EL RUNRÚN

Me permitirán la libertad, que espero sepan disculparme, de que hoy -como casi siempre- les hable de un servidor de ustedes, porque al fin y al cabo como diría Woody Allen "soy el personaje que mejor conozco". El hecho es que un lector, por lo visto asiduo lector, ha tenido la amabilidad de comunicarme que se daba de baja; vamos, que nunca más volverá a leerme. Es sin duda alguna una pérdida dolorosa, aunque la argumentación esgrimida consista en que una personalidad del periodismo barcelonés -de la cual obviamente no citaba ni el nombre, ni el grado, ni la filiación ni el pelaje- le ha asegurado que yo soy una mala persona. No es una buena noticia, más que nada por ser una noticia reincidente.

Tuve una novia de Igualada que en cuanto recuperaba las maletas en el aeropuerto de El Prat llegaba a esa misma conclusión. Lo sorprendente del caso es que para ello primero había tenido que subir el Kilimanjaro, tumbarse en las playas de Santo Domingo o visitar el Machu Picchu, pagando naturalmente yo. Entonces por efecto de la distancia y una vez de vuelta a casa llegaba a la inexorable conclusión de que yo era una mala persona.

A otra novia, ésta natural del lago de Como, un lugar bellísimo, que yo fuera una mala persona le abría un apetito descomunal, una voracidad apenas insaciable, así que mi papel consistía en ir pagando una cena tras otra para escuchar que sí, que efectivamente yo era una mala persona.

A uno, la verdad, estas cosas ya no le impresionan ni poco ni mucho tras casi veinte años dándole al callo. Recuerdo que en el colegio me llamaban Pasmarote y cualquiera podía meterse conmigo, era la cosa esa del mobbing escolar, que a mí ya me cogió granadito. Darme un par de hostias era una práctica habitual en la hora del patio y no he perdido la costumbre. Simplemente, en el último trimestre del año pasado y en estas mismas páginas, por no alargarme demasiado ni aburrirles a ustedes, se me ha calificado de "estulticia e indocumentación", o de "rebuzno tergiversador y calumnioso estilo bronco y palurdo", "que no está a la altura", "tronante y enrabietado publicista (no sé qué espera para pedir plaza en la Cope y codearse con Jiménez Losantos y cavernícolas afines)", "insidioso cronista", "manifiesta un complejo de inferioridad y unas rabietas que a menudo le llevan al disparate y al exabrupto". Vamos, que no hay nada bajo el sol desde que unos seguidores del Espanyol colgaron una pancarta que estuvo toda una temporada en el estadio Lluís Companys, y en las que se podía leer "Trallero al matadero" sin que ello, por lo visto, le molestase absolutamente a nadie y menos que a nadie a mí.

Así que pretendo en este año recién iniciado continuar siendo, siempre con su permiso, la misma mala persona de siempre. Cuando a Josep Pla alguien le decía que fulanito de tal era buena persona, el escritor respondía airado: "Pues que lo hagan cajero del banco y nos deje en paz". Y cuando a Churchill le propusieron a un caballero como futuro ministro de su gobierno con el argumento de que era una buena persona, preguntó: "¿Pero acaso puede ser alguna otra cosa en esta vida?". Algunos por estas fechas quieren adelgazar, dejar de fumar o aprender inglés. Yo simplemente hago el firme propósito de continuar siendo, por lo visto, una mala persona, cualquier cosa antes que parecerme, por ejemplo, al señor Rodríguez Zapatero.