SOSTENÍA el maestro Freud que los lapsus provienen del impulso humano a decir la verdad, como una transferencia del subconsciente rebelde ante la hipocresía social del lenguaje. Por eso resultan tan demoledores en política, donde la expresión verbal desempeña más que en ningún otro ámbito una función encubridora. En el discurso político, que es una superestructura de velos y camuflajes, un carnaval de disfraces intencionales, el lapsus irrumpe como un extemporáneo e involuntario strip tease que desnuda la conciencia del hablante, como una novia que se enredase la cola de su casto vestido y al tirar de él quedara expuesta, en lencería picante, ante el altar asombrado de la opinión pública.
El nerviosismo y la ansiedad en que el Gobierno anda sumido en estos días convulsos, zarandeado y groggy por la evidencia del fracaso de su proyecto angular de esta legislatura, está propiciando una catarata de traspiés dialécticos, de gazapos orales en los que cabe atisbar la dimensión real del estado anímico del presidente y su entorno. Algo muy serio trastorna el equilibrio gubernamental cuando hasta la prudente y eficaz vicepresidenta De la Vega se desliza por la bisoña impericia de convertir el Pacto Antiterrorista en «un papelito» arrumbado, manifestando en su descuido expresivo lo que ciertamente constituye una evidencia política: que el Gobierno enterró hace tiempo su propia iniciativa de acuerdo de Estado contra el terror, para sustituirla por el zigzagueante plan de diálogo con ETA que ha hecho crisis bajo los cascotes de Barajas.
Ese palmario afán revisionista, que ha sostenido toda la acción política del zapaterismo, sigue latiendo bajo las apariencias de rectificación desencadenadas por el atentado del día 30 y aflora a la menor oportunidad en un discurso oficial impregnado de voluntarismo forzoso. Era un lapsus el premonitorio término de «accidente» que se escapó de los labios presidenciales la víspera del bombazo. Era asimismo otro lapsus el verbo «suspender» con que el presidente se refirió, la tarde misma del atentado, al proceso de diálogo con ETA. Brotes del subconsciente que se abrían paso en medio de la zozobra que tambaleaba a un Gobierno comprometido por sus errores. No lo es, sin embargo, el cuidadoso empeño con que Zapatero evita hablar de «terrorismo» y de confrontación cuando proclama su determinación de alcanzar «el fin de la violencia». Pero es el mismo espíritu, consciente e inconsciente, el que anima una semántica nacida de la voluntad de insistir en un designio impermeable a la terquedad de los acontecimientos, más allá de las obligaciones impuestas por la oportunidad de las circunstancias.
El Pacto Antiterrorista es ya, en efecto, un mero papelito mojado por la lluvia del mantra pacifista del presidente. Pero lo que está haciendo el Gobierno en esta crisis nacional no es un papelito, sino todo un papelón, agarrado a la brocha de una obstinación estéril mientras los terroristas le retiran la escalera de la esperanza.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados