La mirada desesperada de la belleza, de Xuan Bello en El Comercio
EL ESPEJO DE TINTA
A mí me lo hizo notar Alberto Morell, ya en el aeropuerto de Barajas esperando su vuelo a Nairobi, mientras yo miraba fijamente el mar y suponía que él dibujaba en su moleskine negra líneas geométricas que aprehendían un espacio inaprensible: no vemos lo más cercano de la misma manera que no nos olemos a nosotros mismos. Utilizó esa imagen física, tan humana, y continuó su voz en mi móvil citando a Schiller y su ensayo, que yo no he leído, 'Kallya': la belleza siempre está agazapada en lo más cotidiano. «Algo así», afirmaba mi amigo arquitecto, «os sucede a los que vivís junto al mar con el mar: no lo veis, pues está escondido dentro de vosotros y hay que abrir ventanas a vuestra alma, y tirar tabiques, para que os ilumine». Añadió: «La única misión de un arquitecto» -precisó: la única misión de un artista- «es que los que vivís junto al mar veáis el mar como aquel niño que llega, tras largo viaje en tren, desde una provincia desolada del interior. Imagínatelo, Xuan, a ese niño: ahora está en la Escalerona y aprieta la mano de su padre y grita: ¿Qué río tan grande!». Yo estaba viendo el mar, en ese rincón que dicen de la Lloca del Rinconín, y las palabras de mi amigo sonaban en el móvil con ese acento de quien se va, un poco triste, a una felicidad inmensa. Apenas tres horas antes nos habíamos despedido en La Galana y él estaba en Barajas esperando un avión que lo llevaría a El Cairo y de allí a Nairobi.
-Vente a Kenia cuando quieras. Pero apúrate: firmé un contrato por cinco años y cinco años pasan enseguida- afirmó.
Habíamos pasado la noche anterior con Leopoldo Sánchez Torre y Fernando Beltrán callejeando por Cimavilla. Una feliz casualidad: no habíamos quedado y nos encontramos, tras la cena, en el Savoy. Entre risas, entre un local que cerraba y otro que estaba a punto de cerrar, nos pusimos a soñar hasta la madrugada la Fundación Becarios de la Academia de España en Roma que Fernando Beltrán, que es quien siempre le pone nombre a las cosas, bautizó como BaeR («¿Con la e muy pequeña!», matizó entre risas). Ni Leopoldo ni Fernando habían sido becarios en la Academia pero los hicimos, en un pis pas, vicarios de aquel sueño de fuentes y jardines, y senderos por donde se desliza secreta la belleza, en el Janículo sobre el Tíber. Esa noche las calles de Cimavilla, sin nadie, y un viento áspero que soplaba bárbaro, se convirtieron en algo así como un trasunto fantasmagórico del Trastevere. No exagero: nos habíamos asomado, felices y niños, al balcón de lo cotidiano y descubríamos, un poco sorprendidos, la eterna novedad del mundo; no exagero: se vaya donde se vaya -por las calles de la Habana Vieja o por nuestra Cimavilla a esas horas tan desolada- se camina por Roma, por el sueño de otra Roma más verdadera.
De todas estas cosas, entre chistes, ocurrencias y citas más o menos doctas, se nos había ido la noche. Al día siguiente, en el Rinconín de la Lloca, Morell me decía por el teléfono que nunca vemos lo más cercano y citaba a Schiller. Quería convencerme de unos arreglos de una casa que yo acababa de comprarme y trazaba, o eso era lo que yo me imaginaba, apresurados trazos nerviosos y certeros en su moleskine negra que capturaban un espacio inaprensible. Yo recordaba las horas de la noche y las risas y la algarabía: cuatro cómplices de la luna que sueñan con Roma en la Cimavilla del instante tienen algo que perdura de gatos; de gatos que sueñan la huida por los tejados.
-¿Qué habrá sido de Tatiana?- preguntó antes de despedirse.
El mar rompió contra la costa y en el cielo extrañas luces le ponían alas a ese gris piedra de la bruma. Llovía un poco y por el teléfono, tras la voz de Morell, se escuchó una voz metálica que informaba que los viajeros del avión de El Cairo ya debían embarcarse. La noche anterior, riéndonos como locos por las calles de Cimavilla, buscando algún establecimiento abierto, absortos en el placer de dejarse ser en amistad por las calles tan vacías, habíamos ido a dar ante las puertas de un local apenas iluminado, con un neón desvencijado que parpadeaba su luz, como un corazón triste y enfermo, desacompasadamente. La pinta lo decía todo y no entramos. Nos pusimos a reír allí delante y al rato una prostituta vieja, con el rímel corrido y teñida de rubio platino, salió, nos sonrió y preguntó:
-¿Pasáis? A estas horas hacemos rebaja, guapetones...- anunció.
Sí, claro que nos reímos. Y seguimos charlando allí mismo, esperando el amanecer, regocijándonos en lo grotesco como si estuviésemos mirando un cuadro de la España negra de José Gutiérrez Solana. No lo esperamos, nunca se espera por la impaciente belleza y sus dagas que hieren como labios. Seguíamos despreocupados en la calle riéndonos como si aquella noche fuese a durar toda la vida. A los diez minutos salió aquella puta vieja acompañada por otra de mayor edad, más grotesca todavía. Tras ellas, casi escondida, una niña de 17 años, o tal vez menos, pintarrajeada y bellísima. Su belleza resquemaba en las heridas de nuestra alma.
-No todas somos tan viejas, mirad a Tatiana...- dijo la prostituta haciéndole dar una vuelta a aquella niña.
Enmudecimos: la cuerda del cello de la noche -la más grave- había sonado. Nos fuimos tristes, dejándolas allí en la puerta, cada uno a su sueño. Intentamos explicarnos aquello, y seguir con los chistes, pero había algo que dolía como una puñalada. Era la hora de irse a casa.
Yo miraba el mar, recordando la noche, mientras me decía Morell que nunca vemos lo más cercano. Mi amigo tenía que embarcarse ya para Nairobi, donde trabaja, y se despedía. Colgué y entonces la volví a ver: la mirada terrible y desesperada, bellísima, la mirada de la belleza que pide justicia de la Lloca del Rinconín.
