DESDE EL 11-M del 2004, el llamado pacto antiterrorista sólo sirvió para discutir en círculo cerrado si estaba vigente o estaba roto, y quién de los dos lo había enterrado. La conclusión de tan sesudos debates es que unos piensan que está vivo y otros dicen que está muerto, que unos le echan la culpa al PSOE y los otros al PP y que lo que para unos sigue siendo un pacto de Estado, no pasa, para los otros, de ser un «papelito».

Desde hace mucho tiempo, y con la sola excepción de las concentraciones que siguieron al asesinato de Miguel Ángel Blanco y a los atentados de Atocha, las manifestaciones convocadas contra el terror sólo sirvieron para poner de manifiesto el craso partidismo que gangrena las políticas antiterroristas, la creciente politización de las asociaciones de víctimas, el constante disparate de los recuentos que tratan de minimizar la importancia del «otro» y la absoluta incapacidad del Estado para modificar las inercias de una lucha que lleva varios años estancada en su propia ineficiencia.

Hoy mismo, lejos de sosegar el problema, y de plantear una seria evaluación de lo que estamos haciendo y de los recursos reales que aportan las políticas de unidad, seguimos enzarzados en un vergonzoso debate sobre las pancartas, las convocatorias, los lapsos del presidente y las profecías autocumplidas de la oposición, en medio de una sensación de parálisis y desconcierto que presagia pésimos tiempos para la política y la lírica.

La terrible verdad es que todas estas manifestaciones y unanimidades -la unanimidad de los demócratas es una contraditio in terminis y una utopía- sólo sirvieron y fueran creadas para eximir al poder democrático de un flagrante fracaso en la cuestión vasca, para huir de las evaluaciones y de las exigencias de responsabilidades políticas y para transferir al conjunto de la sociedad la responsabilidad de unas políticas escleróticas y carentes de imaginación de las que sólo los partidos y los gobernantes son de verdad responsables. Por eso no entiendo que sigamos participando de un modelo esencialmente adulterado de manifestación en el que, en vez de ser el pueblo el que le grita al poder sus protestas, es la clase política la que le transmite al pueblo una serie de tópicos y lugares comunes que, si bien se miran, devienen en puro adoctrinamiento y en un intento de control de la opinión pública.

Todo lo que digo es muy duro, en abierta confrontación con el pensamiento correcto, pero en nada comparable al rechazo radical que merece el deleznable espectáculo de una pelea hecha a base de manifestaciones-trampa, mientras la política antiterrorista adolece y fracasa en un marasmo de vulgaridad e ineficiencia.