Algunos ecos del actual debate interno en Convergència han llegado al exterior y los más interesados en el tablero político se preguntan si todo ello se trata de una crisis, de una pugna de sectores o de una conversación en voz alta sobre estrategias y tácticas. Frío, frío. Lo que ocurre en CDC es que se están haciendo un chequeo a fondo y no hay unanimidad sobre diagnósticos y tratamientos. Es el chequeo obligado al que debe someterse el partido principal de la federación CiU tras haberse visto enviada ésta, de nuevo, a la oposición. Artur Mas quizás ha tardado demasiado en cotejar los diagnósticos que se le han suministrado desde sensibilidades diversas y ello ha transmitido a las bases una sensación de parón y desconcierto, como si la convalecencia postelectoral se estuviera prolongando excesivamente. En estas, lo normal es que varios dirigentes del partido muestren cierta inquietud. No todos manejan igual la máquina de los tiempos.
En este debate no se cuestiona el liderazgo de Mas, la figura que asegura la credibilidad y fortaleza del nacionalismo mayoritario en esta nueva etapa. Nadie en tan miope ni tan insensato de reclamar para sí el papel que hoy tiene Mas o para fantasear con nombres que son de chiste. Lo que sí asoma, en diversos ambientes, es la necesidad de que el sucesor de Jordi Pujol encabece la autocrítica doméstica y haga los ajustes necesarios que se deriven de ella. Y que los haga con generosidad y retomando un viejo axioma pujoliano que siempre resultó fructífero: "sumar y no restar". No es que sobren personas en la dirección de CDC, se trata de lo contrario. Hay que abrir el campo de juego y enterrar viejas desconfianzas. Ahora podría ser el mejor momento de visualizar - perdonen el verbo- que este proyecto político tiene varios acentos que, bien modulados y sintetizados, responden a la complejidad de la sociedad que se siente vinculada a un catalanismo tan sólido como moderno, tan constructivo como irrenunciable, tan pragmático como deseoso de nuevos horizontes que rompan con la anestesia que fabrica el Govern tripartito. Las bases convergentes, así como su electorado más fiel, desean que la dirección deCDCy de CiU se parezca mucho más a los que nunca salen en un DVD electoral, a los que, por ejemplo, salvaron - sin entusiasmo- el nuevo Estatut por responsabilidad y patriotismo. Si Mas se atreve a emprender esta reforma tranquila, su autoridad ganará peso, al contrario de lo que piensan quienes tienen de estas siglas una visión exclusiva.
Este chequeo interno en CDC coincide con otro debate importante: el papel de CiU en la política española a medio y largo plazo. Es un asunto que merece mucha atención y que - lo hemos escrito otras veces- no puede ventilarse con lugares comunes o viejas recetas. Pero tanto Mas como Duran Lleida saben que sería totalmente suicida confundirse con el ritmo, la prioridad y el orden de las cosas. Por mucho que el presidente Zapatero entone ahora cantos de sirena desde las páginas de un diario de Madrid. Aunque a Duran Lleida no le guste el término, la gran potencia de CiU es tener la ambición de seguir siendo "la casa común" del catalanismo. Y esta especialidad es, también, lo que en Madrid otorga la representatividad más valorada al grupo catalán. Además, con una ERC convertida en mudo apéndice del PSC anestésico, la marca "casa común" cotiza al alza, más de lo que parece. Así las cosas, unos eventuales ministros de CiU sólo tendrían sentido si el PSOE o el PP asumieran, llegada la hora, un programa para una auténtica España plurinacional. Con otro pacto del Majestic no vamos a ningún sitio.

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