EL PAPEL DEL JEFE DEL ESTADO
Como es sabido, el artículo 56 de nuestra actual Constitución hace recaer en la persona del Rey las funciones de arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones. Es decir, de la vida política del Estado, del que es jefe y símbolo de su unidad y permanencia. A pesar de la larga tradición de este menester y una vez descartado el histórico "borboneo" de algunos de sus antepasados, lo cierto es que los expertos nunca han estado muy de acuerdo en una definición clara de estas dos funciones.
Lo de arbitrar parece conducir a la idea de dirimir algún conflicto grave entre dichas instituciones. Pero, ¿y lo de moderar? Aquí estamos ante una misión más complicada, precisamente por la variedad de formas en que puede realizarse. El Rey puede moderar mediante consejos dados en multitud de audiencias privadas u oficiales. Puede actuar directamente o a través de personas que reciben el encargo de hacerlo discretamente. Moderar permite tanto la expresión verbal como el escrito oficial u oficioso.
EN CUALQUIER caso, siempre parece que se está aludiendo a una función silenciosa, en pocas ocasiones conocida detalladamente y siempre llena de precauciones. Pero hay una notable excepción: cuando el Rey, a través de todos los medios de difusión, quiere dirigirse a toda la ciudadanía. Es decir, en sus mensajes.
Uno comprende que los ciudadanos de avanzada edad nada nuevo esperen de estos mensajes. El precedente de muchos años ante frases de "autobombo" y personajes complacientes pesa todavía y no poco. De igual forma, para los más jóvenes, víctimas del móvil --que debiera llamarse portátil, ya que es algo que se lleva y no se mueve solo--, lanzar mensajes es tarea rutinaria y de poco valor. Queda mucho por educar en este tema.
Bien lejos de estos prejuicios, el mensaje que por Navidad ha dirigido el Rey a los españoles creo que tiene una especial importancia como auténtica moderación. Y ello en base a referencias muy concretas a la España de nuestro momento histórico.
Tras la nada ambigua afirmación de que España "es una gran nación de la que todos podemos sentirnos orgullosos", con la que el Rey --siguiendo una tradición que arranca nada menos que de nuestra primera Constitución y tal como ocurre incluso en los estados de estructura federal-- se aleja de todas las tendencias de lo "plurinacional", atribuye el éxito de nuestro progreso precisamente a la existencia de la unidad, al hecho de haber caminado juntos, unidos, durante mucho tiempo, sin anular la posible pluralidad en los territorios que la integran.
ESTA UNIDAD quedó reforzada en el espíritu de reconciliación que hizo posible tanto la transición a la democracia como la elaboración de la actual Constitución, algo que debe hacer pensar a quienes se muestran incapaces de asumir nuestro reciente pasado, olvidando, por cierto, que es en dicho inmediato pasado donde reposa el inicio del actual reinado.
La unidad en lo común tiene como requisito la subordinación de lo particular, porque con la primacía de lo diferente no se va a ningún lado.
Y esta gran empresa requiere algo a lo que el Rey llama una y otra vez "el consenso". Acuerdo, consenso de las fuerzas políticas tanto en el duro empeño de luchar contra el terrorismo desde la ley y el Estado de derecho --misión de vital importancia-- cuanto a la hora de enfrentarse a los grandes temas de Estado. Una recomendación que estimamos de suma importancia en un país como el nuestro, tan dado a empezar siempre de cero, a los vaivenes y a los bandazos.
El Rey pone especial énfasis en la necesidad del sosiego: "Soseguemos la vida política y trabajemos con espíritu integrador". No. Al monarca no se le escapa la evidencia de que nuestra vida política y social, por torpeza o por un cierto y desdichado renacer de nuestra secular veta cainita que tanta desgracia ha dejado en nuestra historia, ha pasado de años de ilusión a los actuales momentos de preocupación. De ilusión por lo que en su día conseguimos a preocupación por el inmediato presente y por el cercano futuro. Desde la ira no se engendra nada más que ira. Y la ira desaparece cuando, en su lugar, priman el citado sosiego, la claridad de ideas y la fundada esperanza. Y aquí, en estos supuestos, el Rey nos garantiza que estará siempre su moderación y sacrificio.
Y DESDE ESTOS principios fundamentales, el Rey se acerca, quizá como gran novedad en los mensajes, tanto a la consideración de los problemas muy concretos de nuestra hora (inmigración, especulación, riqueza ambiental, etcétera) como a las palabras de gratitud que dedica a cuantos, de una forma u otra, fomentan los valores necesarios para seguir el camino.
Un mensaje con moderación.
Manuel Ramírez. Catedrático de Derecho Político UZ.

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