Introito: ¿ha oído usted algo sobre la presunta reunión secreta de los cerebros del Grupo Prisa en el monasterio de El Paular?
Aunque nuestros Servicios de Inteligencia lo han dado por cierto, vamos a utilizar una licencia literaria para cubrirnos las espaldas y dejar lo que aquí se cuenta como un relato nacido de la calenturienta mente de nuestro sabueso, este magnífico Jack Russell, que ya lo hubiera querido para sí de fiel colaborador el inolvidable Hércules Poirot. Por ello, imaginemos que la “cremme de la intelectualidad”, la que adorna y cuida a los distintos regímenes de poder que en el PSOE han sido desde el comienzo de la transición, el felipista y el zapaterista, celebra un cónclave secreto, descreído —ellos son así—, y entre “criminal” —con perdón— y divertido, en el monasterio de El Paular, para analizar la más bien complicada, o interesante (que diría uno de los que participan en lo que Felipe González hubiera llamado en su tiempo “un concurso de pedantes”), situación española.
Un escenario en el que se vislumbran altos riesgos que ya detectan los sismógrafos y que podrían derivar en un tsunami electoral que daría al PP de Rajoy una inesperada mayoría absoluta, a nada de que ETA cumpla su más reciente y última amenaza de responder, con otro bombazo, a los ataques que sufre Euskadi por parte de las fuerzas represoras de los estados español y francés. Eso sí, y por extraño que parezca, manteniendo el alto el fuego de acuerdo con su comunicado de 22 de marzo del 2006.
Estamos ante una reunión secreta de lo que se llama la “eminencia gris” del PSOE, o de lo que se considera como su cocina ideológica y el aparato de propaganda del Partido Socialista y de su proyección social, cultural, financiera y empresarial. La gran caja de Pandora en la que el Grupo Prisa ejerce todo su poderío como núcleo duro y centro de operaciones, aunque aparentemente dejando la iniciativa en manos del primer inquilino de la Moncloa, pero sólo hasta el límite en el que se encienden las alarmas que anuncian que se puede perder el poder, como es el caso que nos ocupa.
Hace frío y una densa niebla impide apreciar los rostros de los convocados que, de uno en uno o en pequeños grupos —según tengan coches oficiales o no—, van llegando al jardín de El Paular. Los saludos comienzan en la recepción, donde están adjudicadas las habitaciones —y pagadas, ¡por supuesto!—, y el ruido y las primeras bromas se escuchan en el bar. Se oye el inconfundible acento gaditano de Augusto Delkader, con una cierta euforia, hablando de fútbol con Iñaki Gabilondo y Vicente Verdú, y desde las ventanas se ve que la noche, entre las brumas, empieza a caer sobre el puente del Perdón y parte del valle del Lozoya, mientras suenan perezosas las campanas de la capilla de Monserrat que anuncian la misa nocturna de las ocho de la tarde, que oficiará el viejo benedictino cordobés, don Julián, que presume ante los turistas de tener preparada su modesta y florida tumba en el jardín interior del monasterio.
El primer encuentro oficial de los convocados está previsto a las diez de la noche en el comedor privado, reservado para la ocasión, y allí van llegando todas las eminencias de “la casa nostra” —así llaman a Prisa— para participar en el gran debate, en el que está anunciada para su clausura una visita muy especial que muchos creen que será Jesús de Polanco, que no está para muchos cónclaves por su enfermedad, pero que en realidad será Felipe González, la guinda secreta y festiva que ha preparado Juan Luis Cebrián. Pero no adelantemos acontecimientos, porque está entrando en el comedor el cortejo de los sabios, la gran mayoría de ellos marcados por su avanzada edad, pelo blanco, mal vestidos y con achaques. Los que no son lo que eran pero que mantienen en alerta el espíritu crítico, ciertas ganas de guerrear, y el atento olfato del pragmatismo progresista para mantener y disfrutar el poder (“ya hemos perdido demasiadas guerras por tontear”, dice uno de los más viejos).
Por allí están —hacía tiempo que no los veíamos juntos— Javier Pradera, más sucio que nunca, como si fuera una copia de Rasputín, acompañado de su inseparable Clemente Auger y de Jorge Semprún, y Manuel Vicent, haciendo corro y escuchando el último chiste que cuenta, riéndose de antemano, Miguel Ángel Aguilar: “Estalla el coche bomba en el aeropuerto de Barajas, y Zapatero se reúne con su gabinete de crisis, De la Vega, Rubalcaba, Blanco, Moratinos y Caldera, y dice el presidente: compañeros, hay que resistir, esto es cuestión de temple, de mucha convicción y firmeza y de no dar un paso atrás; de manera que tenemos que cavar unas trincheras entre todos de unos 500 metros de largo, tres de ancho y tres de profundidad alrededor de la Moncloa para frenar las soflamas de la derechona y la embestida de ETA, que será dura, larga y difícil. De manera que, como dice la liberticida Esperanza Aguirre a sus huestes, ‘pico y pala’, y todos a cavar. En esto, pide la palabra Pepiño Blanco, que no está por la labor —de cavar, se entiende— y dice: Presidente, ¿y si en vez de cavar, le echamos cojones y vamos a por ellos?” (Grandes carcajadas). Aguilar se va, riéndose solo con un copazo de vino en las manos, a otro corro para repetir su número circense.
