Acuerdos –y no procesos– de paz, de Ramón Marimón en Expansión
Lo más sorprendente del acto terrorista con que ETA cerró el año ha sido el que haya sorprendido. No en sus detalles, su envergadura o la fecha (aunque no es la primera Navidad que ETA importa explosivos a la capital), pero que haya sorprendido que ETA atentase en cuanto viese el proceso de paz algo atascado; estaba descontado…
El atentado, ciertamente, no puede sorprender al experto en Teoría de Juegos o de Negociación o al observador de otros procesos de paz. Así, hará un par de meses, oí decir, a uno de estos atentos observadores, algo como: “Una lección hemos aprendido del conflicto entre israelitas y palestinos: no se deben abrir procesos de paz o simplemente delinear hojas de ruta, se deben plantear acuerdos de paz y, por ejemplo, en el caso de Israel-Palestina, las bases de dicho acuerdo básico son conocidas por las partes afectadas desde hace tiempo.”
La distinción entre “abrir un proceso” y “plantear (discutir o negociar) un acuerdo” no es semántica y un poco de teoría puede clarificarla. En el primer caso, como en muchos noviazgos, las partes afectadas se tantean, conscientes de que la negociación final –si la hay– se hará más adelante y, por lo tanto, lo importante es llegar a dicha negociación en una posición de fuerza; sólo cabe ver si el proceso aguanta las lógicas manipulaciones a que está sujeto y, si llega a aguantarlas, se debe “plantear un acuerdo”.
En el segundo caso, como en muchos negocios, las posiciones de fuerza ya están establecidas y sólo cabe ver si hay lugar a un acuerdo y, si lo hay, establecer –de forma creíble– los términos de dicho acuerdo. Los amantes de los largos noviazgos dirán que “pasar directamente al acuerdo” es quemar etapas, que es necesario conocerse mejor, crear confianza… Pero, en la mayoría de los conflictos históricos, las partes en litigio se conocen sobradamente y el mayor acto de confianza es renunciar a manipular con acciones un largo proceso para aventajar así al contrario.
Es decir, el mayor acto de confianza es pasar directamente al acuerdo y, si tan complejo es, pasar al menos a acuerdos parciales concretos (como los novios que prueban de vivir juntos antes de casarse; que, por cierto, a menudo descubren que con eso les basta!).
Otro enfoque
Pero, como decía la reflexión sobre el conflicto árabe-israelí, no provenía de ningún manual de teoría de la negociación (tampoco hay que exagerar lo que la teoría ofrece), tampoco de un observador hostil a los socialistas españoles. No, lo decía el ministro italiano de Asuntos Exteriores, Massimo d’Alema, ex primer ministro por el Ulivo y ex secretario general del principal partido de la izquierda italiana, el Partito Democrático della Sinistra (PDS), y lo decía en el foro académico del Instituto Universitario Europeo de Florencia.
Yo sólo añado que esta lección –ya sabida– debería haber servido para enfocar de forma diversa las negociaciones con ETA y ahora que, desgraciadamente, la hoja de ruta se ha convertido en papel mojado antes de ser trazada, pienso que es aún más importante saber plantear las negociaciones de forma diversa.
De hecho, si hay alguna nueva luz en el conflicto árabe-israelí es porque se ha empezado a plantear más en términos de acuerdos y no de procesos. Cierto, un acuerdo creíble que conlleve el fin del terrorismo de ETA no es baladí, ni está claro que a día de hoy se pueda establecer. Pero, también en este caso, algunas de las bases de dicho acuerdo son bien conocidas. En primer lugar, definir claramente quiénes son los actores.
Una característica general del terrorismo es que se plantea como acción organizada contra el Estado –no contra un gobierno concreto–. En esto, ETA no es excepción y su Estado es, y ha sido por excelencia, el Estado español. Por lo tanto, un acuerdo creíble requiere que se establezca entre, por una parte, el Estado español y, por otra, la organización terrorista ETA.
En segundo lugar, definir claramente el núcleo central del acuerdo. Éste difícilmente puede ser otra cosa que, por una parte, el fin de la organización terrorista y de todo acto de violencia que se pueda asociar a ella y, por otra, una acción humanitaria que facilite la reinserción social de los ex terroristas. El que no se incluyan contrapartidas políticas que, por ejemplo, faciliten la autodeterminación del pueblo vasco no es tanto una cuestión de preferencias sino de credibilidad: una vez se aceptase que el terrorismo da réditos políticos, ¿por qué renunciar a él? Lo sé, se me dirá que ambos puntos son obvios y no exentos de dificultades.
En la medida en que son obvios, sólo refuerzan el argumento dalemiano de que las bases del acuerdo son conocidas. En la medida en que plantean dificultades, no hay que pecar de ingenuidad. Por no alargarme, sólo señalaré una: no es fácil que un gobierno –en este caso, el de Zapatero– sea un representante creíble del Estado, por lo tanto, el buscar consensos –y, en particular, acuerdos con el principal partido de la oposición– no es una cuestión de estilo, sino un elemento clave para la credibilidad de un acuerdo que ha de perdurar por legislaturas.
Cierto, el PSOE no lo ha tenido fácil con la cerrazón del PP. Pero, una vez más, sí se hubiese planteado en términos de “acuerdo de paz” y no de “abrir un proceso de paz’” quizás las cosas hubiesen sido distintas; si hubiese estado más en línea con el pacto antiterrorista y los principales partidos del país hubiesen discutido en términos de política de Estado, en términos que los ciudadanos saben van más allá de sus intereses partidistas, más allá de las discusiones bizantinas sobre si se habla, quién habla y de qué se habla…
Tampoco es fácil que alguien sea el representante creíble de la organización terrorista ETA... Abrir procesos suena demasiado a río revuelto. Los oportunistas entran en acción y muchos son los que quieren ser protagonistas para ver qué pueden pescar. A este “proceso de paz de 2006” no le han faltado pescadores arribistas; a menudo, nacionalistas. En cambio, sobre la base de un acuerdo, los términos son distintos: aparte de los protagonistas principales, sólo sale en la foto aquel que contribuye al acuerdo.
El PZP (Proceso Zapatero de Paz) esta muerto y no voy a entrar a discutir si nos podíamos haber ahorrado la tragedia, sólo recordar que hay una lección muy clara (y quien tenga memoria histórica que se acuerde de la transición a la democracia en España, o de las recientes discusiones estatutarias): “los acuerdos creíbles” fácilmente pueden abrir procesos históricos fructíferos, pero “los procesos abiertos” difícilmente se concluyen con acuerdos estables.
