EL RUNRÚN

No es cierto que quieran convertirnos en ciudadanos concienciados, ni en estudiantes curiosos, ni en profesionales atentos: quieren convertirnos en clientes y sólo en eso: únicamente clientes, exclusivamente clientes. No es que no queramos ser clientes: en cuanto podemos, lo somos, y hasta disfrutamos con ello. Pero también queremos hacer otras cosas con nuestro tiempo y con nuestro cerebro, aparte de reflexionar acerca de la elección de nuestra futura pantalla plana. Otras cosas como emocionarnos con nuevas ideas o escuchar una conversación interesante. Eso hacían muchos espectadores durante el rato que duraba Saló de lectura. Por una vez, una televisión dedicaba dinero (municipal) a financiar un espacio elegante e inteligente, que se ganó en poco tiempo un más que merecido prestigio, amén de múltiples galardones y de un gran número de espectadores incondicionales.

Cuando su creador, Emilio Manzano, lo abandonó por razones de su nuevo cargo en el IRL, dejó en su equipo la huella de su sensibilidad literaria, y Marina Espasa continuó presentando el programa de un modo personal y nada robótico, como ha de ser por definición todo aquello que habla de literatura. Precisamente fue ella quien, en el programa de despedida, generó polémica con unas declaraciones en las que protestaba por el empeño de la política municipal en convertir Barcelona en una ciudad escaparate, en una gran ciudad tienda. La cosa no acabó ahí, porque la redifusión del programa no fue emitida en el horario previsto, por lo que las sospechas de censura se dispararon. Manzano firmó una carta que circula por la red, explicando a la perfección lo que pensaba del asunto, y vía internet se formó, y aún sigue, un gran alboroto de espectadores indignados, de lectores decepcionados con BTV y de otros que se apuntaron a la polémica sólo para politizarla a favor de unos o de otros.

Pero más allá de este final polémico, queda la orfandad de las personas ávidas de ideas y sedientas de buenas conversaciones que disfrutaban de un programa en el que los entrevistadores no se veían obligados a mirar el reloj en lugar de escuchar y atender (como se supone que debe hacer un buen anfitrión) al invitado. Esta orfandad es todo un símbolo de los tiempos que corren. Claro que es la orfandad de una minoría. Pero todos sabemos que la resistencia de lo que se da en llamar el telespectador medio a la cultura es grande: así lo prueba, para qué nos vamos a engañar, una huelga de la televisión francesa, durante la cual los registros de audiencia fueron superiores a los de todos los programas de tipo cultural que por entonces se emitían. En una palabra: los registros mostraron que el telespectador medio prefiere, antes que ver un programa cultural, ver la carta de ajuste. Pero semejantes gustos y otros mucho peores no justifican el mal uso del dinero público, que debería destinarse a combatir, mediante una oferta de calidad, nuestra pereza intelectual y nuestra tendencia morbosa a ver todo lo que excita nuestros sórdidos instintos. En lugar de eso, ya ven, el dinero público se apunta cada vez más, aquí, allá, e incluso en el más allá (véase mi artículo o cualquier otro sobre la criocongelación de cadáveres), a convertirnos inexorablemente en unos clientazos de tomo y lomo, desde la coronilla hasta el dedo gordo del pie.