Cuando la encerrona de Bueño, que ya les conté otro día, me pregunté cuántas veces había visto yo a Zapatero con anterioridad. Al margen de algún plano televisivo captado desde el sofá de casa, recordé que nos había presentado un diputado de Valladolid allí, en la capital castellana y que lo volví a ver, en grupo, en una visita que hice al Grupo parlamentario en el Congreso, siendo él ponente de la Ley de Contrabando.
Me traiciona la memoria pero creo recordar que fue en una recepción oficial cuando estreché su mano y, desde luego, ya gobernaba José María Aznar en la comunidad vecina. Era, por tanto, a finales de 1987 o más probablemente, durante 1988. Yo acababa de abandonar Asturias buscando nuevos retos políticos, siempre en segundo plano, y había aterrizado en Castilla la Vieja. Digo este arcaísmo porque los socialistas leoneses tuvieron durante muchos años su Federación propia y ajena a la castellana, en la que tuvieron que integrarse por narices una vez que Martín Villa sentenció las pretensiones autonomistas de los del Bernesga, aunque manteniendo la Federación Socialista de la provincia un importante grado de autonomía .
La vida política de la joven Comunidad castellano-leonesa venía siendo convulsa. Demetrio Madrid, su primer presidente, investido solemnemente en el convento de las Claras de Tordesillas, el 23 de mayo de 1983, tuvo que dimitir, indebidamente acusado de corrupción –como luego evidenciaron los Tribunales-, el 29 de octubre de 1986. Lo sustituyó su consejero Pepe Constantino Nalda, pero sólo hasta final de mandato ya que, en las autonómicas de 1987, la entonces Alianza Popular ganó la partida y colocó a Aznar, al que sucedieron sus correligionarios Posada, Lucas y Herrera. El PSOE no volvió a levantar cabeza, por sus errores pero también por el efecto ventilador de una acusación infundada.
Un servidor venía de ayudar a la candidatura de Masip a revalidar la alcaldía ovetense; algo que costó más, como ya conté, de lo que Antonio y sus aduladores creían. Me fui con la satisfacción del deber cumplido y con la alegría de seguir viendo al honrado amigo rigiendo la vida local vetustense.
En Castilla viajé más que el transiberiano de José María Laso. Casi siempre para ayudar a “dinamizar” agrupaciones, para trasladar consignas o para preparar procesos electorales supervisando carteles, dípticos y contenidos de mítines. Curiosamente, la provincia de León apenas la pisé. Pero Zapatero, de cuna pucelana (su otro abuelo era ginecólogo junto al Pisuerga) y legítimas ambiciones, sí que iba por Valladolid. Allí coincidimos: -Mira, José Luis, le dijo mi introductor, es el asturiano que nos está ayudando en... -¡Ah!, ya, sí, sí..., balbuceó cortésmente; pero era no, no, porque no tenía ni pajolera idea de quién era yo. Me hizo gracia leer hace unos días a Susana Pérez-Alonso contando una escena similar en Bueño, deduzco que con Jesús Zapico, militante histórico. Yo presencié algo parecido con Avelino Cadavieco, aunque, poco después, ZP tuvo la grandeza de viajar a Latores a sus exequias. Al César lo que es del César.
De los tiempos castellanos me quedan muchos recuerdos (alguno glorioso, que ya contaré) y buenos amigos, algunos tan conocidos como Juan José Laborda, Tomás Rodríguez Bolaños, Heliodoro Gallego o, por descontado, Ángel Villalba, que se licenció en Letras en Oviedo en 1972 o Dionisio Llamazares, medio asturiano, que fue profesor en Derecho hasta 1974.
Lo que me llegaba de Zapatero, secretario de la Federación provincial leonesa, desde el 19 de septiembre de 1988, es que, como responsable del aparato, andaba en líos con otro sector aglutinado en torno al Presidente de la Diputación. Uno de los interlocutores a los que sin duda alude el amigo José María Fernández, y a quien me costó localizar, porque su nombre no viene en la guía, me recordó el nombre de este señor, ex cura, maestro y alcalde de una villa muy asturianizada: Alberto Pérez Ruiz. Y me añadió: -yo estaba a su lado. Ahora entiendo el escaso apoyo que el amigo común (de Chema y mío) recibió años más tarde de ZP y que yo achacaba a su neutral indiferencia en Bueño. No te acostarás sin saber una cosa más.