Allí, a un lado del comedor, ornado por unos barrocos aparadores de roble y escenas de caza de anónimos pintores, están los expertos federales, los Patxi Unzueta (País Vasco), Josep Ramoneda (país catalán), Manuel Rivas (país gallego), hablando con el nuevo director de El País, Javier Moreno, el que se lanzó demasiado pronto y con bastante ingenuidad por la pendiente de la presunta independencia del diario y está pagando la inocentada ante la mirada criminal y despreciativa de los viejos cocodrilos. Cebrián se ha unido a Delkader, Gabilondo y a Ignacio de Polanco, el hereu de don Jesús de Polanco y del Gran Poder y futuro dueño de Prisa, en la presidencia de la mesa. En el lado contrario, al fondo del cenador, aparecen los disidentes internos, Antonio Elorza, Santos Juliá, Gil Calvo e Ignacio Sotelo, todos de pronto atentos y callados a la llamada de la campanilla que agita Cebrián para anunciar el inicio de la cena, pochas con perdiz, caldereta de cabrito con almejas y patatas panaderas, flan o arroz con leche del lugar de postre, y café, copa y puros para los ostentosos fumadores.
Para animar la velada, y de acuerdo con los planes trazados por Cebrián, Delkader anuncia que se van a hacer tres votaciones previas al gran debate político y de fondo que se iniciará con la exposición de tres ponentes, a saber: Unzueta, sobre el País Vasco; Gabilondo, sobre la estrategia de comunicación; y Cebrián sobre la situación general de España. Pero antes, como hemos dicho, Delkader pone en marcha las tres votaciones para situar el marco del debate y puntualiza que don Ignacio de Polanco no participará, se abstendrá. En la primera votación sólo permite decir “sí” o “no”; la pregunta es muy sencilla: ¿es tonto José Luis Rodríguez Zapatero? M. A. Aguilar es el encargado de distribuir las papeletas a los comensales y de pasar el puchero donde se depositarán los votos emitidos. El resultado de la votación, que los convocados en el monasterio se toman bastante en serio tras las advertencias previas de Cebrián, es el siguiente: votos emitidos, 16; a favor de que el presidente es tonto, 15; abstenciones, 1; votos en contra, 0. Hay un voto, que lleva un escrito que dice así: “Sí, pero es muy simpático”, el autor es Vicent, lo delata su letra.
Terminada la votación, y conocida entre risas la coincidencia general del resultado, Delkader anuncia cual será el segundo sondeo a los convocados. La pregunta siguiente es: ¿hay que ayudar a Zapatero a pesar de que es tonto? El speaker, que da muestras crecientes de su contento a medida que avanza la noche, señala que caben respuestas comentadas, y acto seguido Aguilar vuelve a repartir papeletas y a pasar el puchero. El resultado se anuncia así: votos emitidos, 16; a favor de ayudar al presidente, 7; otros 4 señalan que depende de lo que haga en los próximos días; y 5 afirman que no, que es una pérdida de tiempo. Delkader, cada vez más contento con la marcha de la cena, que está en su segundo plato, anuncia por fin la tercera y última votación antes de darle la palabra al primer orador de la que será una larga noche, Unzueta. Esta vez se votará lo siguiente: ¿a quién pondría usted de líder del PSOE y presidente del Gobierno, como sustituto de Zapatero, en el supuesto de que estalle la actual crisis y fuera necesario un impeachment y una nueva investidura en la presente legislatura? Delkader hace una advertencia y cita los siguientes nombres como presidenciables, F. González; J. Solana; J. Bono (se oyen algunas risas); Manuel Chaves; A. P. Rubalcaba; M. T. de la Vega; P. Solbes; G. Peces-Barba. El resultado es: votos emitidos, 16; Javier Solana, 9 a favor; A. P. Rubalcaba, 3; F. González, 2; el resto de candidatos, 0.
Con la misma habilidad con que Torcuato Fernández Miranda manipuló la votación en el Consejo del Reino para nombrar a Adolfo Suárez primer ministro del Rey, el astuto Cebrián, que viene del “antiguo régimen”, o que mamó el régimen anterior, con las tres votaciones de El Paular delimitó el terreno de juego, para orientar los debates y sacar a su favor las conclusiones del mismo. Sonriente y satisfecho, Cebrián explicaba al futuro señor de Prisa, Ignacio de Polanco, el significado y alcance de lo ocurrido mientras los comensales daban buena cuenta de la caldereta de cabrito, como si canibalizaran los restos del presidente al que acaban de ejecutar. En el valle de Lozoya ya es de noche y hace frío en la hospedería que linda con el Monasterio. Pronto empezarán los discursos y algunas réplicas. Al día siguiente se crearán tres grupos de trabajo y se presentarán las conclusiones en un acto que cerrará Felipe González, al que previamente Cebrían habría informado del resultado de las votaciones, y de lo dicho por los ponentes. Una vez terminado el cónclave, el núcleo duro de Prisa —tan sólo cuatro personas—, con González y Solana de invitados, celebrará una reunión en la Fundación Santillana, esta vez bajo la presidencia del patrón, Jesús de Polanco. Allí se tomará una decisión, y se aprobará, si se decide hacer algo, un calendario y una estrategia. Mientras tanto, en la Moncloa, Zapatero, sin saber la que se le viene encima, habla por quinta vez en el día con Eguiguren: ¿Qué dicen ahora, Jesús, hay o no hay un alto el fuego de verdad?

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