Como es natural, un profundo abatimiento se ha apoderado de Convergència tras la reedición del tripartito. No pretende este artículo convertirse en tratado de psicología, pero diría que la formación de Artur Mas supura por ahora más desánimo que desavenencia. Los convergentes, acostumbrados al confortable calor del poder, vivieron su primer paso por el erial de la oposición a base de mullidas dosis de protagonismo, convencidos de que aquello era un accidente pasajero. Ahora es distinto. El decaimiento hace mella. Como ante todo trance en la vida, unos lo afrontan con brío (los menos); otros destilan cierta amargura y lamentan que muchos sectores de la sociedad catalana se acomoden tan rápidamente a un tripartito que, desde su óptica, sólo sumirá a Catalunya en la mediocridad, y, por último, hay otros cuya frustración ha devenido en inquina y buscan una cabeza de turco con la esperanza de que, una vez rebanada, puedan recuperar la tranquilidad de espíritu perdida.
Sin duda, la mayor parte de la responsabilidad en el desastre siempre es del equipo dirigente, pero también es cierto que algunos críticos podrían considerarse cómplices del fiasco. Al fin y al cabo, ninguno alertó ni puso reparos antes de las elecciones e incluso el denostado entorno de Mas puede alegar que pasó por el tamiz de un congreso que les avaló con su voto. Aun así, es lícito que se pretenda analizar los errores y lógico que el malestar latente acabe aflorando.
La cuestión es si el mal momento que vive CiU llevará a la federación a la práctica extinción o si de la catarsis surgirá una fuerza nacionalista renovada. Lo primero significaría que los últimos 25 años de política catalana han sido poco menos que un espejismo, un fenómeno antinatural, una anomalía. Sería tanto como admitir que los catalanes son tan dados al mesianismo, que Jordi Pujol provocó una suerte de obnubilación colectiva y que, una vez desplazada su figura, han despertado del ensimismamiento. Convergència cuenta con un espacio en la política catalana, aunque quizá ahora le toca acomodarse en un piso más modesto.
En el terreno que dejaría una CDC debilitada, ¿podría instalarse una Esquerra dotada de los resortes del poder? Pues lo curioso es que los propios republicanos lo ven difícil. En ERC están convencidos de que su condición de fuerza nítidamente de izquierdas les impide barrer del mapa a Convergència, por lo que su objetivo es algo distinto: morder en lo posible en las filas convergentes, por supuesto, pero también en las del PSC. Su meta es erigirse en la fuerza mayoritaria de izquierdas de Catalunya y no convertirse en la "casa común del catalanismo". Es ésta una idea lanzada por Convergència como continuidad de aquel pal de paller del país que Pujol utilizaba para definir a su partido. Pero bajo el mensaje de edificar la "casa común del catalanismo", Convergència parece buscar sólo un acercamiento a los seguidores republicanos descontentos con la posición sumisa de ERC en su condición de partido de gobierno. Y esa conducta (intentar ser lo que no se es) puede provocar en los convergentes unos trastornos de la personalidad que, junto a los síntomas de depresión, serían nefastos para el paciente.
Las peligrosas amistades del PP
En los últimos tiempos, un grupo denominado Peones Negros, que duda de que el 11-M fuera obra de islamistas y apunta a ETA, ha atraído a miembros del PP. En Catalunya, varios cuadros intermedios de ese partido - sobre todo de distritos de Barcelona- acuden a las protestas de ese grupo, en el que no faltan nostálgicos del franquismo. El último en acudir a una de sus citas fue nada menos que el secretario general del PP catalán, Rafael Luna, quien el pasado viernes tuvo que rendir cuentas ante la dirección de su partido. Luna se escudó en que lo habían llamado en nombre de la AVT y, aunque la explicación no convenció, se optó por no remover más el asunto.
Los relevos del PSC
Desde las últimas elecciones municipales, los socialistas catalanes han relevado a entre 30 y 40 alcaldes, la mayoría del área metropolitana de Barcelona (además de la sustitución de Joan Clos por Jordi Hereu). Se trata de una profunda renovación de candidatos programada para afrontar en mejores condiciones la próxima cita electoral.
La auscultación de Artur Mas
El líder de Convergència Democràtica lleva varias semanas tomando el pulso a su partido, con encuentros con dirigentes territoriales para auscultar lealtades y comprobar la situación real de su formación tras la reedición del tripartito. La medida, sin embargo, no ha impedido que al final afloraran algunas críticas.

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