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Reggio

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14 Enero 2007

La escasez de vivienda crea nuevas formas de vida entre los jóvenes, de Luis F. Zaurín en La Vanguardia

Nueve modos de vivir

El problema de la vivienda es uno de los más graves que aquejan a la sociedad española, algo que de nuevo revelaba el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) del pasado mes de octubre, que recogía que la cuestión que más inquietaba personalmente a los ciudadanos españoles era (el 13,9% de los encuestados) la adquisición de la vivienda. El asunto preocupa igualmente, o más, a los jóvenes, que viven en una etapa de su vida en la que conseguir independizarse tiene una importancia crucial.

No es casualidad que los movimientos a favor de una vivienda digna, que en el último año han cobrado un notable auge, hayan sido protagonizados por gente joven. Iniciativas que en Barcelona han tenido uno de sus núcleos más dinámicos y que el pasado 23 de diciembre, según fuentes de la Guardia Urbana, culminaron con una manifestación que reunió en la ciudad a más de 7.000 personas.

Que las iniciativas de estos grupos haya cobrado en Catalunya la misma o mayor importancia que en el resto de España tiene que ver, entre otras cosas, con que Barcelona es (junto a San Sebastián y Madrid) la ciudad española donde la vivienda es más cara. Durante el último año, el precio de la vivienda se ha incrementado en la ciudad un 13%, según los últimos datos de las sociedades de tasación. El precio del metro cuadrado ronda los 4.500 euros de media. A pesar de todo, ese incremento, en particular durante el último trimestre del año, puede considerarse moderado ya que en esos últimos meses sólo se incrementó en torno a un 1%.

Los mileuristas

En esta coyuntura, acercarse a ver cómo vive la gente joven (entendiendo generosamente la juventud entre los 18 y los 35 años) puede resultar ilustrativo. Ensu conjunto, las diversas tipologías recogidas son una ventana abierta que permite ver cómo los jóvenes afrontan el problema de la vivienda. Maneras de vivir que combinan el posibilismo, la ilusión, la creatividad, la resignación, el espíritu crítico y una capacidad de esfuerzo que a veces se menosprecia.

Uno de los últimos éxitos propiciados por internet (lleva más de 50.000 descargas en un par de meses), es una canción que lleva por título Quiero vivir en un piso de treinta metros:"Vivo en un piso que es más pequeño / que el recibidor de Zapatero./ Duermo en un saco de montañero / que extiendo encima del fregadero". Además de un ritmo divertido y pegajoso, el tema refleja una inquietud que, en los últimos años, ha dado forma a diversos movimientos a favor de una vivienda digna.

Son un conjunto de iniciativas con las que muchos jóvenes empatizan, participen o no en ellas -como señala el joven abogado Arnau Papiol, simpatizante de estos grupos, "no es la única forma de intentar cambiar las cosas"-, y que tienen entre sus objetivos que la vivienda sea más accesible. Un colectivo que, con raíces en el movimiento okupa, que en España surge a mediados de los 80 a imagen y semejanza de los squatters ingleses, y que ha contado con la aceptación de amplios sectores de la sociedad. Como señala Carlos, de 23 años, estudiante de Historia y okupa, cuando él y sus dos compañeros se instalaron en una casa abandonada el vecindario los aceptó "como a unos vecinos más". Se trata de grupos que últimamente, sobre todo en el último año, se han ampliado hasta recoger a colectivos más amplios y a jóvenes en general.

El fenómeno de las organizaciones que demanda una "vivienda digna" ha vuelto a la primera página de la actualidad en Barcelona durante la última semana debido a la llegada a la ciudad de varios miembros de los Hijos de Don Quijote, organización que en Francia ha liderado un movimiento en demanda de viviendas a favor de los sin techo y que debe su nombre a la famosa batalla que Alonso Quijano libró contra los molinos de viento. "Enfrentarse a los molinos de viento más odiosos es una cuestión moral", ha afirmado Augustin Legrand, uno de sus fundadores. El asunto ha traído de cabeza toda la semana al Ayuntamiento encabezado por el alcalde de la ciudad, Jordi Hereu, que el mismo lunes advirtió que no autorizaría un campamento ilegal.

