Sólo les falta dar órdenes al Gobierno, de Fernando Ónega en La Vanguardia
EL ESPECTADOR
Necesito hacer lo que no hará ningún político: pedir disculpas a los lectores, si he contribuido a crearles alguna esperanza en el final dialogado del terrorismo. Lo confieso: en estos últimos meses, más de una vez, y más de dos, he confundido deseos y realidad. Nunca creí que no hubiera que pagar algún precio político, pero era tal el ansia de ver terminada esa locura irracional, que me dejé contagiar por el optimismo del gobernante. Cuando escribí crónicas pesimistas, altos cargos de la nación me hacían notar esa visión negativa y trataban de reconducirme hacia una perspectiva más esperanzada.
Ayer, todavía no recuperado del bombazo de Barajas, cuando el Gara colgó el comunicado de ETA en su página web, sentí un impacto emocional: he vivido, hemos vivido, en la ilusión más falsa y falsificada de muchos años; una especie de embaucamiento colectivo, guiado por no sé que extrañas señales en el cielo. Y ahora toca despertar: despertemos, ingenuos que nos hemos atrevido a soñar con el triunfo de la palabra y hemos pensado que unos criminales pueden ser atraídos al mundo de las libertades. ¿Cómo nos hemos podido dejar seducir así?
Ahora, mirad los hechos. Los mismos que el 30 de diciembre hicieron estallar cientos de kilos de explosivo en el aeropuerto de Barajas culpan al Estado, por no haber cumplido sus compromisos. Los que han matado y califican a los muertos como "daños colaterales" dicen que continúa vigente el alto el fuego. Los que amenazan con "respuestas acordes a las actitudes del gobierno español", es decir, con matar, hablan de "derechos democráticos".
Son los mismos de siempre. Los del tiro en la nuca y los coches bomba, los zulos y las bombas lapa. Tratan de dividirlo todo: a los demócratas y al nacionalismo dialogante, con ese "PNV de Imaz", para atemorizar a todo el que muestre sentido común y valentía ante el terror. Y arrojan sobre este país el virus purulento de un cruel sarcasmo, en cuya literatura sólo falta dar órdenes al gobierno legítimo de la nación.
Adiós, proceso. Se lo cargaron con los explosivos de Barajas y lo remataron en el suelo con el texto de un comunicado que ofende a la razón y constituye un escarnio a los millones de ciudadanos que sólo acarician la palabra paz y hasta ayer estaban dispuestos a la generosidad.
¿Qué nos queda, después de habernos sacado hasta la última gota de esperanza? Nada. Sólo una triste sensación de que estos nueve meses sólo han servido para que ellos desarrollen su insoportable insolencia. Sólo una mirada hacia la presidencia del Gobierno: ustedes no saben con quiénes estaban hablando. Sólo una amarga desazón: han arruinado por mucho tiempo, quizá para siempre, la ilusión de que la violencia se puede resolver por la palabra.
