DEBATE: Los achaques de la democracia
Hay dirigentes políticos (en el gobierno o no) que padecen tics sintomáticos. Son tics que delatan la existencia de un supuesto falso en su cabeza. Creen que al hacerse con un cargo de gobierno podrán hacer lo que quieran dentro de la parcela de poder que les ha tocado. Poco importa que esa parcela sea un ministerio, una consejería, una alcaldía o lo que sea. Piensan en cualquier caso que el cargo es o será suyo (o de su partido) y ya está. Ven, pues, las elecciones como una fábrica de pequeños dictadores.
Reflexionemos sobre esa convicción, moral y políticamente falsa. No voy a apoyarme en sabias definiciones de Estado ni de los otros organismos políticos. Bastará con un simple inventario. Para decirlo con Perogrullo: cualquier entidad de esta clase consta en primer lugar de un conjunto de inmuebles, generalmente bien amueblados. Y dentro de los inmuebles hay muebles, claro está. Hay mesas y sillas, armarios y ordenadores. E, incluso, hemiciclos. Y en las mesas y armarios, papeles. En las arcas, poco dinero, siempre menos del necesario, sobre todo si el pobre político ha de pagar las estafas de los aviones que no vuelan, de los sellos que no existen o de los pisos sin papeles en orden.
Pues bien, lo primero que hay que entender es que todos aquellos bienes no son de quien los ocupa, sino nuestros. No es su huerto, vaya, sino que es tan suyo como mío, y de todos ustedes. De los que votaron al gobernante y de los que no lo votaron. Pero, además, en los cajones de un Estado (o de un ayuntamiento o lo que sea) destaca un montón de papeles que simplificando podemos llamar ordenamiento jurídico.Son las leyes y normas hechas anteriormente y que nos obligan a todos por igual, también al que manda. Claro que esas normas pueden modificarse, pero habrá que atenerse al procedimiento para cambiarlas que ya fue previsto y escrito. Además, el político tendrá que tomar el pulso a la sociedad, es decir, al propietario de la finca para saber lo que quiere. Él es sólo un temporero. No digo que deba convocar elecciones o referendos cada dos por tres. Bastará con que no saque los pies del plato y que el juez le tire de las orejas cuando se pase. Pero lo que sobre todo importa es que se lave el cerebro con auténtico champú democrático y aprenda la falsedad de aquel supuesto de que, mientras esté en el cargo, podrá hacer lo que quiera.
Da vergüenza escribir cosas tan de primer curso (mis tics son académicos). Pero si no estamos dormidos, sabremos que es preciso recordarlas. Veamos, si no, las sonrisas del que toma posesión de su cargo, aunque éste le supere. Veamos lo que dice cuando lo pierde. Yo no quiero ser más concreto, pero es que, a veces, al día siguiente de ocupar el inmueble ya está el nuevo moviendo ropa aunque sea festivo. Desde luego que ha de ponerse a trabajar, pero si no quiere meter la pata tan pronto, espere hasta el lunes, por favor.
El falso supuesto del político también anida en la cabeza de muchos ciudadanos. ¿No oímos "si yo mandara, metería a éste o a aquél en la cárcel"? ¿No saben ésos que el presidente de lo que sea no puede mandar a nadie a la cárcel porque eso sólo puede hacerlo el juez que tiene pruebas de un delito previamente definido? ¿No dice ahora Otegi que el proceso de paz descarrila en Euskadi por culpa del Partido Socialista? Claro, si los ayuntamientos que ocupaba Batasuna eran ya su territorio soberano, ¿por qué el PSOE no puede hacer lo que quiera en España si ocupa su Gobierno? Pues no, porque el Estado no es del que lo gobierna.
La parcela de poder que uno ocupa no es tierra conquistada o reconquistada. No es un espacio de soberanía ganado por su partido. Y, así, tan pronto como llegan a su inmueble, examinan la pureza de sangre de los que tendrán que ser sus segundos y deberán pagar comisión. Ellos poseen ya una ínsula y esperarán a que se ensanche en las próximas elecciones.
R. VALLS, profesor de Filosofía

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