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14 Enero 2007

¡Qué verde era mi valle!, de Víctor M. Vázquez en La Nueva España

Un valle de Gales y los últimos años del siglo XIX configuran el escenario de uno de los más renombrados filmes de aquel gran director americano que fue John Ford. La película dibuja el fin de una forma de vida rural y familiar para dar paso a los avances de una primera industrialización en torno a los yacimientos de carbón. Un bello melodrama rodado en 1941 y que acaparó cinco «Oscar» de Hollywood (entre otros, los de mejor película y mejor director) compitiendo con otras cintas muy famosas como la inolvidable «Ciudadano Kane», de Orson Wells.

La tragedia de las minas galesas, seguramente no muy distinta de la de las asturianas, aunque aquí con la mancha imborrable de la guerra civil y posterior represión, traía la primitiva modernización que configuró paisajes sociales impensables en aquellos momentos y abandono masivo de ámbitos rurales, con transformaciones traumáticas después de siglos de explotación similar.

Algo parecido está ocurriendo nuevamente en nuestra Asturias -y evidentemente en muchos más sitios-, pero ahora llega de la mano del llamado «urbanismo», al que se le suele añadir la palabra «sostenible» -por si cuela-, pero que generalmente lo único que sostiene es la ganancia de promotores, especuladores, terratenientes de nuevo cuño y un largo elenco de personajes entre los que no suelen faltar políticos ávidos de notoriedad, si no es que simplemente son testaferros, especuladores o vulgares chorizos, en el sentido menos gastronómico del término.

Este asunto comienza a ser de tal magnitud en España que casi no hay día en que los medios de comunicación no nos despierten con la noticia de tal o cual Ayuntamiento en el que por alguna ironía del voluble lápiz de los planes de ordenación, el parque de viviendas se triplica, duplica o simplemente se multiplica por algún número que asusta a los ciudadanos más o menos sensibles e informados, pero que llena las arcas públicas, las de las formaciones políticas o las particulares de munícipes rateros y otra gente de mal vivir, aunque vivan por encima del umbral de sus posibilidades.

Pero lo verdaderamente preocupante del caso no es que, de repente, todo el espectro político, se hayan lanzado a la piscina especulativo-desarrollista, si no que la justificación de las actuaciones venga avalada por una presunta legalidad que parece que todo lo bendice. Que un plan de urbanismo para un concejo de mil habitantes modifique repentinamente un suelo no urbanizable para construir cientos o miles de viviendas -a veces duplicando o triplicando las existentes- no remueve conciencias de mandatarios, ya que basta con conseguir que algún órgano supramunicipal (léase comisiones provinciales de urbanismo, en nuestro caso la CUOTA) haya legalizado la situación. Y aquí resulta que confluye todo el arco ideológico político, es decir que izquierdas, centros y derechas sí consiguen que en los diarios oficiales se publique algo, aunque atente contra los programas electorales e incluso contra el ideario básico del correspondiente partido, considerarán que todo está bien hecho.

Los asturianos, que fuimos viendo como iban urbanizándose las vegas de nuestros principales ríos, los suburbios de las grandes ciudades, los paisajes costeros -arenales incluidos- y algunas áreas de montaña o anegándose grandes valles, mientras en otros lugares se producía un masivo éxodo poblacional con abandono y ruina de pequeños núcleos y asentamientos temporales de montaña, podemos hacernos una idea del futuro de seguir el rumbo que parece estar tomando la región.

Por cierto, mientras escribo este texto, me entero a través de La Nueva España que nuestro proyecto estrella, que parece abocado al «estrellato» de algunos, o sea el archirrenombrado embalse de Caleao, causará un alto o muy alto impacto sobre las poblaciones cantábricas de oso pardo, y eso lo dijo la Universidad de Oviedo allá por el 2005, meses antes de realizar un concurso para hacer un estudio de impacto ambiental. Y digo yo, si un simple informe de nuestra máxima institución académica, aunque sea del último becario, sirve para justificar algunas actuaciones injustificables, ¿no valdría un grueso documento encargado y pagado para valorar dicho embalse? ¿O es que los autores, en este caso, se negaban a decir «adelante»?

La verdad es que cada día hay un nuevo embrollo, PORNA y POLA que se cambian a golpe de visita oficial, recalificaciones masivas a petición de propietarios o de empresas advenedizas que van con la chequera por delante (y seguramente también por detrás) y, en los últimos tiempos, neorrurales que intentan alterar los modelos de gestión de las administraciones para conseguir que el medio ambiente -un freno continuo a los intereses especulativos- devenga en los antiguos planteamientos «Iconianos» (caza, pesca, parques nacionales y olé). Todo un chiste de leperos. (¡Ah!, y volviendo a la prensa actual, valiente gesto el de la teniente de alcalde de esta localidad, María Dolores Jiménez, de posar desnuda para una revista local, que logró un consenso PP- PSOE).

Retornando a John Ford, nunca olvidaré aquellos cine-fórums que se celebraban las mañanas de los sábados, allá por el año 1970, en las instalaciones del Palladium de Oviedo. Al salir de la proyección y posterior debate, un amigo del colegio exclamó premonitoriamente, ¡Qué verde era mi valle! ¡ y me lo edificaron!

Víctor M. Vázquez es miembro de número permanente del Real Instituto de Estudios Asturianos.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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