No corre, sino vuela el temor al cambio climatológico. Cada día más sol, más calor. Hasta un sufrido y uniformado sacerdote vallisoletano, al parecer de orden uniformada, no contento con el «refresco» del Pisuerga de Valladolid, ¡qué pocos amores concita! (al menos en Gijón, el río, no el reverendo), se lanzó, para refrescarse, a las bravas olas del San Lorenzo gijonés, este pueblo encantador, culto, alegre, limpio y sano, de las que en un momento se vio preso. Al fin, rescatado, da testimonio de los insufribles calores que padece esta villa, si ayer de fríos inviernos, hoy, todo primavera.
Y se recuerda 1895, más que por otra cosa, por quitarnos el miedo del efecto «brasero» que amenaza convertir el sur del mundo en un enorme «pote» donde purgar nuestros pecados.
En 1895, efectivamente, Gijón, lugar que creo no hay mejor, sufrió, por excepción, verano caliente. Muy caliente. Señora hubo de Madrid que se lanzó a la mar con miriñaques, zapatitos, sedas y muselinas. Y labriega de León que olvidó envolver sus hercúleas formas en la casta sábana de baño.
Temperaturas insufribles en pleno agosto. Asfixiantes las de los días 10 y 11 (toros en el Bibio), como había predicho el astrólogo Noherlessom, cuyos pronósticos eran más certeros que los de la televisión actual, aunque no tanto como los que ofrece, gratis et amore, el señor Esteban, del Kiosco Yolanda, en la calle del Marqués de San Esteban... Y septiembre superó los calores de agosto. Hasta el 9 de octubre no hubo un relativo alivio, que la prensa de entonces recogió en negrillas,
«Después de larga temporada de insoportables calores, han venido los chubascos y los vientos frescos del cuarto cuadrante a aliviar las temperaturas...»; pero muy pronto volvió a reponerse el televisivo anticiclón y las temperaturas se alzaron de nuevo. Al pie de San Pedro, no eran pocos los vecinos jóvenes del barrio alto que se lanzaban cada tarde a las turbulentas aguas del océano Lorenzo, buscando solaz, andaricas... y un bien merecido refresco.
A consecuencia del bochorno y la pertinaz sequía, el ganado vacuno sufrió fuerte depreciación, perdiendo el labrador, por lo menos, 125 pesetas por cabeza. Muchas casas lloraron el sol, mientras que en las casas de comidas, en los Campos Elíseos, en La Pondala de Somió y en el Retiro de la Guía seguían sirviendo comidas al ritmo de los mejores días del pasado agosto. El día 24 de noviembre «empezó a sentirse frío y con tal motivo las prendas de abrigo han salido a orearse. Después de haber pasado la mayor parte del otoño como en pleno verano, algunos dudaban de la estación en que vivimos. Pero, según adagio de nuestros campesinos, «al invierno no lo come el llobu", y por lo que se ve, se toca o se palpa, empieza ya a enseñar las narices».
En la primera quincena de diciembre se generalizaron las lluvias, con vientos entre SO y NO. Y como era frecuente antes de ahora, una importante depresión se acercaba por el Atlántico, y el jueves 12 un furioso temporal de viento levantó gran oleaje. En la plaza del pescado y en todo Cimavilla cundió el pánico, pues se veía peligrar la pesca de las Navidades, pero Dios fue propicio y escuchó las plegarias de su pueblo, y los apóstoles, pescadores, se apiadaron de sus colegas de tierra. Y después del temporal, que detuvo barcos en diversos puertos, llegó la calma. Y con la calma, los preciados besugos en gran cantidad, ¡qué diferencia de tiempos! Tanta cantidad que, no obstante, haber exportado a Madrid y a otras poblaciones del interior grandes remesas del tradicional manjar de Nochebuena, nuestra plaza estaba más que surtida.
Y abundantes eran también las ostras de Arcachon, que las «familias» compraban en el puesto de «las Ritas», que tenían las ostras más limpias y de más confianza. El invierno llegó, al fin, como siempre había llegado, no como ahora, que ni llega el invierno por falta de fríos y nieves ni despega el avión de «Air, ¡ay!, Asturias» por falta de pasaje, que todo se comió, viajó, compró y bebió durante las recién pasadas fiestas y lo poco que queda lo llevarán las rebajas... En la Sidrería Ataulfo, por ejemplo, botella de excelente sidra y ración de percebes, 3 euros. En Zara, para chicos y chicas, señoras y señores, cuatro camisas y doce pantalones, al precio único de 17 euros. Así ¿para qué viajar a Lisboa?...
1895, al contrario que este 2007, había comenzado con copiosas nevadas. El concejo de Lena, bajo la nieve. Terrible catástrofe en Tuiza en la noche del 7 de enero, casi cuando acaba de darse tierra al cuerpo de nuestro gran Teodoro Cuesta, el poeta y gaitero enamorado de Gijón.
Vecinos muertos, niños desaparecidos. Casas y cuadras hundidas; ganado enterrado; perdidas las cosechas, los hórreos, los molinos... Un manto blanco cubriendo el dolor negro... Y en Gijón, el 18, se enterraba a don Antonio Suárez Pola, patrón de mar y de industria..., mientras el temporal «seguía muy malo».
Hoy los temores son otros. Las nieves que no caen, también los muertos son otros. El temor al gran cambio que se acerca a pasos de gigante. Y la mar que subirá y subirá hasta que los barcos de Poniente zarpen hacia el horizonte infinito, y los peces de la gran pecera vuelvan a sus añoradas olas. Quedaremos sin osos, sin agua potable y sin angulas en los ríos... ¡Qué prisa nos hemos dado en terminar con todo! Los calores de 1895 no pueden ser ni consuelo ni referencia, que en esta tierra de «referencia-referencia» sólo tenemos el Hospital Central Universitario que se construye; la cuevona de Teverga que se acaba y los premios «Príncipe de Asturias» que se reparten cada año y la nueva «dimensión» de la Universidad Laboral, «donde del rey abajo, cogeremos todos»... Así somos ante el futuro que nos aguarda...

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