España es un país de confusiones. Tanto que su propia definición resulta confusa. ¿Somos una nación? ¿Una nación de naciones? ¿Un Estado Federal? ¿Una federación de Estados? ¿Qué demonios significa Estado Autonómico? ¿Qué significa España para el lehendakari, para Carod y cualquier otro ciudadano español? España siempre ha estado llena de contradicciones. Esa ha sido su tragedia al tiempo que su mayor riqueza: la diversidad de razas, de sensibilidades, de caracteres y temperamentos, de tradiciones dispares dentro de un proyecto común.
Proyecto común que ya no lo es tanto. Zapatero, nuestro sonriente presidente del Gobierno, quiere pactar con los presidentes autonómicos una política común sobre el agua. Es decir, dentro de poco habrá una conferencia de presidentes españoles. Porque aquí nadie se baja del burro de la presidencia. Nada de Primer Ministro, o de Gobernador autonómico, o de Jefe del Ejecutivo. Todos son presidentes. Y se pondrán a pactar cosas. El poder constitucional de las comunidades autónomas obliga al Estado, al Gobierno Central, a pactar. Nada de una Ley para todos. Un pacto.
Y en algo tan esencial como el agua, la materia de la vida, por la que pelean hasta los seres más inferiores. En España, rememorando a Blasco Ibáñez o las películas del Far West, se ha iniciado la guerra del agua. Cada Autonomía se quiere hacer con su cuota de agua para protegerse de los efectos del impredecible cambio climático. Así, por ejemplo, Aragón se apodera del Ebro al paso por su territorio, que no del Estado Español. La cuestión del agua será siempre peliaguda, sobre todo en un país de secano. Pero, ¿tiene sentido que un parlamento autonómico diga que un río es suyo en tanto en cuanto pasa por su territorio? ¿Se puede hacer lo mismo con el Tajo, el Duero, el Guadalquivir y el Miño sin escuchar a Portugal? El agua es de todos y, como todo aquello que no conoce de fronteras —el fuego, la salud, la inmigración, la Justicia, la Educación, etc.—, debería depender tan solo del Estado. Es una cuestión de lógica, de sentido común, de cordura.
Otra confusión generalizada en nuestro país es la apropiación indebida de las “violencias”. Por ejemplo, la violencia de género parece afectar únicamente a las mujeres. Cuando muere una esposa a manos de un marido, la prensa y los políticos insinúan que sólo las mujeres como colectivo sufren el impacto psicológico de la tragedia. No es así. Cada muerte violenta nos afecta a todos. Como con el agua, todos pertenecemos a la misma sociedad. Y como seres humanos nos vemos afectados por cualquier acción humana que roce la sinrazón.
Aunque la confusión más común, constante y patética que afecta a España es la que tiene que ver con el terrorismo. Muchos continúan negándose a aceptar la evidencia del terrorismo islámico. Pero, ¿puede ser de otra manera cuando seguimos jugando a los eufemismos con el terrorismo vasco? En muchas tribunas se habla de movimiento vasco de liberación, nunca se deja de mencionar el conflicto vasco, los etarras son activistas, a veces forman parte de comandos legales, la extorsión es denominada impuesto revolucionario, hay treguas y la kale borroka es terrorismo de baja intensidad.
No es así. Todo eso, más que confusión, son embustes. Lo que ocurre en el País Vasco es violencia salvaje en estado puro. ETA no es nada más que, simple y llanamente, crimen organizado. Con la única diferencia de que si la Yakuza, la Mafia o la Camorra se introducen en la sociedad para dominarla y dirigirla, ETA sólo debilita, empobrece, divide y aterroriza al país al que dice defender. Mientras sigamos hablando de autodeterminación en lugar de independencia, y Otegi, Barrena y los etarras puedan usar las tribunas públicas para manifestar sus opiniones e inundarnos con su vocabulario falaz, la confusión seguirá entre nosotros.
Otra confusión española es la provocada por la coexistencia del Tribunal Supremo y Tribunal Constitucional. Dos cabezas para un mismo poder, el Judicial, que a su vez depende y se confunde con los otros dos, el Legislativo y el Ejecutivo, cuyo principal portavoz es, actual y reveladoramente, José Blanco, secretario de Organización de un partido. Si en las máximas alturas la confusión es tan evidente y despótica, no es de extrañar que más abajo unos pocos caciques y unos cuantos extremistas nos puedan privar del agua, de la libertad para conmovernos con los crímenes más atroces o de la misma condición de ciudadano. Si la propaganda proetarra y los cantos independentistas ocupan más titulares que el presidente del Gobierno o el jefe de la Oposición, la confusión manda, se impone. Y la Democracia, creo, se sustenta en la claridad, la transparencia, la consistencia y la verdad.
dmago2003@yahoo.es

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