Nada produce más vértigo, para los que nacimos en los años cincuenta del pasado siglo, que comparar aquellos años con la época presente. Los cambios tecnológicos, culturales y económicos han sido tan enormes, las formas de vida se han modificado de manera tan extraordinaria que, sin miedo a exagerar, puede afirmarse que hemos conocido dos mundos completamente distintos. Dos universos opuestos. Nuestro presente es tan veloz y multiforme que apenas puede resumirse. Servirá quizás este ejemplo. Gracias a los vuelos de bajo coste, se ha puesto de moda, en Girona, desplazarse a Roma, Dublín o Frankfurt aprovechando un día libre. No hace falta disponer de un bolsillo importante: planificado con suficiente antelación, el coste del vuelo puede ser inferior al de un billete de tren a Barcelona. Con el mismo ocioso objetivo con que veinte años antes un gerundense se desplazaba a Barcelona para darse un garbeo por la Rambla y huronear en las rebajas de El Corte Inglés, con este mismo ocioso objetivo ahora coge el avión en Vilobí, un bus le deja en Termini, desciende por Via Nazionale evaluando los escaparates repletos de apetecibles saldi, admira el retrato de Inocencio X en el Museo Doria-Pamphili de Via del Corso, come opíparamente en La Carbonara, frente al mercado de Campo dei Fiori, se toma un ristretto en la Tazza d´Oro, a dos pasos del Pantheon, y regresa a Girona, para cenar frente al televisor en el que aparecerán las imágenes extremosas del día: explosiones en Bagdad, disparos en la embajada americana de Atenas, hazañas bélicas en Mogadiscio.
La vida en los tiempos de mi abuela, que yo todavía vislumbré, estaba más cerca de la quietud medieval que de la velocidad presente. Mi abuela era una mujer de horizontes estrictamente familiares, aunque una vez, cuando era joven, coqueteó con Josep Pla en el tren de Flaçà a Barcelona. Exceptuando la misa matinal, su universo empezaba y terminaba en su tienda de barrio en la que circulaban las habladurías de las comadres y las novedades de los viajantes. Su padre estuvo en Cuba, pero regresó enfermo y, según ella contaba, horrorizado por el trato que recibían los esclavos. Sólo unos pocos, como el joven Pla o el bisabuelo emigrante, verían mundo. La mayoría apenas salía del pueblo. En la casa vecina vivía un carpintero. Un tipo fibroso, sanguíneo y comecuras que aliñaba sus frases con blasfemias barrocas. Durante la República y la guerra, había defendido la revolución. Moderadamente, puesto que, a pesar de su pobreza, era un menestral y poseía un modestísimo taller propio. Durante la posguerra, aguantó hambre y silencio con un estoicismo instintivo y mineral. El carpintero y mi abuela forman parte del mundo perdido. Un mundo de tradiciones uniformes, de caracteres de una sola pieza, de sociabilidad instintiva. Nunca alteraron la visión del mundo que habían recibido de sus ancestros. El mundo era como era. Se comía o se pasaba hambre. Se gritaba o se callaba. El vino era áspero y fuerte, la vida era áspera y fuerte. Se ganaba o se perdía.
El río de esta vida se agota a partir de los años sesenta. De repente, el progreso que se había puesto en marcha en torno al siglo XVIII produce en el occidente europeo (incluso sociedades tan cerradas como la España Franco) un verdadero cambio de civilización. Una transformación radical y completa. Y empezó la vida de ahora, que puede ser descrita con la metáfora del zapping. Una vida tan veloz y cambiante que provoca una mareante sensación de caos. Un diluvio de imágenes, objetos, sugestiones, informaciones, deseos, vivencias e identidades que se enredan y se superponen en cada uno de nosotros sin descanso. Es imposible deducir un sentido, un orden o un porqué de la espiral imparable que succiona nuestras vidas. En oposición a la incesante efervescencia del presente, aquel mundo perdido produce una impresión de solidez y claridad. Es una impresión falsa, aunque tranquilizadora. Ellos tampoco entendieron lo que pasaba en sus vidas. Simplemente, aceptaron las explicaciones heredadas.
La diferencia entre ellos y nosotros tiene que ver, consiguientemente, con el sentido. La vieja vida podía ser muy dura. Infinitamente más dura que la nuestra. Pero tenía sentido. Podía ser polvo, pero polvo enamorado. Ellos no dudaban de las explicaciones heredadas, mientras que la característica de nuestra época es la total desconfianza en las explicaciones. La desconfianza y la falta de sentido se hacen visibles incluso cuando la excitación política ambiental se impone como un ruido ensordecedor, incluso cuando parece que todo el mundo se posiciona en uno u otro bando político o nacional, como sucede estos días. Algunos perciben la identidad política como una tabla de salvación personal, como un refugio. Su griterío es tan monocorde y obsesivo que revela un fondo de impostura teatral. Estas discusiones bizantinas sobre eslóganes, lapsus linguae y manifestaciones destilan una identidad carnavalesca. Las máscaras de la crispada identidad política sólo mantienen su tensión bajo los focos, igual que las ficciones televisivas y los agrios pleitos del corazón. Cuando los actores políticos y sus excitados entornos abandonan el escenario, se hace todavía más visible la falta de sentido, pues otras pasiones enmascaradas ocupan su lugar. Todas requieren, inútilmente, nuestra adhesión, perdida en el remolino de signos y sugestiones de nuestro tiempo.

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