EL RUNRÚN

Anoche tuve una pesadilla. Una mujer de unos treinta y pico deambulaba con la mirada perdida por el pasillo de casa. Creo que llevaba tacones porque su repicar sobre el suelo de madera se me clavaba en las sienes como agujas de migraña. Arriba y abajo, abajo y arriba, hasta que al final se presentó: "Buenas noches, soy la Cuota". Para empezar, me aseguró que si fuera mujer de verdad, y no una sombra, se haría transexual porque no soportaba ni un minuto más su condición de sospechosa. Resulta que la invitaban a las fiestas y a las tertulias radiofónicas tan sólo por el hecho de llamarse Cuota, y eso le había creado una pésima fama.

Le dije que tan mal no lo debía de hacer, que de hecho el mundo estaba lleno de nombres mucho más sospechosos, como Lobby, Influencia, Enchufe o Politiqueo, y que gozaban de un saludable nivel de tolerancia. Es más, luego se convertían en directores generales, en rectores de universidad, en banqueros e incluso en Eduardo Zaplana. Pero la Cuota se sentía muy avergonzada de ser quien era. Sus amigas de toda la vida le habían dado la espalda porque decían que ellas querían ser invitadas por lo que valían, no como ella, que hacía valer su nombre. Las del PP, elegidas sin lugar a dudas por méritos propios, la llamaban injusta e inútil, incluso florero. Pero a pesar de resultar tan cuestionada, nadie le hacía ni puñetero caso. "Mira, si no -me soltó-, qué me ha hecho el Govern, tanta paridad en sus mítines y luego cuatro mujeres y diez hombres. Los progres y los de derechas en esto son iguales. Mucha poesía, hacemos juntos la revolución, y luego mandan ellos". Le contesté, con paciencia, que el president José Montilla ya se lo había dejado claro en una entrevista al director de La Vanguardia:si el PSC hubiera sacado 68 diputados, tendríamos paridad pero, ay, no llegó a 68 y hubo que hacer concesiones. Además, y con aplastante lógica, declaraba que si este tema estuviera tan claro todo el mundo lo aplicaría. "Mire los consejos de administración, mire la dirección de su diario...". La Cuota empezó a reírse con hipo: "Menudo regate", repetía. Intenté aprovechar su descuido para escaparme por el tejado, pero me atrapó. Y entonces vi cómo se desplomaba; envejeció de repente y con sus zapatillas a cuadros me confesó que se negaba a ser inmortal, que necesitaba que otro espectro, otro mito de la igualdad, la sustituyera porque esto iba para largo.

Estaba agotada de su periplo universal, desde que en 1961 la inventó J. F. Kennedy llamando "acción positiva" a una serie de medidas para equilibrar la discriminación por razón de etnia, religión o sexo. Se sentía como en un foxtrot en sesión continua, combinando de forma arbitraria una serie de pasos rápidos y lentos hacia delante y hacia atrás, con chasses."Mira en Francia - me dijo-, Lionel Jospin aprobó una ley de Paridad y se la han pasado por el arco del triunfo". Intenté animarla, convenciéndola de que su malditismo acabaría gozando de comprensión y que a partir de ahora, con la ley de Igualdad, su fama mejoraría. Sólo sería necesaria unos años más, hasta lograr una sociedad más justa sin que un sexo prevalezca sobre el otro. No tenía prisa por despedirse, y me preguntó si conocía algún consejo de administración donde le ofrecieran una butaca tapizada. Mientras me rompía la cabeza para darle algún teléfono, el olor a café me transportó hasta el nuevo planeta Xena. Sólo había hombres. Entonces sonó el teléfono, muy lejos, como en otro mundo.

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