LA RUEDA

Tengo para mí que los consumidores somos bastante tontos, y que si no lo somos más, es porque no nos entrenamos. De la misma manera que un turista es un animal ingenuo, dispuesto a que le cuelen cualquier piedra como si fuera una reliquia azteca, el consumidor es un tipo indefenso, seducible y a todas luces incauto. Ya sé que los hay que buscan, rebuscan y compran con notable inteligencia. Pero la mayoría de nuestros pobres huesos dan con el monedero en cualquier producto que se haya publicitado bien, sin entender si vale lo que dice, o dice realmente lo que vale. Aseguran los que saben, que solo los ricos compran barato, y que el resto nos arrastramos por la selva de las ofertas, con más alegría inconsciente que ahorro real, calidad dudosa del producto incluída.

De todos los tiempos del tiempo del consumo, el más rutilante, mediático y pesado es el tiempo de las rebajas. Siempre me han parecido especialmente malévolas, como una especie de aspiradoras microscópicas que se encaraman en nuestros raídos bolsillos y abducen la calderilla que había quedado extrañamente viva, después de la vorágine navideña. A pesar de haber gastado lo que no tenemos, de haber quedado exhaustos con el engorde desmesurado de nuestras tarjetas de crédito, y de hacer inocentes planes de austeridad, llegan los tipos de las rebajas y nos venden duros a cuatro pesetas.

Y todos como locos a tirarse a las faldas de verano, a comprarse diez parejas de calcetines ofertados, a pensar que vale la pena tener la plancha barata, aunque nadie planche, bendito el tipo que inventó el lema de la arruga es bella. Y las casas se llenan de productos que necesitamos imperiosamente, aunque no teníamos ni puñetera idea de necesitarlos. Y luego está la marea humana, las simpáticas señoras hábiles en el manejo del codo y el pisotón, las que cada año llegan las primeras a la marabunta, sus ratos de fama televisiva warholiana. Me sincero. Odio las rebajas. Me parece el más chabacano y engañabobos de todos los espectáculos del consumo, y eso que el consumo, si algo sabe, es engañarnos como bobos.