Uno de los efectos colaterales del comunicado de ETA ha sido el de descongestionador nasal. Tras inhalarlo, ETA ha dejado claras unas cuantas cosas sobre sí misma, pero también ha despejado muchas dudas sobre las auténticas intenciones de quienes se llenan la boca con la palabra unidad, para no mover luego ni un dedo con el fin de conseguirla.

Reivindicar un atentado doblemente mortal, amenazar al Gobierno con volver a las andadas en cualquier momento, y reivindicar al mismo tiempo que el alto el fuego sigue en vigor no es introducir confusión: es aportar nitidez. Si a Enric Juliana ETA le parece el octavo pasajero de Alien, a mí me recuerda a los marcianos de Mars attacks,que decían: "¡Venimos en son de paz!", al tiempo que se liaban a tiros con todo lo que se movía. Constatado que la lógica etarra es inexistente, Zapatero puede unir su nombre al de Aznar y al de González en la lista de presidentes que legítimamente intentaron poner fin al desvarío, dando muestras fehacientes de que el Estado tiene instrumentos de sobra para allanar el camino a quienes dejen las armas cuando la parte contraria demuestre a su vez coherencia y voluntad.

El lehendakari ha protagonizado un striptease al convocar por su cuenta y riesgo una manifestación ( "Por la paz, por el diálogo") tan deliberadamente ambigua que ha conseguido que Batasuna se sume a ella, de manera que, si nadie lo impide, acabará por echar a todos los demás manifestantes. De paso, ha logrado electrocutar al presidente de su partido, Josu Jon Imaz, que lleva días haciendo encaje de bolillos en mitad de la tempestad tratando de salvar las relaciones con el PSE. Para Ibarretxe, poner a su partido al borde de la esquizofrenia debe ser un precio menor a cambio de recuperar unas migajas de protagonismo.

En Madrid estaríamos hablando de sainete si lo que está ocurriendo no fuera tan, tan triste. Mariano Rajoy tiene todo un catálogo de justificaciones para no acudir a la manifestación del sábado en Madrid convocada por las secciones locales de UGT y CC. OO., además de las asociaciones de ecuatorianos, que a su vez están siendo convenientemente divididas en función de los intereses de cada partido. Los convocantes se lo han puesto fácil al PP al enrocarse en no asumir una de sus peticiones más asumibles: que la palabra libertad apareciera en el lema. Pero la razón es sólo una: el PP no quiere aparecer al lado del Gobierno, y mucho menos ahora que Zapatero se tambalea. La AVT de Alcaraz tampoco, porque sólo participa en manifestaciones que de paso sirvan para darle caña al Ejecutivo.

¿Y el Gobierno? También se retrata. Si hubiera querido una manifestación unitaria contra el terrorismo, Zapatero tuvo su oportunidad de oro el lunes en la Moncloa, sentado cara a cara con Rajoy: era el momento y el lugar para plantearla y pactarla. Pero el presidente no puede ocultar su desafección por el PP. Tampoco lo disimuló la vicepresidenta De la Vega y su lapsus linguae, al calificar el pacto antiterrorista de "papelito". ¿Papelito? Un papelón es el que están haciendo entre todos, con el agravante de que quieren implicar a los ciudadanos para que salgan a la calle, y se partan la cara en su nombre. Jesús, qué tropa.

¿Otro lapsus?

Es la segunda vez que Zapatero califica de accidente el atentado de ETA. Lo hizo ayer, a puerta cerrada, en la conferencia de presidentes autonómicos, y el ¿lapsus? fue convenientemente difundido por el PP. El grado de tensión entre los dos partidos está alcanzando cotas insostenibles, como pudo comprobarse en la conferencia. Un aperitivo indigesto de la comparecencia de Zapatero el lunes en el Congreso.

John Le Carré

El escritor alertaba en una entrevista con Martí Gómez sobre el peligro de la frustración ciudadana al percibir su poca capacidad de influir en la vida política, y el alejamiento consiguiente de las instituciones. Lo comentaba a propósito de las manifestaciones contra la guerra de Iraq, en las que participó. "Lloré de alegría cuando Blair ganó: ahora lloro al ver que sigue en el poder", confesó Le Carré. Zapatero debería tomar nota.

El Jemad

No hubo manera de que el jefe del Estado Mayor del ejército, el general Félix Sanz, dijera ni una palabra sobre la lucha antiterrorista tras el atentado. En un encuentro con periodistas, sólo reiteró que espera ver su final algún día, pero que son los políticos quienes deben articular cómo. El Jemad ya ha pasado por el trance amargo de ver sus palabras malinterpretadas - sobre el Estatut y la unidad de España- y no le volverán a pillar en un... ¿lapsus?