Si uno somete a crítica el mal llamado «proceso de paz», te topas de golpe con el abuso sistemático de un lenguaje con niveles de significado paralelos. Esta estrategia permite a los negociadores distribuir entre sus votantes y simpatizantes aquellos contenidos que apacigüen sus inquietudes y suspicacias.
El Gobierno de Zapatero y las fuerzas progresistas de izquierdas sirven con abundancia a los ciudadanos españoles su apuesta por la paz, pero sin descender al nivel de las condiciones. En su carta no figuran semejantes platos. Ahora bien, si nos sentamos en la mesa etarra, veremos cómo en todos los menús que ofertan a sus clientes, figura que para ellos «paz» es sinónimo de autodeterminación, independencia y anexión de Navarra.
Una vez que tenemos la certeza de que se han entablado negociaciones entre el Gobierno Zapatero y la banda terrorista ETA, la pregunta que todos nos hacemos es la de quién será el vencedor. Si aceptamos el criterio de que tras una contienda las condiciones para la paz son impuestas siempre por el vencedor, debemos preguntarnos, ¿quién es el que en estos momentos porta en sus sienes la corona del triunfo? ¿Es el presidente de España, el señor Zapatero? ¿Son las fuerzas de la izquierda radical y separatista cuya cabeza visible-invisible es ETA? ¿Serán por casualidad los partidos nacionalistas? Al no monopolizar ninguno de ellos la victoria, es necesario adentrarse en ese laberinto de las mesas de negociación para escudriñar qué parcelas de poder pretenden arrancar a la víctima.
El Gobierno Zapatero lanzó todas sus huestes a conquistar la colina de la paz sin haber entablado previamente las escaramuzas oportunas con las mesnadas etarras para cerciorarse de que ellas no serían un obstáculo. Creyó que sus contrincantes anhelaban el mismo deseo de paz universal que él. Ésta fue su primera equivocación. Pero cometió una segunda muchísimo más grave: consideró que siendo ambos de izquierdas, sus interlocutores etarras pactarían con él en el lenguaje común de las izquierdas por encima, incluso, de sus sentimientos nacionalistas. Percatada ETA de tan inesperada como suculenta oportunidad, lanzó el cebo de la tregua a Zapatero para dirigirlo al peligroso desfiladero de sus exigencias anticonstitucionales. Y nuestro presidente mordió primero y tragó después el señuelo de la paz con tal avidez que sólo saldrá con vida si camina por los senderos que le marquen los apostados en los altos de las hoces.
Sólo le queda la retaguardia de los nacionalistas o del poderoso Partido Popular. Pero su falta de previsión y su absurdo y pueril voluntarismo le hicieron cometer uno de los mayores errores de estrategia política al firmar el pacto del Tinell. Todos los partidos, incluido el PSOE, mandaron al PP a los cuarteles de invierno. Nuestro querido presidente desconoce que los nacionalistas asumen como sagrado el postulado: «Seamos primero venecianos y después cristianos». Le apoyarán, Señor Rodríguez Zapatero, mientras puedan ir arrebatando a la Presidencia del Estado las exiguas fortalezas que le quedan en sus territorios. Condenarán una y mil veces los atentados de ETA, aunque no sus objetivos. Pero, una vez conquistados, serán los primeros en cortarle la retirada con el mismo cinismo que los de la serpiente. Por esto, precisamente, toda ley antiterrorista consensuada con ellos y no con el PP será una trampa mortal para el PSOE de cara a las próximas elecciones generales y una traición al pueblo español, a quien usted representa y debe defender. El único partido que en las actuales circunstancias puede sacar al señor Rodríguez Zapatero de la encerrona en que lo ha metido ETA y su seráfica ignorancia, es el Partido Popular. Y por la misma razón el Partido Popular debe taponarse los oídos como Ulises, para no dejarse seducir por los suaves y melifluos silbidos de Rubalcaba y desembarcar en las traidoras playas de la voluntad salvífica universal de nuestro Presidente.
No hay alternativa don José Luis. Sus errores de principiante creído y engreído han comprometido hasta tal grado nuestra libertad que sólo los puede subsanar dejando hablar al pueblo. Y en democracia el método convenido es el adelantamiento de las elecciones generales.
José Luis Magro es profesor de Filosofía del Alfonso II.

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