POR inquietante que resulte, en este momento el Gobierno parece más preocupado por el PP que por ETA. A doce días del atentado, la prioridad de Zapatero no consiste en avanzar en una investigación de la que nada se sabe, sino en hallar el modo de comprometer a la oposición en el fracaso de su plan de diálogo con los terroristas. El presidente se ha desplomado en las encuestas y sólo busca el modo de neutralizar siquiera parcialmente su gravísimo revés político. Con la legislatura hundida por la bomba de Barajas y su proyecto estrella sepultado entre la escombrera, le ha crecido en la cabeza una urna y ya no ve más que votos que se le escapan. Pero en vez de rebelarse con un golpe de determinación y coraje para admitir su error y cambiar de estrategia, se confunde de enemigo y trata de descargar sobre el PP una parte de la responsabilidad de su fiasco.
Se vuelve a equivocar, y cada vez le queda menos margen. Parece dispuesto a cualquier cosa menos a lo que la mayoría del país espera: liderar una reacción de firmeza contra el terrorismo. La gente puede perdonarle que se haya dejado engañar -ya le ocurrió lo mismo a Aznar y a Felipe- fiado de buenas intenciones, pero sólo una vez. Si persevera en el yerro, tendrá que jubilarse. Y lo malo es que no parece entenderlo; si aísla al PP se la va a volver a jugar con ETA, dejando su destino político en manos de los «txerokees», que lo pueden a manejar a bombazos. Incluso para el objetivo egoísta de mantenerse en el poder, es un suicidio quedarse a merced de los terroristas. El terror ya decidió las elecciones en una ocasión, el 11-M, y permitir que se repita el escenario constituiría una grave irresponsabilidad histórica. Esto lo ve ya casi todo el mundo, menos él; hay gente de su partido con las manos en la cabeza.
Por más que le cueste aceptarlo, sólo tiene un camino razonable, que consiste en volver al Pacto Antiterrorista. Nadie le culparía, ya que fue él mismo quien lo promovió, y además es compatible con su discurso teórico: firmeza legal hasta que ETA renuncie y Batasuna se desmarque, y a partir de ahí, campo para la política. Lo que ocurre de veras es que Zapatero ya ha abandonado ese planteamiento, y está buscando fórmulas políticas que aceleren el proceso, obstinado contra toda evidencia. Ni siquiera ha sido capaz, en estos días aciagos, de hablar con claridad de «terrorismo»; sigue aferrado al ambiguo genérico de la «violencia».
La vía de tensar la cuerda con la oposición es incómoda y dolorosa, y persiste en la fractura del país que está caracterizando esta legislatura. Si no hay consenso habrá debate, y el presidente tendrá que explicar a fondo por qué se equivocó y afrontar las consecuencias. Más jaleo, más crispación, más bronca. Quizá piense que eso le conviene para llegar a las elecciones con la temperatura política muy alta, en busca de una movilización a cara de perro. Pero si dejase por un momento de pensar con la urna, se daría cuenta de que como gobernante tiene una responsabilidad que no puede declinar y que, a corto o largo plazo, acabará pasándole la factura.

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