Unas semanas atrás, la tira de Calvin Hobbes de este diario estuvo, por varios días, hablando de monstruos, los monstruos que Calvin teme que se escondan debajo de su cama por la noche, monstruos tan reales que incluso intenta pactar con ellos.
Los niños crean sus propios monstruos, no es que los creen, sino que sus altibajos de humor, sus iras, rabietas y temores, depositados en su inconsciente, emergen a la superficie cuando, en el adormecerse, baja el control de la conciencia. Y es bueno que así ocurra, no que se asusten, sino que le den salida a las tensiones vividas durante la vigilia. Teniendo en cuenta que en el inconsciente no anida ninguna moral, pueden tenerse los sueños más tremendos sin que se mueva un pelo en la cabeza. De ahí que Calvin (el de la tira) se lleva una especie de reto con sus monstruos entre sobornos y amenazas. "La caja de los truenos que se abre - como decía un fantástico pediatra-, hay que esperar, con paciencia, a que se les pase con la edad".
Más adelante, con la edad, los monstruos se reconvierten en pesadillas o en sueños enigmáticos y extraños; pero entonces lo que suele ocurrir es que los personajes que pueblan nuestros sueños acostumbran a tener nombres y apellidos. No es que realmente sean ellos en persona, sino que suelen ser algunas percepciones parciales que tenemos de ellos y que se mezclan con situaciones gratificantes o frustrantes, depende del sueño. Y en los sueños ocurren cosas increíblemente claras, incluso en capítulos, como en una serie. Parecería que hasta que el inconsciente ha elaborado, quedándose con lo importante y desechando lo demás, los personajes van incidiendo, con su presencia durante un tiempo, paseándose por nuestro espacio onírico.
A medida que el tiempo pasa y vamos ya hacia la vejez, los monstruos nocturnos adquieren otros visos; ya no son monstruos, son pérdidas; ya no asustan, sino que dejan una clase de melancolía. Personas que ya no están, amores que pasaron, amistades que se vivieron con intensidad y que pasaron también con el tiempo. Es decir, los habitantes de nuestros sentimientos y emociones que nos acompañaron durante los esplendores de nuestra juventud y madurez, tanto si viven como si no, aparecen en nuestros sueños de vez en cuando como para ofrecer un testimonio de lo vivido y puede que algo más, como la huella de su presencia por nuestras vidas, lo que nos aportaron y lo que construimos juntos en cualquier edad y en cualquier circunstancia.
Tal vez los sueños sean un balance de nuestros días y nuestros tiempos. En el niño, todavía no hay nada más que las impresiones favorables o desfavorables que recibe durante el día, así como parte de sus fantasías añadidas; en los mayores, ese espacio atemporal que son los sueños suele poblarse con lo vivido y lo reprimido con toda su crudeza, el amor y el odio surgiendo sin cortapisas y campando por sus respetos. Es ahí donde se halla el gran laboratorio de destilación de los acontecimientos que vivimos. Soñar es como una depuración de los sentimientos y emociones. Hay personas que aseguran que no sueñan; eso es imposible, puede que no recuerden lo que han soñado; puede que repriman lo soñado porque no concuerda con lo que piensan que deberían ser, pero soñar, sueñan; forma parte de la vida como una función orgánica y esencial.
Los niños llaman monstruos a lo que no pueden controlar - los sueños salidos del inconsciente-, los mayores les ponemos otros nombres, pero es lo mismo; esa fuerza que nos asusta por descontrolada (en los sueños) es la misma fuerza que nos da la vida. Tal vez, como decía Shakespeare, estemos hechos de la materia de los sueños.
Que los Reyes Magos sean generosos.

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