Josep Borrell fue uno de los impulsores de la aplicación del rigor fiscal en España, un cambio de profundo calado que cambió la actitud de los españoles respecto a Hacienda y respecto a la cosa pública. Primero bajo el ministro Miguel Boyer y después bajo las órdenes de Carlos Solchaga.
Luego fue ministro de Obras Públicas, Transporte y Medio Ambiente. En 1998 ganó las elecciones primarias convirtiéndose en el líder del PSOE y candidato a las elecciones a la presidencia del gobierno. No llegó a presentarse por no poder superar los escándalos propiciados por varios de sus colaboradores de la época de Hacienda.
De una promesa electoral para batir a Aznar, desde posiciones de la izquierda socialdemócrata, pasó a convertirse en un simple diputado que aterrizó en el Parlamento Europeo pensando que su carrera política tocaría fin en lo que se ha considerado como el cementerio de políticos nacionales fracasados.
Los equilibrios de fuerzas en el Parlamento Europeo le catapultaron a la presidencia de la Eurocámara por un período de dos años que terminan ahora entregando el cargo al democristiano alemán, Hans-Gert Poettering.
Un grupo de colegas compartimos mesa con él hace dos días. Descubrí a un Borrell transformado, cauto, nada sectario, sutil y conocedor de la realidad europea contemplada desde Estrasburgo. No se le escapó ni una leve crítica a sus adversarios políticos.
Cuánto cambia a las personas, también a los políticos, el viajar, el leer, el tratar la complejidad de los problemas que tiene una entidad de tanta envergadura como es la actual Unión Europea.
Hizo una observación que me pareció pertinente. Le preguntamos cómo veía la situación española cuando la bomba de ETA en Barajas destruía el proceso de paz abierto por el gobierno Zapatero.
No se entretuvo demasiado en las riñas habituales de la política española. Él no es nacionalista a pesar de ser leridano del Pirineo. Su vida profesional y política la ha desarrollado en Madrid sin demasiados complejos.
Pero dijo que todos los estados de la Unión se miran demasiado al ombligo olvidándose de las posibilidades de crecimiento, de convivencia, de expansión, de referencia mundial en un espacio político y económico en el que todos llaman a la puerta y nadie hace un solo gesto para abandonarlo.
Nos habló del envejecimiento demográfico de la Unión, de la crisis energética, de un futuro que puede ser mucho más sombrío de lo que pensamos si no ponemos los remedios racionales que son urgentes.
La inmigración puede evitar la catástrofe. Pero no es una solución sino la semilla de nuevos problemas sociales, políticos y económicos. Europa es vista en el mundo, dijo, como una gran ONG, con un voluntarismo capaz de enfrentarse a los problemas más variados sin disponer de los instrumentos ni de los recursos para solventarlos.
Estos días hemos visto los dientes afilados de Putin abriendo y cerrando grifos del gas y del petróleo. Europa no tiene autonomía energética. Es más preocupante todavía el monopolio de las empresas estatales que actúan con criterios nacionalistas.
No existe la competencia, los precios son más altos de lo razonable y la energía tropieza con las fronteras nacionales para la generación, transmisión y distribución de los recursos que mantienen viva nuestra economía.
La comisaria Neelie Kroes intenta alterar el nacionalismo económico que es absurdo en un espacio político abierto desde el Mar Báltico hasta Lisboa. Políticamente se actúa sin fronteras pero desde el punto de vista energético no se han derrribado las barreras.
Europa tiene que enfrentarse a la escasez de sus recursos y buscar fórmulas para generar energía alternativa. No podemos depender de los vaivenes que se puedan producir en el Kremlin. La energía nuclear volverá a plantearse seriamente en todos los países.
Incluso en Alemania y España, dos países que por razones más ideológicas que prácticas no creen en ella, habrá que replantear la vuelta a la energía nuclear que científicamente es más limpia, más barata y más segura.
Si estas cuestiones no se toman en serio podemos encontrarnos en que Europa no sólo sea vista como una gran ONG sino que lo sea de verdad. Los problemas nacionales existen y existirán. Pero una fórmula inteligente para superarlos es recurrir al concepto de una Europa eficaz, abierta y libre, plural y compleja, que pueda reformular aquella idea del imperio austrohúngaro en la que pueblos tan diversos convivieron durante siglos.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados