PEQUEÑOS DETALLES

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Cuando la política es trinchera de los partidos, las palabras se convierten en misiles. Cuando el periodismo le hace seguidismo irreflexivo, el verbo es carne de cañón. Y habita entre nosotros como un cuerpo extraño, primero, para pasar a ser vecino molesto, después. Hasta que se le ignora.

La trascendencia de la perturbadora ruptura del alto el fuego etarra es total. Nadie lo duda, ni las crónicas lo minimizan. Pero el juego polí-
tico interesado y electoralista que se le está dando ya cansa al ciudadano por la voluntaria incapacidad de sumar esfuerzos para una paz real, efectiva y duradera. Y provoca incertidumbres sobre las auténticas intenciones del contrario, según la orientación ideológica del observador afín. El resto, el pueblo dolido en su sentimiento cívico más íntimo, deambula fastidiado, aburrido y harto de tanta impotencia. Y, como el poeta, quisiera chillar por la gente ida y sin posibilidad de retorno. Ni siquiera pueden renacer los mundos secretos de esas personas, como sentenció Evtuchenko.

En esto anda España hoy. En la impotencia de conseguir la imprescindible unidad ante el terrorismo. La unidad siempre reclamada por todos y siempre frustrada por los mismos. La unidad que gusta preceder al genitivo "de los demócratas" cuando la esencia del sistema se pone en permanente evidencia. Palabras otra vez. Y con esto como pancarta saldrán hoy en manifestación o se quedarán en casa. Porque la división de pareceres también se ha justificado con las palabras aplicadas o los vocablos evitados. Asimismo, los ataques recíprocos se están basando en expresiones resbaladizas. Del "accidente" del presidente, calificación dada en el Senado al atentado, al "papelito" de la vicepresidenta para definir el pacto antiterrorista. De la "libertad" que reclamó el PP por no expresarla hasta ayer el lema de una convocatoria, a la "violencia" que esquiva condenar Batasuna, incapaz de desmarcarse de ETA a pesar de la evidencia. Del "engaño" que la banda profirió al Gobierno, según Pérez Rubalcaba, al "sarcasmo" del comunicado de quienes se obstinan en creer que la explosión y las dos muertes no han alterado nada. Palabras, palabras, palabras. Pero ¿y las intenciones? ¿Y los hechos? ¿Y sus consecuencias?

Rumores

Andan estos días llenos de especulaciones para todos los gustos. Las mejores, cómo no, las que se cuentan en privado pero que se atribuyen a quienes están en el ajo. Que si hay ministros dolidos con Rodríguez Zapatero porque su frustrado proceso de paz ha tapado iniciativas del Ejecutivo, que si había líneas paralelas a las del Ministerio del Interior o que si su titular se planteó dimitir por no disponer de toda la información porque la Moncloa se la ocultaba. Por no hablar de los cálculos en clave electoral, de las imparables encuestas de intención de voto o de las repercusiones en Catalunya del posible regreso del PP al poder que el mismo CIS ya apuntaría. De nuevo, palabras. Porque de ser ciertos los rumores, o de elevarlos a noticia, la opinión pública tendría la certeza de lo que teme. Que no solo está desconchada la pintura sino que es la pared la agrietada. Y ésta es de nuevo la puntual victoria del terrorismo. Alterar la vida democrática hasta enfrentar agriamente a quienes debe-
rían velar por la placidez del sano contraste de pareceres sin que las diferencias llevaran a la pugna desleal. ¿Solo palabras o vanos deseos?