Rusia no es un suministrador suficientemente fiable de gas y petróleo. La inestabilidad de Oriente Medio, junto a las oscilaciones del precio del crudo, tampoco son datos alentadores para la Unión, que importa la mitad de la energía consumida. Es mucho, demasiado, y más en una época de crecientes incertidumbres geoestratégicas. Es por tanto ineludible una nueva planificación, bastante más seria, de las fuentes energéticas de Europa.

Así lo han entendido buena parte de los gobiernos -no el español, que cree resuelto el problema por su parte- y la propia Comisión en su importante reunión del pasado miércoles, cuyas recomendaciones hay que tener en cuenta. En síntesis, se propone diversificar las fuentes, interconectar mejor los países miembros y reintroducir la energía nuclear. Al mismo tiempo, se aconsejan medidas tendentes a disminuir el consumo, así como la emisión de gases contaminantes, en especial el CO2 , en un veinte por ciento. Como programa o declaración de intenciones, no está nada mal. Pero, al estar casi todo en manos de cada país miembro, es de temer que su aplicación quede bastante lejos de las expectativas.

Sin embargo, las razones para señalar los nuevos objetivos tienen un enorme peso. Un nuevo realismo, de equilibrada ponderación de los riesgos, se abre paso. A marchas forzadas en algunos países como Finlandia. Incidiendo en todos con mayor o menor pero creciente fortuna contra la superstición pseudoecologista que, al condenar la energía nuclear en su tribunal inquisitorial, no hace más que favorecer a los hidrocarburos, cuyas emisiones son el principal sospechoso del cambio climático. En este sentido, y a modo de anécdota significativa, una información de TV3 sobre el calentamiento y el corte de suministro a Polonia y Alemania por el arancel de Bielorrusia se ilustraba con la imagen de una intensa humareda proyectada a la atmósfera por una central nuclear. Pues bien, dicha humareda contiene vapor de agua. ¡Vapor de agua! ¿Aún debemos recordar que las nucleares presentan el problema de los residuos, y el de la seguridad, pero que no contaminan el aire?

Diversificar es un bonito verbo, pero puede quedarse en retórica. ¿En qué puede consistir una eficaz diversificación? En dos vías complementarias, las fuentes y los orígenes, el tipo de energía y su procedencia. En el mundo hay mucho gas, pero Europa no puede conectar mediante conductos directos más que con el Este, donde comanda el chantajista Putin, y con la ribera sur del Mediterráneo, algo más fiable pero con incertidumbres en el horizonte. No sé qué tal andamos en la construcción de grandes barcos para el transporte de gas licuado, pero, puestos a diversificar y teniendo en cuenta el reparto de los yacimientos por medio mundo, no estaría nada mal, como paliativo a posibles fallos de suministro, así como medida de presión a los que tienen el grifo y lo usan a capricho, ir por él, y en crecientes cantidades, en África o Sudamérica.

Sabemos asimismo que la energía eólica da algo o bastante de sí. No hay que exagerar, pero puede llegar a ser significativa. La solar, en cambio, es un complemento, pero ni está desarrollada su tecnología ni es inocente, en la fabricación de las placas y en el residuo de las obsoletas. Queda el carbón. De los tres combustibles fósiles, el gas es el menos contaminante, si bien emite cantidades nada despreciables de CO . El carbón es el peor, y ha sido 2 casi desechado. Pero han aparecido nuevas tecnologías, que grosso modo consisten en filtrar los gases, capturar las partículas y volverlas a enterrar. De manera que el carbón, del que apenas se habla y Europa posee, es sobre el tapete una buena carta a la hora de diversificar.

Sumando los generadores eólicos, el gas transoceánico, el carbón, la biomasa y todo lo que quieran añadir, diversificar es sinónimo de nuclearizar. La energía europea por antonomasia no puede ser otra que la nuclear. No puede ser otra, por la época, por geoestrategia, por desgracia, por eliminación, por comparación. Las dos grandes fuentes de energía - y sólo hay dos, no tres- presentan graves problemas, contraindicaciones de un peso que no podemos orillar. Por un lado, los hidrocarburos, con el rey petróleo a la cabeza, que tantas guerras y sufrimiento ha generado y sigue alimentando. Por el otro, las centrales nucleares, con su peligro de accidentalidad - real, por mucho que se haya exagerado- y su mayor contraindicación, los residuos radiactivos, cuyas técnicas de vitrificación y almacenamiento bajo tierra han mejorado mucho, pero que siguen siendo una amenaza para el futuro. Pero el cambio climático y el CO2 son el presente.

Qué felices seríamos si el debate consistiera en escoger entre petróleo y nucleares. No estamos en ésas, sino en las de la complementariedad. No es posible renunciar a ninguna de las dos fuentes sin incrementar los riesgos y la dependencia exterior europea. Ésa es la clave. El resto, paliativos. Bienvenidos, pero muy insuficientes.