Anteayer juzgábamos ceñudos nuestra dinámica nacional.Pero distendámonos, que la gloria también es catalana, lo volví a palpar estas Navidades sugestionado por dos expectantes fenómenos creativos: la pintura de Tàpies y las joyas de Masriera-Bagués.

Antoni Tàpies ha abierto exposición en Barcelona, Madrid, París, donde ofrece su obra reciente, rotunda variedad de elementos - maderas, gruesas capas matéricas- que imprimen un carácter dramático o, si se quiere a la inversa, energético. Si el artista plasma siempre la erosión y oscuridades que nos acosan, lo hace como si se tratara de impulsos a la par de la naturaleza y del espíritu humano, al fin lo mismo y lo que perdura: la fuerza y la estética, el dios. Ahí Tàpies se inscribe con el abrupto Fautrier y el denso Dubuffet entre los grandes del siglo, Tàpies aportando una calidad cromática y de trazo que pueden adquirir prodigiosas fugas poéticas. Su informalismo no obedece a una fórmula, pues, sino a un abanico de indagaciones singulares. Dubuffet aparece igualmente con características únicas, su imaginativa iconografía; espacio éste en el que se inició el Tàpies de Dau al Set, pero que abandonó para enfrentarse con desnudez a la materia pura y honda.

Unas vanguardias del siglo XX modelan operaciones semejantes a la que hacia 1600 pudo llevar a Sánchez Cotán o a Caravaggio a las naturalezas muertas o bodegones, es decir, cuadros concentrados en su sola calidad plástica, aunque en apariencia representaran poco pues carecían del soporte anecdótico y referencial que suponía una escena bíblica, un personaje real, la mitología, habituales en el arte secular, desde Grecia hasta Velázquez.

Mientras, Lluís Masriera ascendía hacia el 1900 a una cima del modernismo convirtiendo la joyería en arte mayor: el citrino, el oro, los esmaltes, la turmalina dispuestos en delicado ensueño floral, en ave paradisíaca. El del Art Nouveau es un bello reino sensual, aunque recargado, que Masriera con sus portentosas miniaturas conserva en esencia y proyecta más allá del amaneramiento de todo estilo. Y bien, otra joyería nacida entonces, la Bagués, acoge este legado, recrea ahora mismo sus piezas maestras, a la vez que ofrece sus anuales creaciones propias, que hogaño se nutren de oro blanco y brillantes, engarzados con un diseño de expresiva nitidez que recuerda la línea audaz de las tablas románicas o de una constelación de Miró, dotándose de una luminosidad zenital, próxima y lejana, las piedras en su alba geológica. Masriera-Bagués, también en Moscú, Nueva York, París, Tokio. Sí, seremos aquí si somos en el mundo. Una joya tal aquellos bodegones,una conquista.