Siempre tuvo mala crítica pero mucho público. Esa mala hierba la hemos regado todos, periodistas y políticos en particular. Un solo de trompeta de ETA y bailamos encima del tambor como la cabra de la feria. Hechos y dichos de la banda terrorista deberían ocupar un discreto lugar de la página de sucesos, pero aquí ya estamos corriendo otra vez como idiotas detrás de las liebres que suelta de vez en cuando.

Ayer soltó un comunicado y hoy los quioscos parecen a punto de estallar, dejando en segundo plano lo realmente importante de las últimas horas. Me refiero a las detenciones de los etarras Larrinaga y Echeverría, claves para encarcelar a los autores de la salvajada de Barajas. El lenguaje de los hechos nunca engaña al ciudadano.

Detenciones policiales y no retórica en los pasillos del Congreso o ante los escombros de la T-4. Nada de frases bien moldeadas sino "resultados concretos del intensivo trabajo policial que en estos momentos están llevando a cabo la Policía Nacional, la Guardia Civil, la Ertzantza y la policía francesa, a un nivel de colaboración especialmente alto después del atentado del 30-D".

Nos priva este último recado difundido por ETA. Pasto fresco para la voracidad de predicadores del alba y columnistas furiosos. Hasta el ministro Rubalcaba, un sereno detractor del templado de gaitas, dice que se tomará tiempo para estudiar a fondo el comunicado. Como si fuera un texto cabalístico. Tampoco hace falta mucha ciencia para sentir la amenaza de nuevos atentados si jueces y policías siguen incordiando a los patriotas vascos. O si el Gobierno sigue retrasando el reconocimiento de Euskadi como unidad de destino en lo universal.

Porque ese, y no otro, es el "proceso" que ETA mantiene abierto. El que Zapatero llama "proceso de paz" es una quimera en los propios términos del comunicado, pues resulta absurdo firmar en la misma tacada la vigencia del alto el fuego, la salvajada de la T-4 y la amenaza de repetirla si continúan las "agresiones" . De "paz" no habla ni Arnaldo Otegui, el interlocutor "necesario" de Moncloa, que en vísperas del comunicado de la banda volvía a apostar por la continuidad del "proceso". Pero no de "paz", como tanta gente dice con mucha ingenuidad y sin ningún rigor, sino de "solución del conflicto".

A saber: impulsar un "proceso democrático" para "garantizar" las "condiciones" que faciliten el "reconocimiento" de los derechos de Euskal Herria..etc, etc. Pero nadie del Gobierno ni del PSOE salió un minuto después a decirle de forma contundente que o se habla de "paz" (desarme, ausencia de violencia, fin de ETA, como ustedes prefieran) o no se habla de nada, al menos mientras los violentos mantengan sus cocteleras listas para mezclar nitrato amónico y polvo de aluminio.

Estos agujeros del discurso oficial socavan la presunta firmeza para acabar con ETA y dan pie a peticiones tan absurdas como las de Eduardo Zaplana (PP) cuando exige al Gobierno que explique los compromisos contraídos que, según el comunicado, el Gobierno no está cumpliendo. Si no los cumple, no hay problema, salvo que Zaplana piense que el Gobierno es un malqueda por engañar a una banda terrorista.