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14 Enero 2007

La huida hacia delante de Bush, de Carlos Nadal en La Vanguardia

Bush habló sobre Iraq el pasado miércoles. No dijo nada que alterara las previsiones. Sus palabras fueron la confirmación de que iba a anunciar una huida hacia delante. Difícilmente tenía otra salida. Y ahora, desautorizado como está, colocado ante la evidencia del fracaso al que ha arrastrado a Estados Unidos, echa mano de los recursos, pocos, que le quedan. Pone por delante el reconocimiento de que las cosas se han hecho mal. Y acepta la responsabilidad que le toca. Pero, a continuación, viene a decir: sí, lo de Iraq no va bien, aunque no está perdido. Toda solución que se acerque al abandono sería mucho peor. Para el mismo Iraq, para el futuro de Oriente Medio, para Estados Unidos. Se trata, pues, sólo, de cambiar de táctica.

Otra manera de llevar lo de Iraq consiste para el presidente, básicamente, en la toma de algunas directrices. La primera, esencial, consiste en enviar más soldados norteamericanos, 21.500. Con este refuerzo, el ejército estadounidense habrá de ajustar una estrategia distinta, la conveniente para combatir una guerra contra el terrorismo. ¡Ahora, cuando se van a cumplir tres años de la invasión! Lo cual ha de ir acompañado de acrecentar la eficacia del ejército y de las fuerzas de seguridad iraquíes, propósito hasta hoy a todas luces escasamente conseguido.

Los cambios militares han de ir acompañados, según Bush, de algunos de carácter político. Que el Gobierno de Iraq se esfuerce en asumir mejor sus responsabilidades, con la advertencia de que si no lo hace de aquí a noviembre habrá de atenerse a las consecuencias, como si fueran los actuales gobernantes iraquíes quienes comenzaron la irresponsable acción militar que ha llevado al país a una situación desesperada. De cara al exterior, Bush rechaza requerir la colaboración de Irán y Siria para buscar soluciones. Por el contrario, exige a los gobiernos respectivos que quiten sus manos del vecino Iraq. Mala señal es el asalto de tropas estadounidenses a la oficina prácticamente consular iraní en Irbil.

El presidente norteamericano quiere vender estos propósitos a un país que ha dejado de creer en él, como demuestran las últimas encuestas con cifras históricas de descrédito sobre su capacidad política, el rechazo al envío de más tropas a Iraq y la creencia en su eficacia. Las elecciones del 7 de noviembre llevaron a los demócratas a disponer de mayoría en las dos cámaras, y el informe Baker--Hamilton recomendaba la progresiva aunque bien medida retirada de Iraq. Pese a todo, Bush cree que está en disposición de arreglar el clamoroso desaguisado.

El presidente intenta apoyarse en dos premisas. Una, que encarna la suprema magistratura del Estado, a la que incumbe la jefatura de las fuerzas militares, lo cual le da una autoridad y un poder no fácilmente desdeñables; otra, que el Congreso dispone, sí, de la posibilidad de rechazarle el presupuesto, con el enorme gasto que supone la guerra de Iraq, aumentado por la aplicación de las nuevas disposiciones, pero que no todos los congresistas demócratas creen oportuno dar la impresión de que exponen a la indefensión a las tropas allí presentes. Con el agravante de aparecer como copartícipes en una estrepitosa derrota militar y política de hecho. La humillación para Estados Unidos de ser visto en el mundo como un coloso de pies de barro. La opinión suele ser cambiante. Hoy está mayoritariamente contra Bush y sus proyectos; mañana podría revolverse contra quienes obstaculicen su realización. Y dentro de dos años hay elecciones presidenciales…

Lo tiene muy en cuenta Bush al afirmar: "No podemos aceptar la derrota". Y "hay que dejar atrás las elecciones y trabajar juntos" porque "el pueblo norteamericano espera de nosotros que nos sobrepongamos a las diferencias partidistas". El gran fracasado sabe qué cartas le quedan. Aunque pocas. Y la mayoría demócrata no puede ignorarlo. De ahí que Nancy Pelosi, batalladora presidenta de la Cámara de Representantes, recomiende "no mirar al pasado" y que

Harry Reid, jefe de la mayoría demócrata en el Senado, hable de "espíritu de bipartidismo".

En principio los demócratas tendrían que moverse con habilidad y prudencia.

Pero al mismo tiempo puede resultarles perjudicial mostrarse condescendientes con la tan depreciada política presidencial, que ya alcanza en algunas encuestas hasta un 70% desfavorable. Es un dilema que el tiempo agravará o simplificará según lo que ocurra en Iraq durante los dos años que le quedan de mandato a Bush.

Actualmente, representantes y senadores entienden que dar facilidades al presidente puede serles fatal. No sólo los de la mayoría demócrata sino también muchos republicanos. Si el considerable rechazo popular se mantiene, los congresistas demócratas, y más de uno republicano, tendrán que pronunciarse. O hundirse con el peor presidente de la historia norteamericana, o salvarse contribuyendo a hundirle.

Empieza a extenderse en Estados Unidos una especie de batalla semántica respecto a Iraq. Para unos, lo que ha decidido el presidente es una escalada en la intervención militar. Para otros, simplemente un aumento temporal que se concreta en la palabra inglesa surge,algo así como una subida de aguas que luego retroceden. La primera interpretación lleva aparejado el recuerdo fatídico de Vietnam, la segunda pretende desdramatizar. No es sólo algo anecdótico. Va en ello la responsable evaluación negativa o la irresponsable favorable de una de las etapas más lamentables de la historia de Estados Unidos.

Se ha sembrado la muerte y la destrucción en Iraq, con consecuencias imprevisibles sobre el equilibrio de Oriente Medio. Estados Unidos ha gastado un gran capital de prestigio y credibilidad, no sólo por la invasión injustificada y sin éxito de un país, sino también por la degradación moral de un ejército comprometido en actuaciones indignas como la aplicación de la tortura. El número de soldados norteamericanos muertos pasa de los 3.000, y los iraquíes se calculan entre 50.000 o 650.000 según las distintas fuentes. Todo, además, con un coste presupuestario que asciende a 400.000 millones de dólares (8.400 millones al mes) que el envío de más tropas elevará en 5.600 millones.

Bush ha procedido a numerosos cambios en los cargos civiles y militares de más responsabilidad. Pero el mal está en él mismo. Con el actual presidente parece haber entrado en un estado de eclipse, y envuelta en un halo de impureza ética, la ideología neoconservadora y de los grupos evangélicos sobre el papel singular de Estados Unidos en el mundo.

Emilio Gentile, en La democrazia di Dio,reproduce unas palabras de George W. Bush al ser elegido presidente, el año 2000. En ellas dice: "Creo que Dios quiere que sea presidente". Y añade: "No sé cómo explicarlo, pero siento que mi país me necesita. Presiento que va a ocurrir alguna cosa y mi país en aquel momento me necesitará… lo quiere Dios". El atentado contra las Torres Gemelas fue sin duda interpretado como la llegada de aquel momento apocalíptico que tan a fondo fue aprovechado para elevar a Bush a señalado por el dedo divino para la misión de salvar a los norteamericanos, pueblo de Dios, del acoso del mal. Pero aquel elegido ha llevado al país por derroteros torcidos, rodeado por gente de pocos escrúpulos e ideas fatalmente erróneas. Se ha hecho un uso impropio de la voluntad de Dios como encubridora de intereses con frecuencia no precisamente nobles. Y los daños producidos han dejado un rastro de dolor e impudor difícilmente salvable. Es lo que ahora exige ser planteado.

Tags: bush, usa

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