ¿Qué pintamos ahí nosotros? Yo nada… y usted tampoco.

Haga usted lo que quiera, pero no me utilice como coartada. Si quiere pactar conmigo tendrá que ser en el marco del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, esos papelitos viejos pero tan útiles. Lo que usted firmó, señor presidente del Gobierno. Lo importante de verdad, porque ahora no es momento de palabras huecas ni de frases vagas, es que rechace cualquier acuerdo con los terroristas y les haga saber que no tienen más salida que abandonar las armas. ¿Está dispuesto?

Para esto, ni siquiera necesita usted un pacto. Si es para cumplir con su deber y perseguir a ETA, siempre podrá contar con el apoyo del Partido Popular. Otros le faltarán. No lo sé. El Partido popular, no. Yo estaré a su lado.

No me pida otra cosa. No me pida que me sume al desistimiento, que acepte un apaño y que dé la batalla por perdida. Apoyarle a usted en el error supone el fin inmediato de toda esperanza, y no estoy dispuesto. No aceptaré que los terroristas se salgan con la suya, que nos impongan la sinrazón y que renunciemos a la justicia. No lo aceptaré. No diré jamás a los españoles que abandonen la esperanza. No tienen por qué abandonarla. Podemos derrotar a ETA y, en lo que de mí dependa, derrotaremos a ETA. No quiero que pierdan la esperanza.

Además, señor presidente —y no me tome a mal la pregunta— ¿es usted fiable? Lo digo porque no sé si está en condiciones de hablar de pactos o de acuerdos. ¿Qué caso podemos hacerle? ¿Qué tenemos aparte de su palabra? ¿Y cuánto vale su palabra después de lo que hemos visto a lo largo de esta legislatura?

No le sobra crédito, señoría. Va a tener usted que demostrar una voluntad inequívoca de rectificar. Y, mientras no muestre esa voluntad inequívoca, no me pida que le tome en serio.

Tiene que hacer gestos que permitan confiar en usted. ¿Necesita ideas? Le propondré sólo algunas. Porque yo voy a ir al Pacto por las LIbterdes. Porque yo siempre voy a donde me llama el presidente del Gobierno de mi país. Pero le voy a dar algunas ideas. Proclame, sin tergiversar las palabras, que se ha roto definitivamente su relación con los terroristas y la de su partido; asegure que ni ETA —ni quien represente a ETA— recibirá nunca ninguna concesión política; solicite que esta Cámara revoque la Resolución que le autorizó a dialogar con ETA, porque ese fue el mayor error que se cometió en los últimos años; vuelva a colocar a Batasuna en la ilegalidad real y diga a los españoles que no se presentará bajo ningún nombre a las elecciones municipales; aclare en el Tribunal Europeo de Estrasburgo que Batasuna es una formación ilegal; dé instrucciones al Fiscal General para la apertura del juicio oral contra Egunkaria.

Haga esto y podré confiar en su voluntad de rectificar los errores. De lo contrario, no cuente conmigo, porque no pienso acompañarle. Porque no habrá mayor error que acompañarle en su fracaso. Y no se preocupe por nosotros. Agradezco su interés, pero no nos preocupa la soledad, nos preocuparía mucho más flaquear en las convicciones. Para mí sería muy fácil mirar para otro lado, apuntarme a una unidad ficticia y engañosa y esperar sin hacer nada su próximo fracaso. Pero eso no me lo podría perdonar.

Señor presidente del Gobierno, déjese ya de palabras, de unidad, de deseos infinitos de paz. Hable de políticas. Había una política contra el terrorismo; tenía el apoyo de la inmensa mayoría de los españoles. Usted la cambió. Ha fracasado, vuelva a esa política y tendrá el apoyo de la inmensa mayoría de los españoles.

Sé que mis palabras, señor Rodríguez Zapatero, podrían haber sido más agradables. Lamento que la materia que nos ocupa y el respeto a la verdad no me lo permitan. Pero no olvide que tanto si le gusta como si no le gusta, a la hora de la verdad, su único aliado fiable seré yo. Si las cosas se ponen feas —lo cual no es imposible—, cuando se apaguen las luces de la fiesta y haya que apretar los dientes, el único que estará a su lado seré yo. No me gustaría, si llega ese momento, tener que repetir este mismo discurso.

Nada más y muchas gracias.

El señor PRESIDENTE: Gracias.