Sobre cómo una generación de jóvenes que en conjunto ha sido denominada como mileurista -por rondar sus salarios los mil euros- afronta el tema de tener un lugar donde vivir da una idea de la forma de vida de Kelly, de 23 años y estudiante de estética, y su marido Guillermo, fotógrafo. Es una pareja que, debido al trabajo de él, tiene que vivir entre Tortosa y Barcelona. Cuando residen en esta última ciudad comparten con cuatro jóvenes más un piso amplio en el centro por el que pagan unos 250 euros mensuales, algo menos de la cuarta parte de los ingresos de él, el único que trabaja, y cuyo empleo no es estable. Por ese precio tienen derecho a una habitación y el uso compartido del baño y de la cocina.

"A mí me gustaría poder vivir sola con mi marido cuando venimos a Barcelona, claro, como a cualquier pareja. Pero es que en Tortosa tampoco lo podemos hacer. Si trabajásemos los dos y dispusiésemos de un sueldo razonable, sería posible, pero...", señala esta joven colombiana, a quien no disponer de suficiente intimidad no le agrada demasiado.

Las hipotecas

Una cuarta parte de los ingresos mensuales es también lo que Joan Grau, de 33 años y veterinario, y Rosa Bardi, de 32 y auxiliar de clínica veterinaria, pagan al banco en concepto de hipoteca. Un porcentaje no muy elevado si se tiene en cuenta que en Tortosa los precios de los pisos son menores que en Barcelona, que los dos tienen trabajo y que no partían de cero. Al menos es una fórmula que les permite vivir de una forma relativamente desahogada. "Que los dos tengamos trabajo y que nos hayamos hipotecado por 30 años hace que no estemos tan agobiados por la hipoteca", explica Jordi.

Echando mano de la imaginación es como el bluesmen Jordi Llauder, de 34 años, ha conseguido resolver el problema de la vivienda. Su fórmula es vivir en una furgoneta con su compañera, Path. Ensu caso, sólo aunando "casa y negocio" -el vehículo lo utiliza también para desplazarse para tocar- han conseguido vivir con una cierta comodidad. "No es que los pisos hayan subido demasiado, lo que sucede es que los sueldos siguen siendo muy pequeños", explica Llauder, quien, pese a no pagar alquiler y no gastar mucho en servicios -el agua y la luz le sale casi gratis-, junto a su compañera asume unos gastos en concepto de vivienda de unos 400 euros mensuales. Teniendo en cuenta que sus ingresos no son regulares, no es poco: "Es que un litro de gasoil cuesta más que un litro de leche", afirma.

Otros 400 euros mensuales -casi la mitad de su salario- es lo que la colombiana Diana Bonilla paga por un piso de unos 24 metros cuadrados en L´Hospitalet. Y no está descontenta, ya que, "por lo menos", le permite mantener la intimidad. "Es un buen precio", asegura, aunque le sorprende bastante que el esfuerzo económico que hay que hacer en este país para poder disfrutar de un espacio pequeño, pero exclusivo, tenga que ser tan grande.

El precio de la vivienda resulta excesivo también para quienes no pagan nada, salvo los servicios, por disponer ya de un piso. Es el caso de Arnau Papiol. O, de otra forma, el del okupa Carlos. O el de Laura Soler, estudiante de Medicina que comparte vivienda gracias al programa Viure y Conviure de Caixa de Catalunya con Montserrat Menéndez, ya jubilada. O el de Josep Ferrando, un diseñador industrial, delineante y profesor que vive con los padres.

