El carácter extraordinariamente abierto de las próximas elecciones presidenciales estadounidenses, en noviembre del 2008, hace que al menos una veintena de dirigentes estudie la posibilidad de postularse para las dos grandes candidaturas. Pero la inmensa mayoría de esas campañas serán testimoniales. El presidente del Comité Federal Electoral ha estimado recientemente que una candidatura debería recaudar como mínimo 100 millones de dólares de aquí a final de año para tener alguna posibilidad de éxito.

Desde el punto de vista crematístico, la favorita evidente es la senadora por Nueva York, Hillary Clinton, que en su reciente campaña para la reelección captó más de 60 millones, de los que ahorró una parte sustancial, obviamente con la Casa Blanca en mente. La pregunta no es si Estados Unidos está preparado para una señora presidenta - ya hay 9 gobernadoras, 16 senadoras y 70 diputadas (congresswomen)-,sino si está preparado para esta presidenta y su singular marido.

El caso del senador Barack Obama, la gran sensación de la campaña, es sustancialmente distinto. En la época moderna, sólo tres negros han llegado al Senado y, curiosamente, dos de ellos han sido elegidos en Illinois, pese a que la minoría afroamericana en ese estado apenas llega al 15% de la población. Pero este joven político, 45 años, no es un un afroamericano típico; su padre, ya fallecido, era un negro de Kenia y su madre, blanca, es de Kansas, mientras que él nació en Hawai. Es un pico de oro, pero su retórica nada tiene que ver con la tradicional de los predicadores baptistas negros, sino más bien con la de su educación superior (Columbia y Harvard).

En fin, John Edwards dejó el Senado hace ya dos años, pero su campaña como candidato demócrata a la vicepresidencia en el 2004 dejó muy buen sabor de boca y, sobre todo, es del sur (Carolina del Norte), la región de donde proceden los tres últimos presidentes del país pertenecientes al Partido Demócrata (Johnson, Carter y Clinton). En mi modesta opinión, es el candidato mejor situado para hacer descarrilar la candidatura de Hillary Clinton, con la posible excepción del ex vicepresidente Al Gore, si éste decide finalmente presentarse. También se especula con un nuevo intento del senador John Kerry, el candidato derrotado en el 2004, pero se le atribuyen exiguas posibilidades.

En el campo republicano, el indiscutible favorito es el senador por Arizona, John McCain, pero tiene al menos dos problemas: su edad - 70 años- y su fama de ir por libre, lo que no está nada bien visto en su partido. En otras palabras, McCain puede ser un candidato formidable en noviembre, pero las pasará magras para obtener el nombramiento.

Otros dos republicanos bien conocidos pueden disputárselo: el ex alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, y el ex speaker de la Cámara, Newt Gingrich. Pero el héroe del 11-S mantiene unas posiciones ultraliberales en los temas sociales - interrupción del embarazo, control de las armas de fuego, etcétera- que son anatema para el votante republicano medio, mientras que el arquitecto del Contrato con América nunca fue muy popular y abandonó el Congreso en 1999 envuelto en el escándalo.

Lo realmente significativo es que ninguno de los candidatos mencionados, ni los republicanos ni por supuesto los demócratas, significa el menor atisbo de continuidad respecto a lo que es y representa la Administración de George W. Bush. Gane quien gane, habrá borrón y cuenta nueva.