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6 Enero 2007

Reyes Magos en la Alta Garrotxa, de Xavier Bru de Sala en La Vanguardia

Rumbosos, alegres, un tanto descuidados, ciertamente más casolans que majestuosos, Sus Majestades de Oriente pasaron anoche por la Alta Garrotxa. Apenas quedaban niños para recibirlos, pero como hay ancianos, les enviaron un soplo de consuelo y alegría. A la mayor parte de sus escasos moradores, supervivientes del éxodo casi total, gentes del lugar próximas a la edad de jubilarse, que no a la jubilación, les trajeron las promesas de cada año: el final de la sequía, electricidad, mejora de caminos, nuevos vecinos, mayor y mejor orientada atención por parte de los que mandan, no tanto las de los municipios, que algunos también, como los escalones superiores, hasta llegar a la muy lejana, casi mítica Generalitat, cuya existencia efectiva es menos segura que la de los propios Reyes Magos.

Algunas promesas sí se van cumpliendo, si bien no bastan para frenar la degradación ambiental y paisajística del que sigue siendo uno de los parajes más bellos y admirados de Catalunya. El abandono de los cultivos es total, el de los pastos avanza. Van creciendo matorrales infinitamente más espinosos e impenetrables que miles de alambradas. Los criterios para recuperar masías son demasiado estrictos, nulas las facilidades, enormes las dificultades. La presencia humana, única garantía de conservación equilibrada, sigue peligrando. Algunos conocidos, dispuestos a emprender la aventura de arreglar allí una masía invirtiendo sus ahorros y una cantidad aún mayor de ilusión y energía, han tenido que desistir. En parte por la subida de precios, pero antes que nada por la ceguera de quienes creen que la despoblación beneficia el territorio. ¡Qué error! ¡Cuánta ignorancia y prejuicio! El día que los lugareños abandonen el puesto, la Alta Garrotxa se va a cerrar con llave.

Cambien el chip quienes creen que la naturaleza se cuida sola. El día en que no vivan niños, el que ni siquiera pasen allí la noche de Reyes un puñado de valerosos y románticos urbanitas en busca de paz, ustedes podrán admirar el paisaje, pero sin bajar del coche, porque a pie no podrán dar cuatro pasos. Al cabo del tiempo, los arqueólogos catalanes no se explicarán cómo sus civilizados antepasados del siglo XXI causaron la perdición de un patrimonio de centenares de bellísimas y humildes masías que otros humildes catalanes, sin poder pero con fuertes relaciones emocionales hacia la tierra, pretendían restaurar. El ordenancismo kafkiano, también por parte de quienes desde el llano cercano se denominan ecologistas, llega a tal extremo, que una masía deteriorada pero salvable está condenada porque no hay permiso para desbrozar un camino que diez años atrás - diez años- era practicable en todoterreno.

¿Qué han traído entonces los Reyes? En la parte de la Alta Garrotxa correspondiente al Ripollès, electricidad para casi todos, buen gusto. En contraste, las masías habitadas del terreno más abrupto, que corresponde a la comarca de la Garrotxa - ah, civilizados olotinos que os ponéis de ejemplo y lo sois de orgullosa insensatez-, esperan desde hace por lo menos diez años la llegada inminente del mejor regalo, la luz, con el agravante de unas promesas invariablemente incumplidas. El suplicio de Tántalo. Como casi cada tarde, Josep, nacido allí hace casi setenta años, monta en su viejo Jeep, baja a llenar un bidón de cincuenta litros de agua, vuelve a la masía, y lo descarga a lomos para que Lolita, su mujer, pueda lavar los platos y hacer un mínimo de colada. ¿Cómo se puede permitir ese espectáculo, absolutamente verídico, una provincia que se tiene por la más rica y ejemplar de toda la Península? Por fortuna, los Reyes están compensado el despropósito de la ausencia de electricidad - pues bastaría una sencilla bomba para izar el agua- con una temperatura benigna, unas semanas de inversión térmica que castiga a los pueblos del valle con heladas mientras en lo alto de la Alta Garrotxa estamos en mínimas de cinco o seis grados (claro que abajo tienen calefacción y arriba sólo un foc a terra por casa, en la cocina, con lo que se pueden imaginar lo gélidas que están el resto de las estancias).

Planes especiales, nunca han faltado. Es cierto, como confiesan ellos mismos, que los resistentes a la tentación del abandono, son pocs i mal avinguts.Soluciones, haylas. Turismo rural semisalvaje (que la legislación casi prohíbe). Subvenciones a los habitantes por cuidar del territorio. A falta de catalanes que se atrevan, un puñado de holandeses, algunos provenientes de la dignísima Amsterdam, se deciden por la Alta Garrotxa a pesar de las dificultades. Su integración funciona. A falta de habitantes, debería combatirse la desertización cambiando las dificultades por facilidades a quienes estén dispuestos a salvar masías y pasar allí fines de semana y vacaciones. Ilusión, ganas, criterio, eso, los Reyes no lo han traído.

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