Charles Saatchi, magnate de la publicidad, coleccionista de arte y árbitro del gusto artístico británico, acaba de añadir una nueva joya a su corona. Se llama Stuart y es un sitio web que hace las veces de galería electrónica. En él pueden mostrar sus creaciones los estudiantes de arte (Stuart: híbrido de student y art)de todo el mundo. Saatchi se ha inspirado en YouTube, la web donde se intercambian vídeos, gran novedad de la red en el 2006. Visto ahora, Stuart parece una inspiración al alcance de cualquiera. Pero ha tenido que ser Saatchi quien alumbrara e impulsara la idea. De hecho, quizás tan sólo alguien con su currículo de rey Midas del arte contemporáneo hubiera podido lanzarse a la aventura con garantías de éxito. Es decir, con el éxito que está teniendo Stuart desde su entrada en servicio el pasado noviembre: días antes de Navidad, la lista de estudiantes que colgaban sus obras en este sitio crecía a un ritmo de 500 diarios y rondaba ya los 25.000. En alguna jornada, el número de visitantes ha superado los tres millones de personas. He aquí un dato muy elocuente sobre el impacto de esta nueva herramienta entre artistas, amantes del arte, comisarios, etcétera.
Lo primero que puede decirse en favor de Stuart es que se trata de un plataforma abierta y no discriminatoria. En una época en la que ciertos directores y comisarios creen aún necesario reeducarnos con directrices ideológicas o sociales, Stuart se limita a abrir sus puertas e invitar a pasar a todo el mundo. En este sitio conviven acuarelistas de una tradición centenaria con creadores que jubilarían gustosos a Damien Hirst, Tracey Emin y demás iconos del BritArt para, acto seguido, ocupar su plaza bajo los focos. Estudiantes de artes de las más diversas escuelas y nacionalidades han corrido a colgar sus trabajos en Stuart. Y eso dice mucho en favor de Saatchi o - seamos precisos- de las ventajas que conlleva su padrinazgo. Ningún otro promotor artístico tiene una varita como la suya, capaz de convertir en sensación mediática todo lo que toca: el apoyo de Saatchi quizás no asegure hoy la excelencia artística, pero sin duda equivale a buenos contactos, oportunidades y, llegado el caso, dinero y fama.
El segundo aspecto positivo de Stuart es que, lejos de ser una galería estática, aislada, silenciosa o vacía, como tantas, ofrece incontables posibilidades de interrelación a quienes en ella exponen. Stuart proporciona a sus residentes un caudaloso flujo de información artística, un punto de encuentro y un centro de debate. Y les brinda también la oportunidad de ampliar su clientela potencial, pescando compradores incluso en las antípodas y prescindiendo de intermediarios. (Esto último debería, por cierto, inquietar a los galeristas, a cuyos pies Stuart abre una grieta preocupante, de insondable profundidad.)
Ahora bien, puesto que el arriba firmante aspira a escribir con la misma libertad (ya que no con la misma fortuna) con que Saatchi crea tendencias, e incluso con esa candidez (propia de una carta a los Reyes Magos) con la que los estudiantes de arte cuelgan sus obras en Stuart, terminaré señalando dos inconvenientes de la neogalería. Uno: agranda hacia una dimensión global, y potencialmente monopolista, la hegemonía que Saatchi ha ejercido sobre el arte británico en los últimos diez años; al tiempo, le reserva un caladero inagotable y le convierte en el hipergalerista. Y dos: puede despistar a los creadores más tiernos o inconstantes, al imponerles ese frenesí adolescente de la red, donde el alud de información, sumado a una curiosidad bulímica, puede llegar a obstaculizar los discursos particulares. Esto es, a entorpecer unas trayectorias artísticas que acaso deban basarse más en la búsqueda y la reflexión personal, sosegada, que en el griterío de la plaza pública.

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