Llevo una racha de noches sin pegar ojo y he decidido poner en valor el trastorno. No hay bien que por mal no venga (nunca entendí que se privilegiara el refrán contrario), y hay que hacer de la necesidad virtud. Así que, ya digo, estoy poniendo en valor (como les encanta decir a los políticos) este trastorno del sueño, y estoy empezando a rentabilizar las guardias y las imaginarias que me chupo, no como en la mili que no había rentabilización posible.
La última puesta en valor de la vigilia que me aflige es el colmo de la optimización de esta crisis onírica. Hace dos días, a las cuatro y veinte de la mañana, tuve una idea genial. Como los jinetes del apocalipsis patrio, a base de dar el coñazo todo el santo día, medio me han convencido de que España se disuelve como un azucarillo en aguardiente, de que el separatismo va de la mano de los rojos, de que la Iglesia católica sufre persecución -aumentando cada día el número de mártires-, de que las libertades ya casi no existen (tal como asegura el gran vate epigramático Fernando Lorenzo), de que España es Yugoespaña, de que ya no hay estado español, de que la justicia está amordazada, de que la judicatura ha sido secuestrada por el ejecutivo, de que el laicismo está acabando con las fuentes cristianas de la sociedad, de que el hedonismo y el materialismo son los nuevos dioses del olimpo patrio, de que la corrupción se ha enseñoreado del país, de que Andalucía es ya, prácticamente, una provincia alauita, de que el islamismo pretende que le devolvamos los territorios robados en la reconquista (naturalmente, con el visto bueno de Zapatero: en eso consiste la alianza de las civilizaciones), de que los aeropuertos no funcionan por culpa del gobierno, de que hay fuertes bolsas de sociedad civil sin derechos: los fumadores, los bebedores, los gordos contumaces, los que no se quieren poner el cinturón de seguridad en los viajes, los que comen hamburguesas, los aficionados a los toros, etc, etc, etc.
Como estoy convencido de todo esto, he pensado que se podrían aplicar dos soluciones al problema. Las dos son de carácter conciliador, y descansan sobre el noble objetivo de no darnos la paliza unos a otros, derechas e izquierdas, conservadores y progresistas, radicales y moderados (que cada cual identifique a unos y a otros), socialistas, comunistas, nacionalistas, liberales (de verdad), socialdemócratas y demás izquierdistas sin partido por una parte, y católicos, neoconservadores, neoliberales, centroderechistas y derecha posmoderna por otra.
La primera solución es menos traumática que la segunda, pero tal vez más difícil de llevar a término, por pequeñas diferencias de criterio que, cuando la exponga, a nadie se le ocultan. Consiste la cuestión en mezclar en las mismas listas electorales a militantes del partido socialista y del partido popular, obligándoles, bajo pena de inhabilitación perpetua, a entenderse. Lógicamente, las listas ya no se confeccionarían bajo las siglas de los dos partidos, sino con nombres nuevos, que darían fe del extraordinario cambio político del país y de las nuevas coordenadas electorales vigentes. Pongo un ejemplo para las municipales en Oviedo. La lista que podríamos llamar La casa de la utopía reuniría nombres como los de Gabino de Lorenzo, Iglesias Caunedo, Reinares, Pilar Alonso, Paloma Sainz, Suárez Arias-Cachero, Gonzalo Olmos y Carmen Caballero. El resto de los partidos conservarían sus siglas, porque o no existen o no plantean ningún problema de interlocución. Quién vería a Paloma Sainz hablar del cerco de Oviedo con indignación y rabia? Quién vería a Gabino alabar las políticas sociales de Zapatero y censurar a la AVT por su descarado partidismo? Fascinante.
La segunda solución sería tal vez más traumática, pero zanjaría de una vez por todas el problema de las dos Españas. Mi propuesta es que el territorio patrio se divida en dos, y siguiendo el modelo urbano de la antigua ciudad de Budapest (que como todo el mundo sabe es la fusión territorial de dos núcleos preexistentes, Buda y Pest) se pasara a llamar Espa y Paña. Espa -por lo de Espe- para las derechas, y Paña -por lo de Azaña- para las izquierdas. Y aquí paz y después el paraíso.
Naturalmente, el empadronamiento de los habitantes de Espa y Paña sería voluntario. Cada ciudadano viviría con sus naturales ideológicos, leería sus periódicos (no sé de que iba a hablar El Mundo en el nuevo estado confederado de Espa, pero eso ya se lo inventaría -nunca mejor dicho- Jota pedro); tendría sus grupos de opinión propios -la COPE, Gustavo Bueno, Jiménez Losantos, Pio Moa, y los demás cracks, etc, etc. Los ciudadanos de Paña leerían también sus periódicos y escucharían a sus líderes de opinión (en todas las ciudades habría una escultura de Jesús Polanco a caballo).
El único problema reside en dónde trazamos la frontera. Sugiero que en los territorios dominados por el PP sean los peperos los dueños, y quien no esté a gusto que vaya a otra autonomía. Y en las autonomías de mayoría socialista lo mismo, a los que no les guste se les facilita el viaje y la vivienda. Y todos en paz. no es una idea genial? Yo ya he empezado a mentalizarme, porque igual me acaba tocando vivir en las Alpujarras, con los islamistas, los rojos y los separatistas catalanes y vascos. Unicamente lo siento por dejar de ver San Antolín.
Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura en la Universidad de Oviedo.

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