Los antiguos romanos, que sabían mucho de política (sobre todo de política cínica), acuñaron un famoso axioma: divide y vencerás. Su puesta en práctica constituye la gran arma de ETA: mayor que la goma dos. Y estar divididos es el amargo reproche que la gente dolorida dirige hoy a los políticos. En ETA hay divisiones serias, pero no trascienden por miedo. En la vida democrática hay, como es lógico, divisiones. Pero al no existir miedo sino libertad, trascienden por irresponsabilidad de los políticos. Ya pueden pedir unidad desde el rey hasta Maite Pagazaurtundua: todos dirán que les han dado la razón a ellos.
Los caminos de solución a conflictos como el etarra no discurren por certezas matemáticas, sino por sumas de probabilidades muy ajustadas. Personalmente, creo que entre la receta de acabar con ellos y la de conseguir que ellos se acaben es preferible la segunda. Las guerras no se acaban hasta que el enemigo se ha rendido; y facilitarle la rendición cuando está agobiado parece la mejor manera de ganar, sin que rebrote pocos años después. No obstante puedo entender a quienes sostienen lo contrario, porque la política no es una partida de ajedrez jugada por una computadora que calcula millones de variantes en un segundo. Y aquí además intervienen libertades humanas y estados de ánimo que no entran en las fichas del tablero.
Aceptado eso, no entiendo que quienes preferirían esa fórmula cuya probabilidad no niego la erijan en dogma absoluto capaz de excomulgar a quienes no lo comparten. No entiendo la apelación al pacto contra el terrorismo cuando sus dos primeros puntos decían que la gestión de la lucha contra el terrorismo toca al gobierno de turno y que la oposición se compromete a no usar la política antiterrorista como arma electoral. ¿Qué significa apelar a un texto que sus vindicadores son los primeros en no cumplir? Tampoco entiendo el argumento de que, gracias a la política anterior, ETA estaba ya vencida y ahora ha revivido. Si era así, ¿por qué se nos dijo insistentemente cuando el 11-M que aquel atentado había sido obra de ETA? ¿No creían quienes eso decían que ETA estaba agonizante? ¿Mintieron entonces o mienten ahora?
Digo lo anterior sin identificarme con el pacto contra el terrorismo: no por su articulado, sino por su introducción que excluía de él a otras fuerzas democráticas. Esa exclusión tuvo como contrapartida una potenciación del plan Ibarretxe.
Y mantener aquel pacto ahora supondría otra vez el endurecimiento de un PNV que en estos momentos se encuentra dividido. Me parece inmoral justificar esas exclusiones arguyendo que afectan a partidos minoritarios en el Parlamento español: pues, en Euskadi, el PNV es mayoritario cuantitativamente, y decisivo cualitativamente. Y Euskadi es el centro del problema.
Recuerdo que en una de las primeras películas de Pilar Miró había una escena final esperpéntica en que la protagonista se masturbaba con un cadáver. Por duro que resulte, algunas reacciones ante las víctimas inocentes de Barajas me han hecho evocar, y aplicar aquella escena a muchos políticos actuales y a sus declaraciones, más aprovechadas que éticas. Declaraciones como las de Pernando Barrena y sus adláteres; como la de Joan Ridau; o la actuación de Ibarretxe contra J. J. Imaz en la convocatoria de la manifestación; o las repetidas manifestaciones de Rajoy. Corren ahora por ahí informaciones inverificables que pretenden que la finalidad de la barbarie de la T4 era derribar al Gobierno de Zapatero, porque ETA había llegado a la conclusión de que con Zapatero en el poder es imposible llegar a un pacto por el bloqueo a que le somete el PP (recordemos las quejas de que este Gobierno estaba haciendo menos que el anterior durante la tregua). En cambio, con un PP gobernando sería posible pactar. porque el PSOE sabría ser más dócil. Ignoro si tamaños maquiavelismos son exactos, aunque en política todo es posible. Y en todo caso se podrá comprobar, si el PSOE pierde las próximas elecciones (cosa no improbable tras la decepción), cuando veamos si la futura actuación del PP contradice tanto sus proclamas de hoy, como éstas contradicen su actuación de ayer cuando gobernaba. Es cuestión de dar tiempo al tiempo.
Creo también que Zapatero ha cometido sus errores: el primero, no saber de qué interlocutores se fiaba, ilusionado quizá por cierto afán mesiánico que no se compone con una de las cosas que nos prometió al comenzar: "Seré humilde". Quizá le ha faltado humildad (y no sería la primera vez: pues, en mi opinión, le faltó también cuando desoyó altas voces de la magistratura que desaconsejaban usar la palabra matrimonio en la ley de parejas homosexuales; creo que por una palabra no era sensato levantar aquel tsunami que hasta salió fuera de nuestras fronteras). Pero reconozco que esto, como todo en política, son opiniones. Y, a pesar de todo, soy de los que creen que había que intentarlo. Sólo fracasan los que intentan grandes empresas, como decía Ovidio en su canto a Faetonte hijo del sol: "Cayó por haberse atrevido a algo grande".
Lo que no es error es que los asesinatos no deben existir. Y que vivimos en una cultura donde la vida sólo es un valor sagrado si se trata de mi vida. Si se trata de la vida de otros, entonces descubrimos que "hay valores superiores a la vida", como proclamaban la señora Thatcher y George Bush cuando enviaban soldaditos a morir en las Malvinas o en Iraq. Ésa es la contradicción que nos constituye. Y en todo caso, y por duro que suene, para salir de ella hay que darle la vuelta. La vida de los demás es siempre un valor sagrado (aunque se trate de bestias como Sadam); la vida propia puede estar supeditada a valores superiores a ella. Por ahí va el camino de una auténtica plenitud, tanto humana como religiosa.
J. I. GONZÁLEZ FAUS, responsable de teología de Cristianisme i Justícia.

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