No soy optimista sobre el futuro. Zapatero no ha reconocido ningún error y se ha mostrado más determinado que nunca, si cabe, a buscar la paz. Esto, dicho desde la T-4, cuando todavía faltaba un cadáver por encontrar, es un mensaje temible: perseverará.
También lo apuntó el día de la Pascua Militar. Le preguntaron: ¿Será posible retomar en el futuro el diálogo con los terroristas? Respondió: “Éste no es el momento para ese debate”. Es decir, sí.
Las primeras pruebas de esta determinación por sostener la estrategia la ha dado el Partido Socialista de Euskadi: irán a la manifestación convocada para el sábado por Ibarretxe.
No les gusta el lema, que es ‘Por la paz y el diálogo’, que es lo mismo que decir que hay que seguir hablando con ETA hasta que un número indeterminado de muertos lo hagan inconcebible –por ejemplo, doscientos, como el 11 de marzo de 2004, cuando el lendakari pensaba que los etarras estaban detrás–. Pero no importa, los socialistas irán y pedirán a la militancia que asista. Habrían preferido, según ha declarado Patxi López, otra consigna un poco más digna, que fuera, verbigracia, ‘Por la paz y contra ETA’. Pero irán. Esto es lo importante. Se plegarán de nuevo al chantaje de Ibarretxe.
Ausente de principio moral alguno, el lendakari fue el primero que avistó la oportunidad táctica del atentado: desembarazarse de la eventual pinza entre los socialistas y los batasunos, retomar el liderazgo institucional para afianzarse en el poder, de modo que la concentración del próximo sábado sea masiva, constituya, como ha dicho el halcón Egibar, que chiquitea habitualmente con Otegi, una especie de dique social contra la reanudación de la violencia.
Los socialistas, como siempre, han tomado la difícil e incómoda decisión de asistir por un bien superior, como corresponde a la izquierda: demostrar la unidad de los demócratas, no provocar una fractura social en momentos tan cruciales como los que nos toca vivir. Algunos todavía pensarán que no los merecemos –la profundidad de la estulticia humana es insondable–.
Yo creo, sin embargo, que un mínimo detalle de coherencia personal y de dignidad política debería haber desembocado en la dimisión de Eguiguren y de López. También se debería hacer una cuestación pública para poner un monumento a Rosa Díez y Gotzone Mora, y a tantos.
De la misma manera que Zapatero decidió, en su momento, prescindir de Nicolás Redondo Terreros en el PSE, pues interpretó que el acercamiento al PP de Mayor Oreja no sólo no reportaba muchos más votos sino que podía generar la pérdida de la inviolable idiosincrasia socialista en la vieja región del acero, después de la pistola y luego de la kokotxa amoral, ahora debería haber defenestrado a quienes le han hecho precipitarse en el mayor de los ridículos. Pero no, esto no ocurrirá.
Y la prueba es este apoyo vergonzante de los socialistas vascos al órdago de Ibarretxe, que ha enojado incluso al presidente del partido, Josu Jon Imaz, el señor más presentable del PNV pero siempre en la cuerda floja, los buitres esperando su traspié. ¿Y por qué soy tan pesimista? Siga la pista de los hechos.
Ayer, Zapatero citó a Rajoy en La Moncloa para no explicarle nada, para tenderle una nueva trampa, la entelequia de la unidad de los demócratas en estos tiempos tan difíciles, a la que tendrá que decir sí, o sí, o penar con el estigma de que, si ya antes estuvo virtualmente contra la paz, e hizo todo lo posible para evitarla, ahora, en las nuevas circunstancias, puede volver a incurrir en el riesgo de quedarse solo, como bien ha declarado esa gran señora, la vicepresidenta Fernández de la Vega.
¿Por qué soy tan pesimista? Porque, en el proyecto de Zapatero, el fin de ETA significaba, sin duda, una suerte de coronación épica. Pero, ¡no lo olvidemos!, el proyecto de Zapatero es global, trascendental. Partiendo de que la transición y la Constitución de 1978 fue, antes que nada, una concesión a los poderes fácticos, trata de entroncar la legitimidad democrática con la Segunda República. Suponiendo que la transición fue un periodo de amnesia obligada por las circunstancias, ahora trata de recuperar la memoria histórica de los vencidos y no reparados por la ominosa dictadura.
Cuando se tiene esta idea de España tan distinta a la mía, por ejemplo, es normal pensar que ETA forma parte del paisaje, incluso que ETA fue una pieza clave en el cambio de régimen, que ayudó mucho a consolidar los derechos de la clase trabajadora y que, por tanto, merece una salida honrosa. Esto no me lo tienen que explicar porque lo he oído muchas veces de gente aparentemente sensata y cabal.
Y cuando se piensa así, no se está muy lejos de Batasuna –cuyo lema es Independencia y Socialismo– o de Esquerra Republicana de Cataluña, que busca desembarazarse de la tiranía de Madrid; se está, guardando las debidas distancias, en la misma onda de pensamiento, según la cual, el actual Estado, todavía hijo putativo del anterior, es de uno u otro modo, opresor, nunca asumido ni reconocido como propio.
Naturalmente, poner en marcha este proyecto sin mayoría absoluta, como es el caso, exige quitarse de en medio al Partido Popular, y ésta es la estrategia que ha desplegado Zapatero desde que ocupó el poder. No sólo buscando los aliados necesarios para gobernar, algo siempre legítimo, sino planteando una serie de políticas que sabía, conscientemente, que dividirían y crisparían el país, que provocarían el encono del PP, y para las cuales, en función del respaldo que había conseguido en las urnas, carecía de legitimación real.
No es muy probable que el atentado de ETA cambie este enfoque, ni que los dos muertos o los que vengan sean tan poderosos como para liquidar esta voluntad férrea. De modo lapidario, brutalmente, el socialista Ramón Jáuregui definió en estas páginas de EXPANSIÓN, no hace mucho, la política de Zapatero, de modo elogioso, como no cabía menos de tan conspicuo representante de la acomodación y el pesebre. Vino a decir: Si la derecha está tan inquieta y tan furiosa, es que Zapatero está acertando. ¡Pues nada!, ¡que así siga!
Miguel Ángel Belloso. Vicepresidente del Consejo Editorial de EXPANSIÓN y ‘Actualidad Económica’

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