A los del invento azoriniano llamado la Generación del 98 les dolía España, y ahora a mucha gente lo que está pasando en ella les produce jaquecas tan terribles como las que padecía Nietzsche, que le duraban mucho tiempo y lo dejaban semiciego. Por una parte está Zapatero, al que llaman desde panoli hasta asesino y acusan de tener un pacto secreto, criminal y satánico con ETA y de no poner de una vez de patitas en la cárcel a Otegi y adláteres, como si, en lugar de ser abogado, fuera uno de esos letrados metidos a jueces o a fiscales sustitutos; por otro lado, nos topamos de narices con la merienda de locos de quienes quieren cortarle la cabeza a todo aquel que no le entre dentro de ella su catecismo, que es muy básico, muy elemental, muy sencillo, y cuyo artículo de fe respecto del terrorismo se resume en continuar sólo con la persecución, captura y encarcelamiento de etarras, y con más muertos y víctimas en los cementerios y más afiliados a las asociaciones de sus deudos, y prolongar el macabro negocio, etimológicamente hablando. Desde luego que hay que hacer eso con los terroristas que quieren seguir asesinando, pero también hablar con los que quieren dejar las armas. Y que las conversaciones sean aquí, no en las Quimbambas, y además públicas, ante la ciudadanía, sin misterios ni mistagogos, a cara descubierta, y que no aparezcan vestidos de verdugos, mostrando sólo los ojos, para preservar su identidad y, de paso, dar miedo. Las personas que no están lo suficientemente inducidas ni abducidas ni mediatizadas, que no son tan pocas como se piensa, según se descubre si se abren la orejas y se escucha lo que se dice en pescaderías, turronerías, barras de bares y ascensores, capaces, por tanto, de sentir, pensar y decidir por sí mismas, sin recetas ni hojas de ruta ajenas, quieren saber más que nunca qué es ETA hoy, aparte de una banda terrorista, porque está claro que no es un Ejército como el IRA ni la Mafia ni la FAI, ni una partida de maquis ni de partisanos ni de guerrilleros revolucionarios, ni tampoco una masa informe, degenerada y asesina, ni la primera bestia de diez cuernos y siete cabezas del Apocalipsis. Por lo que parece se trata de una agrupación de comandos cismáticos, compuesta por gente que habla, en español también, que tiene dinero gracias al chantaje y a cooperantes voluntarios y que monta negocios de hostelería y pretende cosas que llaman concesiones y contraprestaciones que, en concreto, nadie en la calle conoce qué son, pero como no se las dan, por eso accionan la Parabellum, dañan, causan dolor, enlutan la vida, hacen llorar y matan. En este momento mucha gente querría saber también qué dicen de Carlos Alonso Palate y de Diego Armando Estacio los mandamases que decidieron la tregua, aunque su silencio ya expresa bastante. Seguro que, en el caso de que hablaran, dirían, como Bush, que se trató de daños colaterales, de un fuego amigo, que ellos no eran el objetivo, pero que la bomba los mató y ellos solos se murieron.
« Ganadero asturiano: especie a extinguir, de José Luis Magro en La Nueva España | Inicio | Vivir con lo que somos, de Cándido González Carnero en La Nueva España »

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados