Las vacas no tienen programada la hora del parto. Sacan sus crías a pasear por este mundo cuando les viene en gana o lo decide la caprichosa luna. En las ganaderías tradicionales asturianas, con media docena de ejemplares, el parto era un acontecimiento feliz que trastocaba el monótono fluir de la vida rural; pero con 200 vacas el desbarajuste de horarios que producen al ganadero se transforma en objeto de estudio para el psiquiatra.
En fecha reciente, La Nueva España ha publicado un resumen del informe de don Álvaro Cuervo y de don Pedro de Silva sobre la situación económico-jurídica de Clas y de Capsa. Dada la poca pericia que uno posee para deambular por las arenas movedizas de la economía y de las superestructuras jurídicas, centraré mi análisis en el factor humano.
Vicente lleva, el solito, veinticinco años cuidando directamente a su prolífica ganadería. El número de cabezas de ganado ha oscilado entre 175 y 215. Sus Navidades fueron siempre una comida a destiempo entre un ordeño, un biberón y una pación. La naturaleza dotó a Vicente de una inteligencia despierta y de una madurez precoz. Compaginó desde niño los estudios con la ayuda en las labores del campo. Naturaleza y cultura se conjugaron armónicamente en su persona. A los 6 años aprendió con su tío Pepe a ordeñar las vacas de la ganadería familiar. Desde siempre tuvo claro lo que deseaba ser.
Cursó el Bachillerato en el Loyola y a continuación la carrera de veterinario en la Universidad de Córdoba. Dada su extraordinaria trayectoria académica, le ofrecieron impartir clases en la misma Universidad como jefe de prácticas del departamento de Anatomía, tarea que realizaba ya en su último año de carrera; pero tuvo más fuerza la llamada de la tierra y se entregó en cuerpo y alma a la vocación de su vida: crear una ganadería puntera en Cuadroveña (Arriondas). Tras largos años de trabajo físico agotador y más aún, si cabe, de investigación, alcanzó la meta deseada. Tal fue su éxito que un buen día se topó a la puerta de su casa con un cochazo americano. Se baja un señor y pregunta por el doctor Vicente. Pues aquí tiene a Vicente pero sin el doctor.
«He leído su artículo "Del manejo del rebaño lechero", publicado en la revista "Frisona Internacional". Sé, además, que ha conseguido ejemplares de vacas lecheras con cánones perfectos en cuanto a estructura corporal y producción lechera se refiere. ¿Podría ver su ganadería?». Tras el ruego ambos se dirigieron a la cuadra. El señor americano, con sorpresa de Vicente, pidió una silla, y le rogó que fuese a cumplir con sus muchos trabajos. Al cabo de tres horas aproximadamente se levantó y al despedirse le dijo: «Enhorabuena, muchacho, tengo más de 6.000 cabezas de ganado y nunca contemplé ejemplares tan perfectos».
Los que no tuvieron tiempo ni ganas para recorrer los 60 kilómetros que dista Oviedo de Cuadroveña fueron los directivos de Clas, y mucho menos aún, los omnipresentes políticos. ¡Claro, que nunca se encuentra lo que deliberadamente se ignora!
Hasta hace unos años cientos de ganaderos, tan sacrificados como Vicente, iban llenando de «leche asturiana» esa enorme piscina que ha permitido «nadar en la abundancia» a muchos «atechaos». De los 7.500 ganaderos en activo de antaño, socios de Clas, sólo 1.500 siguen con sus explotaciones. Son ellos, principalmente, los que abriendo todos los días el grifo de sus tanques sostienen la marca de calidad Leche de Asturias.
Pues señores consejeros del Gobierno del Principado y señores directivos de las empresas lácteas, esta raza está en vías de extinción. El duro trabajo que deben afrontar, muchas veces solos, se asemeja más al de los esclavos de la Roma imperial que al que exige la sociedad justa y avanzada que nos predican.
Arriesgan su dinero, dedican todas las horas del día y de la noche a su trabajo, el precepto del descanso dominical y de las fiestas de guardar no cuenta con ellos y cumplen a rajatabla, por la cuenta que les trae, las normas de calidad que la quisquillosa Administración exige. Todo son obligaciones, pero, a cambio, nadie se compromete, incluidas las centrales lecheras, a pagarles el litro de leche con unos márgenes de rentabilidad que garanticen la estabilidad de su granja. Se han multiplicado por tres los precios del gasóleo, de los abonos, de los piensos, pero su litro de leche sigue valiendo lo mismo que en la década de los ochenta.
¿Cuántos párrafos han dedicado los señores Cuervo y de Silva a este problema? Desconozco el texto original, pero lo que han dicho o, mejor, no han dicho los resúmenes de prensa es desolador. Es posible que la Central Lechera Asturiana pueda remontar la crisis que se avecina si se reestructura conforme a las directrices de los peritos, pero no como Clas, sino como Clis (Central Lechera de Importaciones). Lo de «Lechera Asturiana» permanecerá en la penumbra de los recuerdos. Las grandes firmas de distribución han estrujado sin piedad las indefensas infraestructuras productivas del mundo rural asturiano y, consiguientemente, la viabilidad de una vida humana digna.
La solución a este grave problema puede alcanzarse primando el factor humano sobre los elementos económico-jurídico-administrativos, que son los que se han llevado siempre la palma, y el dinero. Si la empresa para la que los hombres del campo están trabajando ahora es la de Asturias, Paraíso Natural, tendrá que pagarles un salario fijo como jardineros que son de este Edén. ¡Qué mantengan el jardín limpio y libre de escayos y que cultiven, planten o tengan el ganado que estimen oportuno! Es una fórmula viable para repoblar tantos «contaderos» abandonados. Si el Gobierno del Principado no afronta con decisión el problema, cambiaremos el eslogan de «Asturias, paraíso natural», por el de «Asturies, fecha un verdial».
La extinción del ganadero va al mismo ritmo que la del urogallo. En los últimos cincuenta años se han protegido a los depredadores de ambas especies y el panorama es desolador. Con el permiso de la Administración pueden acercarse al nido del urogallo a comerse los huevos zorros, jabalíes, osos, lobos y demás rapaces, y a la granja de nuestros ganaderos los guardianes de la sanidad, del tesoro público y los de proximidad. Súmense también los que cobran dietas, horas extra y demás canonjías adscritas a los cargos altos o bajos de las empresas. Con semejante nicho ecológico es un milagro sacar adelante una nidada.
A lo mejor urogallos y ganaderos consiguen la remontada alejando a tanto depredador. No es una fórmula de despacho, pero es de sentido común y, sobre todo, económica y justa.
José Luis Magro es profesor de Filosofía del Alfonso II.

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