Nunca hemos visto a un gobierno tan acorralado. Y, si me permiten el juicio, tan injustamente acorralado. Porque, ¿cuál ha sido su error en estos últimos quince días de pérdida del norte? Se puede responder: "Todo ha sido una inmensa, constante y persistente equivocación". Pero también se puede argumentar que se funcionó con la coherencia posible: suspendiendo los contactos con ETA, llamando a las fuerzas políticas al diálogo y teniendo la honestidad de convocar un pleno del Parlamento para explicar la situación y la nueva política antiterrorista, si existe. Pero da igual: el Gobierno está siendo arrollado por el tsunami. Rodríguez Zapatero, que sufre la decepción del fracaso de su proyecto emblemático, no ha sabido aplicar el sensor a las demandas de la sociedad. Donde él habla de suspensión, la gente quiere punto final. Donde habla de consenso, quiere pacto antiterrorista. Y donde él parece mantener abierta una esperanza de diálogo, la sociedad desea cerrojazo y dureza de la ley.

ETA no sólo rompió el proceso de paz, quizá para siempre. La consecuencia política del atentado es que abrió un proceso político al presidente del Gobierno. Lo cogió desarmado de ideas, proyectos y capacidad de reacción. Y, como si un mal fario lo acompañara, el propio presidente dispara contra sí mismo con esos increíbles lapsus del "accidente", la mala preparación de las manifestaciones, la absurda guerra por las palabras y una sensación de incapacidad para liderar la situación más difícil que atraviesa desde que está en el poder. Sólo Pérez Rubalcaba consiguió algo de oxígeno con sus indefinidos pactos parlamentarios que, por lo menos, consiguen desterrar la idea de la soledad. El ministro del Interior ha sido estos días el auténtico salvador del presidente.

Pero, exceptuada la figura y el papel de Rubalcaba, la consecuencia no puede ser más triste. Entre los juegos, algunos poco nobles, de la oposición y la astucia del mundo etarra, parece que la banda terrorista marca la agenda, condiciona el futuro y disfruta de una fortaleza que nunca había tenido. Ese caldo de cultivo hace que las tentaciones electoralistas surjan espontáneas. El PP ve un presidente noqueado y le niega todo: comprensión y apoyo. No asiste a las manifestaciones, escudado en la teoría de que respaldar al Gobierno es bendecir la negociación. Es decir, la "rendición", que se dijo en otros momentos.

Esto no había ocurrido nunca. Hasta ahora, una acción terrorista unía a los demócratas, de acuerdo con el principio de Pujol: "A un lado están los que ponen las bombas; al otro, todos los demás". En este caso, por torpeza de unos y ambición de otros, todo se ha convertido en un cerco al Gobierno y al presidente.

Lo malo de estas situaciones es que la intención se descubre pronto. La del PP quedó al descubierto ayer: cuando, después de desgañitarse con la palabra "libertad", pasó a pedir la desconvocatoria una vez que escriben esa palabra en el cartel. Cuidado, Rajoy: puede estar a punto de tocar el poder. Pero también a punto de quedarse como el intransigente que quiere acabar con ETA, por supuesto; pero llevándose por delante a Zapatero. El médico recomienda: un poquito de sutileza. Por favor…

CNI (1) ¿Conoció el Centro Nacional de Inteligencia los propósitos de ETA de terminar el proceso de paz con un bombazo? ¿Llegó a transmitir al Gobierno la impresión de que preparaba algo? Cada día más voces aseguran que sí. Y sorpréndanse: uno de los políticos a quienes se ha escuchado esa afirmación es nada menos que el ex ministro de Defensa, don José Bono. La noticia - rumor, si quieren- tiene relieve si se recuerda que el director del centro ha sido su hombre de confianza.

CNI (2) Otra maledicencia se cuela por las rendijas de los corrillos políticos: el apagón informativo que se aplicó a la dimisión del jefe operativo del mismo Centro Nacional de Inteligencia, Miguel Sánchez. Considerado el número tres del centro, abandonó su puesto dos semanas antes del atentado de Barajas. En el anterior gobierno del PP, el señor Sánchez estaba considerado como el mejor especialista en ETA. Despachaba directamente con José María Aznar.

Príncipe El viaje del Príncipe de Asturias a Ecuador no tendrá sólo la misión de representar a España en la toma de posesión del presidente de la república. Don Felipe, que no quiso hacerse una foto en la T4 para no contribuir al espectáculo de muchos políticos que se retrataron ante las ruinas, tendrá el gesto más humanitario: se acercará a las familias de los dos ecuatorianos que murieron en Barajas.