Iraq es el Vietnam de Bush. Lo afirma Edward Kennedy. Pero el presidente se hace el sordo. Ni caso a James Baker, ni a los generales más sensatos; menos aún al bostoniano. Se encomienda al altísimo y espera un milagro. Tal vez intuya otro posible y bárbaro ataque del endemoniado Bin Laden que sacuda a la opinión y justifique una renovada llamada y movilización populista.
Bush y su equipo son ejemplo de cómo defender, envueltos en sagrados símbolos, intereses sectoriales y propios. Ayuda la radicalidad de los terroristas. Estos prefieren de enemigo al fanatismo derechista, mejor que a los políticos moderados capaces de recuperar, ante el mundo, las simpatías y popularidad extraviadas. Ya se sabe: los extremos se tocan. Se justifican mutuamente.
El terrorismo etarra piensa y procede de modo semejante. Con mayor motivo, en año electoral. Si el Gobierno no cede a sus pretensiones de entrar en el juego de las urnas, tal como aconteció, decide descabezarlo. El momento del bombazo fue bien calculado. La oposición ya se había lanzado a la reconquista del poder y a sus estrategas no les conviene prestarse a la formación de bloques unitarios.
Por tanto, los efectos del terremoto no han producido el automático reflejo de otras veces; la reacción de todos los demócratas, galvanizados ante el peligro, unidos en un compacto frente común. Al revés, los temblores han originado o acelerado fisuras en todas las fuerzas políticas, no sólo en las del Gobierno.
La pluralidad del sistema se ha resentido. El jefe del Ejecutivo dio la sensación de un púgil tocado, en medio del abucheo de sus detractores.
De ahí el temor de que el adversario pruebe abatirlo de un segundo golpe. Los terroristas cuentan con que siga la bronca de ese otro extremo, que descalifique al presidente. Entre medio del griterío se oyen insultos, se ven gestos y pueden leerse textos impropios de un Estado de derecho. Algunos fanáticos incluso apelan a iniciativas de otro tiempo, en vísperas de la fiesta militar.
Por suerte, por encima del guirigay, no faltan valientes respuestas que parten de la propia cadena de mando. El árbitro supremo llama a la unidad. El Rey sigue en su sitio, sereno, como siempre, con la autoridad moral del que tiene de sobras demostrado un temple y coraje ejemplares.
Superada la sorpresa de los primeros instantes, reaccionan los máximos responsables del ejecutivo. Saben lo que se juegan y que viven horas que reclaman afrontar con valentía lo que se tercie. Rodríguez Zapatero no es de los que se achantan. Coraje no le ha faltado desde su primer día en la Moncloa. Cumplió su promesa de retorno de las tropas de Iraq, a sabiendas de que la Casa Blanca no se lo perdonaría, aunque el tiempo le diera la razón.
Ante el terrorismo etarra, el último perturbador de la libertad del continente, se impone la paz de los bravos, los que exigen "el fin de la violencia de ETA". El lema en el que, al cabo de tantos titubeos, concuerdan igual Imaz que Ibarretxe.

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