Casa sin fronteras, de Xavier Batalla en La Vanguardia
Las fronteras europeas experimentaron grandes cambios en el siglo XX. A principios del siglo existían cuatro imperios multiétnicos: el austro-húngaro, el zarista, el otomano y, en menor medida, el alemán, que incluía una fuerte minoría polaca. Veinte años después, a resultas de la Primera Guerra Mundial, todos estos imperios habían sido borrados del mapa y los latifundios multiétnicos se transformaron en minifundios que se pretendían homogéneos aunque no lo eran. Checoslovaquia, por ejemplo, tenía alemanes, polacos, rutenios y húngaros.
Hitler desordenó violentamente este nuevo orden europeo. Pero con la derrota del nazismo las aguas tampoco volvieron a su cauce y el desplazamiento de poblaciones volvió a cambiar el mapa continental. Polonia, desplazada doscientos kilómetros hacia el oeste, se transformó en un Estado homogéneo. Y Alemania, como Europa y el mundo, quedó dividida. Había empezado la guerra fría, que congelaría las dos mitades del mapa. Y cuando cayó el Muro, el mapa se descongeló. Checoslovaquia se partió en la década de los noventa, aunque pacíficamente, y la antigua Yugoslavia se autodinamitó. En 1919 se contabilizaban veintitrés naciones europeas; ahora son una cincuentena.
Hace medio siglo, la primera casa común europea, con la eliminación pacífica de las fronteras interiores, comenzó a levantarse a base de carbón y acero. Pero esta casa, que ahora se ha ampliado a veintisiete con la entrada de Rumanía y Bulgaria, parece haberse quedado pequeña, con inmigrantes y estados (Turquía y los países balcánicos, entre otros) llamando a sus puertas. La casa europea diseñada por Monnet y sus contemporáneos fue ampliada por sus hijos, que la racionalizaron. De Gaulle y Adenauer sellaron la reconciliación franco-alemana, la causa original. Giscard d´Estaing y Schmidt dieron un impulso decisivo al eje sobre el que ha girado Europa. Y Mitterrand y Kohl pretendieron amueblarla políticamente. Ahora, dos años después de que franceses y holandeses dijeran no al proyecto de una Constitución comunitaria, la construcción política europea está paralizada, a la espera de que Alemania, que este semestre preside la casa, le dé un impulso; que Francia elija a su próximo presidente, y que Tony Blair deje paso a un eurófobo como Gordon Brown, a quien ya le iría bien que Europa no fuera una casa, sino un solar de libre cambio.
La casa europea sigue ampliándose, aunque, a partir de ahora, las condiciones de ingreso se endurecerán, lo que no impide que Europa esté emplazada a decidir hasta dónde pretende llegar. ¿Hasta los estados balcánicos? Es demasiado pronto. ¿Hasta Turquía, república laica de mayoría musulmana? No es fácil que así sea, a menos que Europa se convierta en un solar. ¿Hasta Ucrania y Georgia? Rusia se enfadaría.
Georgia está a la greña con Rusia porque no para de prestar ayuda a los secesionistas de Osetia del Sur, que han declarado unilateralmente su independencia, y de Abjasia. Pero la Unión Europea apoya al Gobierno prooccidental de Georgia, que aspira a entrar en la Unión Europea. ¿Por qué Europa le respalda? Porque Georgia, dada su situación en el mapa, puede evitar, como Azerbaiyán y Turquía, que Rusia tenga todas las llaves del suministro de gas y petróleo procedentes de Asia central. La Unión Europea, que no se entiende como un concepto geográfico, parece un proyecto sin fronteras.
