LA RUEDA
Mariano Rajoy siempre pone difícil sostener las críticas al Gobierno en los términos razonables que señala la ciencia política. Sus exabruptos entorpecen cualquier matiz e invocan a cerrar filas con un presidente que ha cometido importantes errores y suscita serias dudas sobre la solidez de su proyecto político, pero sigue teniendo la legitimad para el ejercicio de gobierno que le niega sistemáticamente el partido de la oposición.
Llegó Rajoy a la Carrera de San Jerónimo con la pesada carga de su ausencia en las manifestaciones del sábado. Ese error le impulsó a una sobredosis de tremendismo, que es la sustancia que compone todos los manifiestos políticos de esta derecha española. El PP ha decidido seguir encapsulado en una confrontación con la política antiterrorista del Gobierno. Ahora, sin la ventaja de una negociación abierta con ETA, solo puede utilizar salvas que terminarán por volverse en su contra, porque están demostrando que al PP no le conviene otra política contra el terrorismo que no sea la de tratar de derribar por atajos predemocráticos al Gobierno legítimo de España.
El presidente hizo algo de autocrítica, que habida cuenta de lo que le cuesta ese trámite, obliga a reconocerle el gesto; dio por finalizado su intento y esbozó unas líneas de lucha contra el terrorismo sustentadas en el sentido común de ofrecer un pacto abierto a todos, con el ingrediente atractivo de poder incluir al PNV, que estuvo ausente en el anterior por los compromisos de Lizarra.
Tiene Zapatero cartas para convertir en virtud los déficits acumulados, porque el disparate histórico de esta derecha irredenta conmina a confiar en quien, pese a su falta de solvencia, por lo menos respeta la Constitución frente a quien ya no tiene memoria de lo que es la lealtad que todo partido democrático le debe al Gobierno.
Rajoy llegó a las Cortes imbuido en la ensoñación de ser el Terminator de la política española. Lo único que quedó amenazado fue su futuro. El peor servicio que ha hecho a la democracia española es que pone más difícil criticar al Gobierno desde posiciones razonables.

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