El presidente Bush habló ante millones de norteamericanos que no querían oír lo que les decía. El discurso del presidente anunciaba el envío de más de 20.000 nuevos soldados a Iraq, admitía que la estrategia de la guerra no funcionaba y que la situación era inaceptable.
Aceptó que la responsabilidad es suya y que las nuevas decisiones militares y de seguridad van a mejorar la situación, a pesar de más violencia, más muertes y más inestabilidad. Bush es consciente que irse de Iraq sería un desastre para el erosionado prestigio de su presidencia y para el país que se pretendía democratizar.
La "marcha hacia adelante" de Bush es atrevida, tozuda y muy arriesgada. El esperado discurso estratégico sobre Iraq no ha tenido en cuenta las recomendaciones del informe Baker-Hamilton, a la opinión pública que se manifestó en las urnas el 7 de noviembre, a los generales y al Congreso.
El discurso de Bush tuvo un tono humilde, muy alejado del triunfalismo de aquella célebre comparecencia a bordo del portaaviones Lincoln anunciando que los combates principales habían terminado en Iraq. Pienso que fue una humildad muy medida y calculada para recuperar el apoyo de los americanos para combatir el terrorismo que les sacudió brutalmente hace más de cinco años.
Los discursos en política son decisivos siempre y cuando encuentren complicidad en la audiencia. Churchill pronunció tres importantes discursos desde la debilidad pero con valentía. Los británicos compartieron el contenido de sus promesas de "sangre, sudor y lágrimas".
El envío de más de 20.000 nuevos soldados no resolverá los problemas que más de 130.000 han intentado resolver en los últimos tres años. Se trata de librar una nueva batalla de Bagdad con las tropas iraquíes y con el apoyo de más fuerzas norteamericanas.
Hay que recurrir a la historia, una vez más, y trazar algunos paralelismos que no tienen que cumplirse necesariamente pero que hay que tener en cuenta.
En los años sesenta y setenta el presidente Johnson admitía que la guerra de Vietnam no se estaba ganando. Lo mismo ha dicho Bush.
El Pentágono y la Casa Blanca trasladaban la responsabilidad del fracaso de la guerra al gobierno de Saigón cuando las tropas americanas en Vietnam llegaban al medio millón. Bush viene a decir lo mismo.
Johnson enviaba más tropas como respuesta a la marcha negativa de la guerra. Es lo que ha propuesto Bush.
La opinión pública y los generales pensaban entonces y piensan ahora que lo más razonable no es enviar más tropas sino buscar una ordenada salida del conflicto, muy difícil de ganar. Es lo que propone el informe Baker-Hamilton. Bush no ha hecho caso.
En la nueva estrategia no se contemplan iniciativas diplomáticas. Más bien al contrario. Se persigue a Al Qaeda a ciegas, recordemos que Bin Laden no ha sido capturado, se bombardea Somalia y se ataca delegaciones diplomáticas iraníes en la zona.
Se lanzó una guerra con la fuerza, al margen del derecho internacional, se inventó una causa que no existió, se han vulnerado derechos básicos en Guantánamo y en Abu Graib y la estabilidad y seguridad en la región de Oriente Medio no ha mejorado ni tampoco se ha democratizado ningún país.
Bush puede ganar esta guerra. Pero ha perdido la credibilidad y la superioridad moral de un país que venció a las tiranías del siglo XX pero no ha sabido gestionar su indiscutible hegemonía al poner fin a la guerra fría.

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