El proteccionismo de los países fue versado ayer por Jean Claude Trichet en la portada de Financial Times como uno de los males de las economías occidentales, europeas, entre otras. Ahora es el histrionismo de Hugo Chávez sacando la manguera de la inseguridad jurídica mientras se toma un café con su corbata roja en plena agitación mitinera. La fabulación del poder mediante el uso de la energía como arma arrojadiza reflejada en Bielorrusia por un quítame allí esa tasa con la Rusia de un intrigante Vladimir Putin.

Son tres imágenes de la sociedad y la economía que nos han tocado vivir y en la que se mueven cada día las multinacionales cuando deciden sus inversiones. En Estados Unidos han puesto el grito en el cielo con esa decisión de Hugo Chávez, que se levantó ese día con los pantalones de tigre puestos y optó por esa solución preocupante. Todo lo que privatizamos en otro tiempo ahora lo nacionalizamos. Y se quedó tan tranquilo.

Por lo pronto, los inversores han huido a gran velocidad de las empresas venezolanas cotizadas en Wall Street, como su filial telefónica, que sufría una sacudida de consideración. Igual que la Bolsa de Caracas. Pero eso le da exactamente igual al señor Chávez y a los suyos, que lo mismo nacionalizan que cierran una televisión porque es contraria al régimen.

Una invitación en toda regla para los inversores extranjeros que se estarán arrepintiendo de cualquier esfuerzo realizado en aquel país donde un señor, elegido por sus ciudadanos, decide hacer uso de la denominada democracia imperfecta, se pone el mundo por montera, escenifica una especie de ópera bufa de sí mismo y rompe con las reglas del mercado. No sólo rompe con las reglas, sino que las invierte violando los contratos firmados con unos y otros, tirios y troyanos.

Una decisión típica del populismo demoledor que circunda una parte de Latinoamérica. Lo peor es que se siente fuerte por sus ingresos petrolíferos. Un petróleo que bombea feliz hacia los Estados Unidos para engrasar la máquina de hacer salchichas de las manufacturas americanas. Venezuela produce el 11% de las importaciones estadounidenses de petróleo.

Chávez es capaz de ingresar en sus arcas dinero procedente del mundo del demonio porque cada vez que se le canta tilda de diablo al mismísimo George Bush. Eso da muchos votos y se ve que exalta la telegenia del venezolano.

Podría ser gracioso si no estuviéramos ante un personaje que puede hacerle mucho daño a su economía. Nacionalizar las eléctricas, la telefonía y amenazar con hacer lo propio en otros sectores es, sin duda, una irresponsabilidad manifiesta. En Venezuela están presentes BBVA y Santander; Repsol tiene acuerdos y Telefónica, un 7% de la operadora venezolana, que ayer se comía una parte de su valor en los mercados americanos.

Las empresas españolas han vivido situaciones similares en Bolivia y tampoco se les olvidan los episodios de inseguridad jurídica provocados por el tristemente famoso corralito argentino. Los gobernantes de estos países necesitados de inversión extranjera como el agua se permiten el lujo de obstaculizar el desarrollo económico. Los niveles de pobreza resultan impropios de un país con esa fuente de riqueza, como es el oro negro, pero eso no parece importarle mucho a Chávez más allá de sus discursos grandilocuentes.

Chávez ha disparado cohetes de inseguridad jurídica mientras que al otro lado del Atlántico, Putin y sus socios amenazan el suministro energético europeo. Esa es una parte del panorama al que se enfrentan las empresas a ambos lados del Atlántico.

Los Gobiernos europeos tienen que poner firme a Putin y los suyos, Estados Unidos muestra por enésima vez su preocupación, pero poco más. Y en España, Zapatero anda enredado con otras cosas ajenas a la política internacional y con algunos de los considerados amigos. Menos mal.