LOS DÍAS VENCIDOS

El escepticismo

Siempre habíamos temido que algún día llegara y nos carcomiera las ilusiones. Crecimos -y todavía estamos creciendo- en un mundo maniqueo entre dictadura y libertad, entre trabajar o estudiar, entre Beatles o Rolling Stones, entre decir la verdad dolorosa o la mentira piadosa, entre ver el mundo o mirarnos el ombligo, entre el deber o el placer, entre la quimera o la cartera. Y, de pronto, sin haberlo ido a buscar, nos miramos al espejo y le vemos el rostro al escéptico que hemos ido alimentando.

¿Hay razones para el escepticismo? En todo caso, hay explicaciones razonables. El escepticismo es hijo del ruido incomprensible y de la esperanza truncada. El escepticismo es la cáscara del caracol cuando la temperatura exterior aprieta y todos los torrentes se han agostado. El escepticismo es una excusa para no vibrar cuando los músculos del pensamiento están adormecidos. Es el dolor de cabeza antes del amor por si el amor nos falla. Es la náusea ante el plato suculento que se disponen a comer los de la mesa contigua. El escepticismo es la destilación de una combustión que mantiene con vida a los poderosos mientras el resto de mortales continuamos siendo mortales prematuros.

Llevamos una semana cargada de motivos no ya para dudar, sino para renunciar a entender. Si es cierto que vivimos en el reino de España que ayer debatía en el Congreso y que se manifiesta en los diarios de Madrid, es evidente que, y perdonen el abuso del copyright, mi reino no es de ese mundo. Es cierto que no todos los políticos son iguales, de la misma manera que no todos los periodistas escribimos con la misma responsabilidad. Pero ¿de qué sirve ser un poco mejor cuando el que peor lo hace ha caído tan bajo?

Mientras el enfermo de escepticismo busca en la historia o en regiones lejanas el entusiasmo que el presente de este país no le puede dar, la vida sigue, y no en la mejor dirección. Escepticismo ante el ruido político, ante la evidencia de que es más fuerte quien más atemoriza, ante el funcionamiento delirante de la justicia, ante el que hila fino en las palabras de la pancarta pero se indigna ante un lapsus. El escepticismo es estéril. Pero no menos que esos apologetas de su propia vanidad.

Ciudadano Robbins

Tim Robbins, ese actor de tanta talla física como moral, fue a Madrid a apoyar el primer Festival de Cine Solidario, un enunciado que ya lo dice todo. De paso presentó su película Atrapa el fuego. Llegó Ruiz Gallardón a saludarle y a hacerse una fotografía previamente pactada. Pero lo que no estaba previsto es que el alcalde de Madrid no acudiera a la manifestación en contra de ETA. Tras la foto, a Robbins le faltó tiempo para decir: "Es curioso que un alcalde pueda hacer el esfuerzo de venir a hacerse una foto con un actor norteamericano, pero no lo haga para unirse a la ciudadanía en una manifestación". El marido de Susan Sarandon tiene sus propias fuentes de información y entiende que una cosa es la profesión de actor y otra la necesidad de cualquier ciudadano de actuar contra la violencia.

Historia

Conviene no desatender a un niño que nos pide que le ayudemos en los deberes de historia. No tanto para adoctrinarle, sino para entender con palabras pequeñas que somos hijos de las mayores barbaries de la humanidad.