Ya que citamos al letrado José María Fernández, me consta que el maestro académico de Zapatero, que fue ayudante de Derecho Político desde que se licenció en 1982, hasta que fue diputado en 1986, fue otro asturiano. Y colega de Chema y de Bernardo Fernández en la Universidad de Oviedo: Manuel B. García Álvarez, gran especialista en Constituciones socialistas de la Europa del este. El maestro zapateril fue durante muchos años Procurador del Común en Castilla y León y el discípulo, que también lo fue de algún modo de Sosa Wagner, siguió frecuentando la Facultad de Vegazana, donde acudía, sobre todo, a leer. No es justo, me dice Leopoldo Tolivar que coincidió varios años con él en la Universidad, eso que dicen algunos de su falta de lecturas. Podrá coincidirse, o no, en sus preferencias, pero de ciencia política ha leído muchas más cosas que la obra de Maquiavelo.
Rodríguez Zapatero ganó la guerra interna de la organización provincial de León, aunque dejó aquello hecho unos zorros. Desde el 29 de octubre de 1989 no tuvo rival para encabezar la lista al Congreso; fue tres veces reelegido secretario provincial y, en noviembre de 1990, ya formaba parte del Comité Federal del PSOE. El resto de su historial lo saben hasta los niños de párvulos.
Me dicen que es tenaz, ambicioso y poco receptivo a los consejos, sobre todo si no van en la línea de lo que piensa. En su debe, me apunta un ugetista leonés, está el haber dejado tirados a muchos de sus amigos y preceptores, fascinado por los santones madrileños (Peces-Barba, Rubio Llorente...), aunque ha mantenido algunas lealtades políticas antiguas (José Antonio Alonso) o familiares (Antonio Gamoneda es contertulio de su padre).
Persona morigerada donde las haya, buen esposo y padre que ha dado educación religiosa a sus hijas, como es bien sabido, ha sucumbido a tentaciones extrañas para quienes le conocían de antiguo, como su apego -¿electoralista?- a las masas de Zerolo o su rendición a los tejos de un recauchutado Rubalcaba.
La tarde del 15 de enero de 2007 no fue, a decir verdad, su mejor tarde. Rajoy, pese a algunas contradicciones y la frasecita de las bombas que, cuando menos es equívoca, lo arrolló en la primera intervención y ZP salió a replicar claramente noqueado. Se repuso, pero solo a medias y confieso que sentí lástima ante su forma de buscar protección en los grupos minoritarios. Particularmente ante los desmedidos elogios a Duran i Lleida y CiU. ¿Qué va a pasar ahora? Ha tenido la dignidad de reconocer errores y de él hay que recordar que se ofreció gratis a Aznar para firmar un pacto contra ETA. Pacto que seguiría incólume de tener el PSOE mayoría absoluta y algún escaño más en los parlamentos vasco y catalán. Pero la aritmética manda y ya se sabe de las sutilezas y ambigüedades de algunos partidos a la hora de condenar a los asesinos.
Nadie puede entrar en la cabeza de nadie pero, sin ser psicólogo, por lo que me cuentan, si ZP ha llegado a creerse la historia del final dialogado del “conflicto”, volverá a las andadas. Y es difícil que la escasa crítica interna de los órganos federales del partido lo hagan cambiar de rumbo. Ojalá me equivoque; el tiempo y las elecciones de 2008, lo dirán. Para entonces pueden haber pasado muchas cosas. Pero recordemos que en nuestra democracia todos los presidentes (salvo el interino Calvo, claro) revalidaron su primer mandato. Esa inercia favorece a Zapatero y, para los que creemos en la idea de España, sería mejor que el próximo Presidente dispusiera de mayoría absoluta para no tener que andar en mercadeos con fuerzas bisagra. Cuando hayamos ahuyentado algunos de estos demonios sempiternos ya será hora de mayorías relativas, pactos y lo que sea. Yo, lógicamente, deseo que sea un Presidente socialista el que sume los 176 escaños en el Congreso. Y no digo quién sería mi candidato ideal. Pero, de no poder darse este respaldo, casi prefiero que la mitad más uno de las actas las acumule otro partido, siempre, claro está, dentro de unos mínimos de seriedad. Porque, paradójicamente, en la lucha contra el terrorismo y en todos aquellos asuntos donde todos deseamos la unión sin fisuras de PP y PSOE, se da la circunstancia de que el pacto entre ambos es mucho más factible si quien gobierna no necesita hacer concesiones a los vocingleros de la periferia. Así lo digo y así lo creo.
Termino: al interlocutor del teléfono dificultoso le pregunto que cuándo supo de ZP por última vez. Me contesta que, en vísperas de las generales de 2004, le invitó a ir a Ferraz a la noche electoral. ¿Fuiste?, prosigo con admiración. -¡Qué va!, sentencia, estaba convencido de que íbamos a perder y le dije que no, que muchas gracias. Se me escapa un taco y le reconvengo familiarmente: -¡Pero tú eres faltosu! ¿Otro desplante? ¡Cómo vas a valer tú para la política!

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