Siempre nos contaron que el fútbol lo habían traído a España los ingleses que explotaban las minas de Huelva. Pero una de esas joyas del periodismo literario con las que nos obsequia cada sábado Gregorio Morán, en sus artículos semanales de «La Vanguardia», nos retrasa la fecha bastantes años, hasta finales del siglo XIX. Fueron, cómo no, los profesores de la Institución Libre de Enseñanza, introductores en España de todas las ideas modernas y avanzadas que tantas generaciones tardamos en disfrutar, incluyendo la democracia, también los pioneros en la práctica del que hoy llamamos deporte rey.
Entusiastas del contacto con la naturaleza, la vida sana, las excursiones campestres y la práctica deportiva, los institucionistas tuvieron mucho que ver en la fundación del Real Madrid en 1902, pero Gregorio Morán nos aclara que bastante antes fueron incluso los primeros jugadores del fútbol nacional. Lo hace citando un párrafo del «Elogio de la inquietud», un libro publicado en 1923 por Ernesto Winter Blanco, el alma del Orfanato Minero, cruelmente asesinado en Oviedo durante la guerra civil.
«Hace unos 30 años, el Sr. Cossío, de la Institución Libre de Enseñanza, trajo a España el primer balón de foot-ball. Recuerdo haber visto jugar a Cossío y a D. Francisco Giner, siendo portero de un campo el Sr. Altamira. Mucho después se generalizó ese juego, ganando en eficiencia y eficacia, perdiendo en ingenuidad y finura».
Si Manuel Cossío, Francisco Giner de los Ríos y Rafael Altamira regresaran ahora a la Tierra un domingo, creerían, como los extraterrestres del cuento de José Luis Sampedro «Aquel santo día en Madrid», que los partidos de fútbol son las grandes ceremonias religiosas del presente. Y, como siempre, acertarían.
En el delicioso relato de Sampedro, marcado por la ironía, los extraterrestres concluyen que el estadio es el templo, los objetos rituales las porterías, los sacerdotes los jugadores y el balón el objeto de culto. Del árbitro piensan que es el sumo sacerdote que deposita la pelota cuidadosamente en el suelo «ocupando el centro matemático del espacio sagrado». Luego extrae de su bolsillo «un argénteo silbato cuya aguda nota, rompiendo el religioso silencio de la muchedumbre, dio la señal para el comienzo del rito».
Como unos sacerdotes vestían la túnica blanca del Real Madrid, símbolo de la pureza, y los rivales otras de color rojo oscuro (el visitante debía ser el Osasuna), los extraterrestres creyeron que aquello simbolizaba una batalla entre el bien y el mal, lo que explicaba «los gritos hostiles de la mayoría de los fieles» a los rojillos, «muy en contraste con la aclamación tributada al aparecer los once blancos».
La sarcástica alegoría del economista y escritor madrileño es acertadísima. El fútbol es la religión de la modernidad y los partidos la celebración del culto. Y no parece que tengamos motivos para lamentarlo. Este grandioso espectáculo libera pasiones y relaja la violencia colectiva, aunque haya que lamentar brotes minoritarios de energúmenos y ultras. Hay quien opina, desde el análisis filosófico y científico, que si el fútbol fuese en los países islámicos tan popular como en Occidente, donde desempeña un papel de catalizador de emociones impagable, no existiría el fundamentalismo religioso.
Yo no sé con certeza por qué soy del Oviedo. Mi madre sostiene que por influencia de mi abuelo, pero más me inclino a pensar que fue por llevarle la contraria a mi padre, sportinguista, que de niño me sentaba con él en aquella vieja tribuna de madera de El Molinón, donde cada gol rojiblanco retumbaba en el suelo como un terremoto con los golpes de los hinchas locales.
Lo que sí sé es que el oviedismo, como el sportinguismo, el barcelonismo, el sevillismo o cualquier otra religión futbolera, es un yonquerío del que no te puedes desprender nunca. Con mi equipo, que es mucho más «pupas» que el Atlético de Madrid, he intentado acabar con esta dependencia en muchas ocasiones, y mira que oportunidades me ha dado la marcha deportiva y económica del club. Pero no hay manera. Ni ante la evidencia de que los aficionados no somos más que los palmeros de un enorme negocio donde sólo ganan pícaros, corruptos y delincuentes de cuello blanco. Podemos estar en Tercera, como estuvimos hace bien poco, en la triste Segunda B actual, y mi cuerpo paseándose feliz por La Habana o Formentera, que el domingo me parece un fraude si no me entero de cómo quedó el Oviedo.
Aunque nunca más pise un estadio, de esta droga no creo que pueda desprenderme nunca porque forma parte de mi infancia, que es la verdadera patria. Para mí el fútbol es el inconfundible olor de cientos de puros al aire en una vieja tribuna, un cura hincha blasfemando en el estadio, el rítmico anuncio de Anís de la Asturiana sonando por megafonía, el marcador simultáneo donde había que descifrar a qué partido correspondía el anuncio de Suybalenka o el de Coca Cola, mi tío José Ramón discutiendo con un paisano y luego abrazándolo cuando marcábamos un gol, el periodista Ricardo Vázquez-Prada, «Tomasín», advirtiéndole a Javier «El Cura», que era un miedoso, que no había minas en el área.
Los medios de comunicación son hace tiempo las sagradas escrituras del fútbol, pero en Oviedo Vázquez-Prada ya ejercía en los años sesenta y setenta una influencia decisiva en el fútbol local. No era sólo que pusiera y quitara entrenadores o confeccionara alineaciones. Con una campaña atronadora en el periódico que dirigía, «Región», y en la emisora de radio donde hablaba a diario, Radio Asturias, hizo debutar en Primera División a un delantero de El Águila Negra de Colloto apodado Japo, del que llamaba tanto la atención su nombre como su instinto goleador en regionales. La aventura deportiva de Japo fue efímera y acabó trabajando de taxista.
Dice el tópico que la fuerza del fútbol es tal que las personas pueden cambiar de coche, de residencia o de pareja, pero nunca de equipo. No es cierto y ahí está para demostrarlo el ovetense Juan Cueto, que escribía en «Asturias Semanal» unos artículos deportivos inolvidables donde comparaba a Marianín y a Galán con Góngora y Quevedo, antes de mudarse a Gijón, donde acabó siendo directivo y forofo del Sporting. O «Manolón el Práctico», que cuando vivía y trabajaba en el puerto de San Esteban, acuñó una frase que aún le recuerdan los más viejos: antes carabinero que del Sporting. Pero cuando recaló en Gijón también llegó a directivo rojiblanco.
Ahora accede a la presidencia del Oviedo Toni Fidalgo, que no sé si es oviedista o sportinguista como Celso González, aunque al abogado allerano no le gusta el fútbol sino los negocios. No le pido que recupere en Oviedo la ingenuidad y la finura que ya había perdido el fútbol en tiempos de la Institución Libre de Enseñanza. Me conformo con que consiga que los domingos parezcan menos tristes.

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