Algunos aún no se han planteado en serio vivir solos, como sucede con Laura, porque su plan de vida es otro. No obstante, el tema le inquieta. En el caso de Carlos, el okupa, no optó por la vía convencional porque, cuando se lo planteó, vio que le sería muy difícil, por no decir imposible, asumir un alquiler. Algo que en este momento aún parece más difícil si se tiene en cuenta que se encuentra en el paro. "Las cosas no están fáciles ni para mí ni para nadie", afirma. Una preocupación a la que no son ajenos ni Josep ni Arnau, a pesar de que el primero se encuentra paniaguado en casa de sus padres y de que el segundo, al vivir en un piso en el Guinardó propiedad de su familia, tan sólo gasta unos 100 euros mensuales en pagar los servicios. "Toda la vida estudiando y casi a los 30 resulta que es relativamente normal verte viviendo con tus padres, con quienes, por buena relación que haya -explica Josep-, a veces son inevitables los roces". Arnau, por su parte, tiene muy claro que cuando llegue el día en que tenga que plantearse tener un piso en propiedad o en alquiler va a ser algo que le va a dar no pocos dolores de cabeza.

También los hay afortunados, que disponen de un piso amplio y confortable en una zona privilegiada de Barcelona. Es el caso de Manuel Ehrensperger, de 35 años, y su esposa, Rosa Gómez-Alba Valls-Taberner, de 29. Unos trabajos con un buen sueldo les permiten disponer de un flamante dúplex en el paseo de Gràcia de Barcelona, de propiedad, aunque antes habían vivido de alquiler. No obstante, el punto de vista sobre las dificultades de los jóvenes para acceder a una vivienda es similar al de sus compañeros de su generación.

Ni con un buen sueldo

"Pedir 800 o 900 euros por un piso de menos de 80 metros cuadrados y además en mal estado es sin duda excesivo", considera Manuel. Explica que tienes amigos que, a pesar de tener un buen empleo, por tener que pagar una renta tan elevada no lo tienen fácil para ahorrar. Una situación que a su esposa, Rosa, que igualmente tiene amigos que se enfrentan a dificultades similares, le parece difícil de sostener. Aunque ella no vive el problema en primera persona no duda en calificarlo como "preocupante".

A la hora de aportar soluciones, ya sea pidiendo medidas estructurales que afecten a la propiedad, salarios más acordes con los precios de los pisos, ayudas para los alquileres, que se combata de forma eficaz la especulación o creando instituciones que regulen los intereses de los dueños de las viviendas y los derechos de sus inquilinos y que ayuden a que los pisos de alquiler afloren al mercado, los jóvenes coinciden en que habría que hacer algo ya.

Inquietudes que Francesc Baltasar, conseller de Medi Ambient i Habitatge, considera "normales", sobre todo en el caso de la gente más joven, "aunque no sólo para ellos". Por eso dice esperar a que el conjunto de medidas que en los últimos años ha adoptado su gobierno sean "líneas de fondo" que, con el tiempo, logren revertir esta situación.

Protección oficial

Unas iniciativas entre las que destaca que en los últimos tres años se hayan construido unas 20.000 viviendas de protección oficial que, según el conseller, en un 80% han ido a parar a personas de menos de 35 años; o la cesión de 1.500 viviendas de alquiler para jóvenes, los denominados pisos tutelados.

La última de las leyes que afectan a la vivienda es la por ahora conocida como ley de Expropiación Temporal de Viviendas Desocupadas, que no ha estado exenta de polémica. El Govern remitió a finales del año pasado el proyecto al Parlament para su aprobación. Aunque, al parecer, la Generalitat aún puede tardar algunos años en expropiar el primer piso vacío -algo que el proyecto de ley contempla sólo en casos "extremos"-, la ley prevé que la Generalitat fomente el alquiler de viviendas y avale a propietarios para garantizar el cobro de alquileres. A esas iniciativas hay que añadir un conjunto de medidas que fomenten la rehabilitación y cesión voluntaria de los pisos vacíos a la Administración.

Sobre cómo el movimiento por una vivienda digna ha acogido el proyecto de ley da una idea del hecho de que, en la manifestación a favor de una vivienda digna que el pasado 23 de diciembre se celebró en Barcelona, en algunas de las pancartas que enarbolaban los jóvenes se dejaran leer lemas como "la ley no toca el mercado, la ley de vivienda es papel mojado".

Un encaje de la ley, el de algunos jóvenes de estos grupos, que Baltasar acepta, aunque a él le consta que la ley, para otros, es "plenamente satisfactoria: Medidas que, si son insuficientes, desde luego van a hacer que la situación mejore", concluye.

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