LA LUCHA ANTITERRORISTA
El presidente sigue noqueado. La metáfora más manida en estos días continúa vigente. En un Parlamento que emula un ring, con diputados gritando como forofos y esperando con avidez que el puño por el que apuestan destroce la mandíbula del orador odiado, Zapatero se tambalea. No está en condiciones de responder con soltura y convicción a los ganchos tremendistas de Mariano Rajoy. Sabíamos que la explosión de la T4 había segado las vidas de dos desdichados emigrantes y que había hundido el puente de la esperanza. Ahora constatamos, alarmados, que el piloto ha perdido el rumbo, pues vacila y balbucea ante los envites del oleaje retórico de Rajoy. Zapatero pidió comparecer ante el Parlamento para ofrecer explicaciones y dar seguridad a la ciudadanía. No lo ha conseguido. Ha exhibido de nuevo el desconcierto. Incapaz de fijar con soltura el rumbo, no ha tenido más remedio que abusar de la lealtad institucional de CiU (de un Duran Lleida brillante a fuer de austero) y de la protección de los parientes de izquierda (en particular de un Gaspar Llamazares, habitualmente gris, pero eficacísimo, ayer, en su labor crítica de un Rajoy que tiende a confundir la oposición con la sagrada Inquisición). Zapatero balbucea estupefacto y dolorido. Si los explosivos etarras destrozaron su proverbial seguridad, los autos de fe de Rajoy le dejaron en estado de desolación. El balbuceo de Zapatero es comprensible humanamente. Pero revela una gran flaqueza precisamente en el momento en el que el PP y su entorno mediático intentan demostrar que es incapaz de soportar el peso de la púrpura.
No consigue transmitir nada creíble, Zapatero, a una ciudadanía desconcertada por el regreso de ETA, decepcionada por la ruina de la esperanza, apesadumbrada por la tremenda división de los partidos. Pero tampoco lo consigue Rajoy, de nuevo luciferino y altisonante, muy lejos de aquella personalidad centrista y centradora, siempre anunciada pero nunca realmente florecida. Tampoco Rajoy parece capaz de resistir la presión de su entorno, en el que predomina el resentimiento (pulsión tremendamente peligrosa, pero con una enorme capacidad de enganche). Si Rajoy fuera un delantero o un púgil, los cronistas deportivos hablarían de su "instinto asesino". Un instinto depredador y egoísta que satisface muchísimo a los que sienten los colores, pero que asusta a los que - no estando ni a favor ni en contra de nadie, por principio- aborrecen la agresividad, la impiedad y el estruendo innecesario. Bien es verdad que los ciudadanos sin prejuicios son cada vez menos y que el forofismo que divide el Parlamento y encona las ondas hertzianas amenaza con infectarlo todo.
Mientras tanto, ETA se frota las manos. Escribe Andoni Unzalu en El Correo:"¿Cómo va a cerrar la tienda si nunca ha tenido victorias tan grandes?".

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