Diálogo, unidad y verdad, de Juan-José López Burniol en El Periódico
LA RUEDA
La exigencia de diálogo y unidad a los políticos constituye, en ocasiones, un auténtico clamor popular que parece brotar de lo más hondo y mejor de la naturaleza humana. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. En primer lugar, porque la apelación al diálogo no siempre es fruto de una auténtica voluntad de intercambio. En efecto, el diálogo --"comunicación existencial" entre personas, de la que puede formar también parte el silencio-- es susceptible de ser verdadero y falso. El diálogo es verdadero --implique o no comunicación por medio de palabras-- cuando se establece una relación viva e interactiva entre personas, que se manifiestan verazmente como tales personas distintas y libres. Por el contrario, el diálogo es falso --un doble monólogo-- si las personas aparentan comunicarse mutuamente, cuando lo único que hacen es, en verdad, alejarse unas de otras. Y, en segundo término, porque la llamada a la unidad de los dialogantes, presentada como meta forzosa del diálogo, implica una desnaturalización del propio diálogo, ya que este puede terminar --si se trata de un diálogo verdadero-- tanto en acuerdo como en disenso. La exigencia de unidad, sobre todo si emana con énfasis de quien apela al diálogo, constituye --las más de las veces-- un intento burdo de imponer la posición propia a la otra parte, bajo el chantaje de las grandes palabras.
De ahí que, mucho más importante que la constante apelación retórica al diálogo y a la unidad, sea la exigencia a todos los políticos de que expongan con claridad su programa y su proyecto concreto respecto al tema objeto de debate. Por ello, antes que la invocación al diálogo está la veraz y clara fijación de sus posiciones por parte de los futuros dialogantes, efectuada, no con espíritu de unidad, sino con voluntad de concordia, que es cosa muy distinta, pues la concordia implica siempre ánimo de transacción. En suma, antes que el diálogo y la unidad, está la verdad.
En unos versos célebres, Hölderlin asegura que allá donde crece el mayor peligro crece también lo que puede salvarnos. Siempre, claro es, que no pretendamos engañar ni engañarnos.
